Opinion · Las carga el diablo

Carmena y Colau tienen que continuar sí o sí

De nuevo nos encontramos en la misma tesitura que hace un mes. De nuevo hay que movilizarse en masa si no queremos llevarnos un susto de muerte. En ocasiones como la de este domingo 26 de mayo, todas las veces que lo repitamos serán pocas. Las alcaldías de Barcelona y Madrid corren serio peligro y solo una participación masiva permitirá que Ada Colau y Manuela Carmena puedan permanecer al frente de ellas cuatro años más. Los cambios pendientes las necesitan para continuar el trabajo que en 2015 abrió un camino de esperanza a tantas víctimas de la desigualdad, la especulación y el despilfarro como la gestión de sus predecesores había ido dejando por el camino.

Hay una razón fundamental que hace imprescindible la reelección de ambas: el efecto arrastre. Carmena y Colau son algo más que las alcaldesas de las dos ciudades más importantes del país. Son el símbolo de un cambio que ha permitido demostrar que se puede gestionar mejor, que se puede frenar a los lobbies, que no es verdad que la izquierda nos lleve a la ruina cuando administra un presupuesto. No se puede olvidar lo mucho que les costó sacar la cabeza del agua al principio. Los comienzos fueron duros, muy duros, y conviene no olvidarlo: ahí están las hemerotecas para recordar los miserables ataques que recibieron sobre todo durante los primeros meses, cuando la necesidad de salir al paso de las invectivas que recibían a diario, apenas les dejaba tiempo para arrancar a gobernar, que era para lo que las habíamos elegido.

Tardó mucho la derecha en admitir la derrota, ¿lo recuerdan? Esperanza Aguirre no parecía dispuesta a resignarse así como así, y ladraba su rencor por las esquinas mientras toda su cohorte mediática se lanzaba a degüello contra los tuits de Zapata, los strip-teases de Maestre o según que espectáculos de títeres en tiempos de carnaval. Hasta la cabalgata de reyes se convirtió en un sinvivir. Eran novatas y, tanto ellas como sus respectivos equipos, tardaron tiempo en entender que no hay que entrar al trapo. Y cedieron, y concedieron dimisiones, y se deshicieron dando explicaciones a desprejuiciados que no las merecían. Conviene no olvidar todo esto cuando vayamos a votar este domingo. Conviene no olvidar las insinuaciones bastardas a propósito de las vacaciones de Carmena, su familia y un grupo de amigos; conviene no olvidar cómo en Barcelona hasta La Vanguardia le segaba la hierba bajo los pies a Colau y buscaba cualquier minucia para desplegar feroces arremetidas difíciles de entender a menos que tengamos que pensar que tras ellas había miedo a perder prebendas y subvenciones. Aunque con el paso del tiempo la cosa se fue relajando, el primer año fue un verdadero infierno para los ayuntamientos del cambio. A Kichi, en Cádiz, los medios lo ponían de vuelta y media, y hasta los informativos de televisión mandaban a los plenos más cámaras que nunca para ver por dónde podían meterle mano; a Santisteve en Zaragoza le ocurría lo mismo; y a Noriega en Compostela, o a Ferreriro en A Coruña, también.

La derecha estaba rabiosa tras comprobar que el espíritu del 15M no quedó en mera protesta y había fructificado hasta llegar a las instituciones. Todas las victorias tuvieron importancia, pero las de Carmena y Colau fueron, además, la elocuente escenificación de un cambio necesario en todo el país que ahora, el 26M, hay que aumentar en muchos más lugares, y redondear consiguiendo el gobierno de la Comunidad de Madrid. Es fundamental. O ahora o nunca. Está más difícil de lo que debería, porque, con esa fidelidad a sus tradiciones más suicidas que siempre la ha caracterizado, la izquierda se ha dedicado a dividirse como si no hubiera un mañana. Menos mal que esta vez la derecha también se encuentra en plena mitosis y eso permite albergar esperanzas. Menos mal, repito, porque si no, más valdría ir entonando ya el “Adiós con el corazón, que con el alma no puedo” per saecula saeculorum.

En resumen, que se repite la jugada y volvemos a estar acojonados. En Abril era el miedo a Vox lo que llevó a muchos pasotas a dejarse de milongas y meter su voto en la urna. Ahora es eso también, pero además es el miedo a perder alcaldías como las de Madrid o Barcelona. Eso no puede ocurrir, no debe ocurrir. Lo lamentaríamos durante mucho tiempo. En el caso de Barcelona, porque eso no contribuiría demasiado a la búsqueda de soluciones en Catalunya; y en Madrid, porque es necesario convertir en irrelevante la insolente irrupción de la ultraderecha en las instituciones.

No habrá gobierno de derechas posible en Madrid, ni en la Comunidad ni en el Ayuntamiento, sin los sufragios que obtenga Vox, y por eso hay que conseguir, votando en masa, que esas papeletas no acaben adquiriendo peso. A esos gamberros hay que pararles los pies, no se pueden consentir ni sus provocaciones ni sus atropellos, y eso hay que contrarrestarlo con gobiernos de izquierda fuertes. Alcaldías y presidencias de comunidades autónomas que pongan en su sitio a los intolerantes, como en su día propuso Víctor Manuel con la canción que escribió tras el intento de golpe de Estado en febrero de 1981:

“Cuando hablen de la patria
no olviden que es mejor
sentirla a nuestro lado
que ser su salvador
por repetir su nombre
no te armas de razón
aquí cabemos todos
o no cabe ni Dios.”

J.T.