Donald Trump, entre Hitler y el joker

Un desmayo en plena conmemoración de los quince años del 11-S le valió a Hilary Clinton que Donald Trump prácticamente empatara con ella en las encuestas de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. No sabemos qué puede ocurrir tras el nuevo atentado en Manhattan. Lo más grave es que los buscadores de muerte vuelvan a intentarlo, pero el pánico puede llevar a buscar mesias donde nunca los hubo.

De repente, quizá por primera vez en la campaña estadounidense, repetimos todos la pregunta que formuló Juan Ramón Jiménez ante la irresistible ascensión de Adolf Hitler: ”¿Podrá este gorila, cerdo, tiburón, rejir el mundo?”. La libertad es una diosa perezosa cuyos sueños pueden convertirse en pesadillas.

El icono de Trump se asienta sobre el estereotipo pero también sobre el imaginario de la globalización, según plantea el periodista Francisco Reyero en su inteligente libro “Trump, el león del circo”, que distribuye esta semana El Paseo Editorial. La emergencia política de este tipo de personajes que proceden de ese dudoso mundo en el que el emprendimiento coquetea abiertamente con la corrupción y el uso y el abuso de los medios de comunicación de masas, ya ha dado a luz, en realidades y dimensiones completamente distintas, personajes públicos como Silvio Berlusconi, en Italia, o Vladimir Putin, el nuevo zar de todas las rusias, que proviene paradójicamente – o no– del KGB.

La Unión Europea, en los días que corren, ha comprado la mercancía extrema de los ultras en los estadios de fútbol. La Gestapo se disfraza de payaso, los anchor men de las grandes cadenas de televisión sustituyen a los propagandistas de los dogmas totalitarios. Desde las tribunas del poder, mientras tanto, el fascismo también se maquilla para seguir siendo fascismo.

Sin embargo, la gran pregunta de los últimos días quizá estribe en por qué buena parte de la población a la que demoniza Donald Trump está dispuesta a votarle. Desde que en 2015 inició la carrera de las primarias, el multimillonario no ha escatimado arengas contra los hispanos, los negros, las mujeres o los homosexuales. Quizá sea que, a su juicio, dichos colectivos no van a participar en los próximos comicios o quizá sea porque la industria del entretenimiento ha logrado convencerles de que, o bien, sus amenazas tan sólo forman parte de un guión cómico estilo Los Simpson o South Park, políticamente incorrecto, o es que, bajo la hipnosis de la alienación, ellos y ellas no son los homosexuales, mujeres, negros o hispanos a los que se refiere Trump.

¿Quién no quiere ser millonario?.-

Reyero, en su libro, cita un artículo de Frank Rich, escrito al rebufo de los grandes concursos televisivos: «¿Quién no quiere ser millonario?». La televisión nos educa para ello, como afirmó el novelista Chuck Palahniuk, con su habitual vis satírica.

“La propuesta de Trump –rememora Reyero, que con anterioridad nos regaló un par de memorables biografías sobre Frank Sinatra y Rafael de Paula– había llegado en los ochenta con sus libros-milagro (El arte de la negociación y así) en los que aseguraba que bañarse en dólares era una cuestión de voluntad, al alcance de todos: ¿quién no quiere ser millonario?”.

Desde su clásico pedigrí de self-made man, en cuyo polo ideológico opuesto se situaría Jimmy Carter, Trump se presenta como un millonario que ha sufrido reveses de fortuna, que ha tocado la lona y que ha logrado levantarse antes del recuento final que ha llevado al K.O. a todos los loosers de Estados Unidos, una auténtica legión en la nocturnidad y alevosía de los homeless, los sin techo en el país más rico del mundo que probablemente siga manteniendo al mismo tiempo la mayor cota de pobres. Si quieres ser como Trump, vótale, podría ser el mejor eslogan para este disparate.

Es un hijo de la telerrealidad: “Rich afirma que un presumible Gobierno trumpista se balancearía de los trabucazos al estilo de George W. Bush a la corrupción lujuriosa que marcó la etapa de Harding. Ambas parcelas, aclara Rich, fácilmente manipuladas con su descaro de marca mayor. Los mensajes, si los hubiera, han quedado tapados por el «espectáculo Trump».

“Está en casi todas partes, en tantas, que se ha convertido en un personaje pop. En las redes algunos lo comparan con Hitler y otros, con el Joker de Batman. La deriva del entretenimiento está provocando el uso y la aceptación general de malas conductas para captar la atención. Vale si se comercia, si obtiene un rédito”.

Aprendices del brujo.-

Margaret Thatcher ya comprendió en su día que “vivimos en la era de la televisión. Una sola toma de una enfermera bonita ayudando a un viejo a salir de una sala dice más que todas las estadísticas sanitarias”. La televisión, en el caso de Trump, no es un fin sino un medio: como refleja una muestra del Pew Research Center, las cadenas de cable especializadas, CNN, FOX News y MSNBC son las principales fuentes de conocimiento de la actualidad para los estadounidenses. El Partido Republicano prescinde de asaltar los kioscos, como el conservadurismo español: le basta con asaltar los cielos catódicos: “Enterarse de la vida a través de las televisiones de cable es como colocar un observatorio encima de una pirotecnia”, entiende el periodista Paco Reyero.

¿Recuerdan a Jesús Gil y Gil en el jacuzzi de Telecinco? Trump también sustenta su proyección política en un plató televisivo, desde que en 2004 empezó a presentar el concurso “The Apprentice”, o sea, “El aprendiz”, para la NBC. El premio a la mayor capacidad para ser empresario era un contrato de un año en uno de los negocios de la Trump Organization. Reyero traduce con las siguientes palabras la alocución que el multimillonario dirigía a los concursantes y a los telespectadores: “Mi nombre es Donald Trump y soy el promotor más grande de Nueva York. Poseo edificios en todos los lugares de la ciudad. Agencias de modelos, el desfile de Miss Universo, compañías aéreas, cursos de golf, casinos y complejos privados como Mar-a-Lago (en Florida), una de las propiedades inmobiliarias más espectaculares de todo el mundo (…). Pero no siempre ha sido fácil. Hace unos años tuve problemas serios. Tenía billones de dólares de deudas. No me rendí: luché todo lo que pude y gané. La gran liga. Usé mi cerebro. Usé mis conocimientos de negociación y lo saqué todo adelante. Ahora, mi compañía es más grande y más fuerte y yo me estoy divirtiendo como nunca. He alcanzado una reconocida maestría en el arte de la negociación y he colocado el nombre de Trump entre las marcas de la más refinada calidad. Y tal como hace un maestro, estoy dispuesto a compartir alguno de mis conocimientos con alguien más.

«Estoy buscando a… El Aprendiz».

Los votantes pueden convertirse, ahora, en aprendices de Trump, en aprendices del brujo que siguió apareciendo ante las cámaras desde dicha temporada hasta la que precedió a su presentación a las primarias, hace justo un año. En 2007, incluso su nombre bautizó a una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Este Ciudadano Kane de hoy es un cruce de Sarah Palin y su Tea Party con el Charlton Heston de la Asociación del Rifle. Espíritu de frontera con el glamour del Ku Klux Klan, todo ello trufado con chistes, insultos y verdades a medias que son mentiras enteras: hasta hace unos días, no rectificó a propósito de su insólito albur de que Barack Obama había nacido en el extranjero.

“El empresario –anota Reyero– ha advertido de que confiscará las ganancias de los inmigrantes mexicanos que carezcan de documentación. Su equipo estudia acabar con el derecho de ciudadanía de los hijos de emigrantes, incluso de aquéllos que han nacido en Estados Unidos. Alardea de que expulsará a los 11 millones de trabajadores indocumentados del país. A esta sucesión de propuestas, él la llama «dirección de política migratoria». «Los políticos no pueden hacerlo; lo único que saben hacer es hablar. Se llama management. Nosotros emplearemos un sistema expeditivo. Gastamos billones en atender a esta gente y no los merecen».

La civilización del espectáculo.-

Hay once millones de inmigrantes irregulares en Estados Unidos que no votan. Y hay una población cuyos antepasados cruzaron por Ellis Island, por la frontera con México o por las playas de Florida, que ha olvidado su pedigrí migrante y se abraza al americanísimo del melting pot estadounidense, una cultura de la mayoría que proviene de los compartimentos estancos del multiculturalismo sobre los que se sostiene esa rara convivencia en la que, en plena campaña electoral, la policía abate a un niño negro de trece años que llevaba una pistola de juguete y no pasa nada.

“El candidato asegura —aunque no explica qué significa exactamente— que va a «golpear a China», que se hará con el combustible de Irán y arrebatará todo el petróleo que está bajo el control del ISIS –describe Reyero–. «Iremos allí, los mandaremos al infierno y nos traeremos el petróleo». Con Trump nada resulta incompatible: puede amenazar a Pekín con entrar en una guerra comercial pero tener al Banco de China como uno de los principales arrendatarios de su torre en la Quinta Avenida. La entidad financiera es un gigante que empequeñece a Citibank. Los chinos han renovado el alquiler y el CEO de la compañía asiática ha puesto en su oficina una foto de Donald. «Ellos me aman», se vanagloria”.

Desde hace tiempo, muchas voces alertan de que vivimos en “La civilización del espectáculo”. Ese fue el título de un ensayo de Mario Vargas Llosa, publicado hace un par de años por Alfaguara. A su juicio, esa civilización espectacular ha anestesiado a los intelectuales, desactivado al periodismo y devaluado la política, hasta el punto de que la corrupción llegue a ser aceptable. Para ello, evoca una anécdota que le refirió el escritor Jorge Eduardo Benavides, que se sorprendió de un taxista limeño que iba a votar a Keiko Fujimori, la hija del sátrapa peruano.

“¿A usted no le importa que el presidente Fujimori fuera un ladrón?”, le preguntó al taxista.

“No” —repuso este— “porque Fujimori solo robó lo justo”.

Y acota Vargas Llosa: “Lo justo. La indiferencia moral. La civilización del espectáculo. Un político puede robar; es más, no puede no robar, pero lo importante es que robe no más de lo debido”.

Donald Trump no engaña a nadie. Su trama de corruptelas alerta de que ha robado. Pero, dirán sus votantes, es un profesional del robo. Roba, como todos, pero con eficacia: “…Es por el desplome de los valores, no solamente estéticos, sino otros que antes, por lo menos de la boca para fuera, todos respetábamos. El político ya no debe ser honrado, debe ser eficaz –declaró Vargas Llosa a colación de todo ello–. El ser honrado parece una imposibilidad connatural al oficio. Bueno, si se llega a un pesimismo de esa naturaleza entonces estamos perdidos. Y creo que no es verdad y yo lo digo, eso no es verdad. Pero hay una mentalidad que identifica la política con la picardía, con la deshonestidad. Es peligrosísimo sobre todo para el futuro de la cultura democrática. Si vamos a pensar eso entonces la cultura democrática no tiene sentido y a la corta o la larga va a desplomarse también”.

Los principios de Goebbels.-

Seguro que los asesores de Trump conocen al dedillo los once principios de la propaganda que enunció Joseph Goebbels, quien logró en gran medida que el Partido Nazi fuera votado por los alemanes de la República de Weimar en los años 30 del pasado siglo: desde el principio de simplificación y del enemigo único, al método de contagio que consiste en reunir diversos supuestos adversarios en una sola categoría o individuo, por lo que Hilary Clinton sería un Golem feminista que pretende que las mujeres tengan permiso laboral para las primeras semanas después de dar a luz, socialistoide que pretende que la salud de los sin nada la paguen los que ahora tienen dinero para suscribir un seguro privado y la seudopacifista que, como Secretaria de Estado, no ha sido capaz de masacrar al ISIS. Se cumpliría así el tercer principio de Goebbels, el de la transposición, al cargar sobre el adversario los propios errores o defectos: “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”, de ahí la profusa fabricación de bulos que hacen de Trump un entretenedor, en el país en el que la palabra cultura está siendo sustituida a marchas forzadas por la de entretenimiento. Para actualizar dicho parámetro vendría bien una frase pronunciada por Roger Ailes, fundador de Fox News: «Yo no estoy en política. Yo estoy en los índices de audiencia. Y estoy ganando.»

¿Qué decir del principio gobbeliano de la exageración y desfiguración? Trump es todo un maestro a la hora de convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Y la amenaza grave que él supondría en el despacho oval –a decir incluso de buena parte del equipo de Bush Jr.–, en una simple anécdota, en un divertimento de circo, en un león que nos da miedo y, al mismo tiempo, empatiza con nuestra selva interior y en el fondo deseamos que decapite al domador.

Como a muchos otros populistas, a un lado y a otro del Atlántico, a Trump no le valen las oraciones yuxtapuestas porque no le sirven los pensamientos complejos. Prefiere el brochazo al pincel, siguiendo el principio de la vulgarización que también dejó claro el ministro de Propaganda nazi: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.

“La propaganda –rezaba el principio de orquestación que el equipo de Trump repite al pie de la letra– debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”.

Hay que renovar, eso sí, las informaciones y los nuevos argumentos, pero también incrementar las acusaciones para que el adversario no tenga tiempo de rebatirlas o de enunciar sus propias ideas. No hay que ser veraz, sino verosímil y construir argumentos falaces que podrían basarse en datos ciertos, mediante informaciones fragmentarias o globos sonda. Silénciense aquellas cuestiones sobre las que no se tengan argumentos y las noticias que favorezcan al adversario, mediante una poderosa herramienta mediática.

Los dos últimos principios de Goebbels les sientan como un traje a medida a Donald Trump. Por un lado, su principio de transfusión con la mitología nacional, sus prejuicios y sus odios ancestrales. El walhalla aparece sustituido por le ley de las praderas y, en vez de Wagner, se utiliza el libreto de “El nacimiento de una nación”, de Griffith. Y el principio de unanimidad: mucha gente piensa como piensa todo el mundo. Esa , a fin de cuentas, es la base del pensamiento único de la que Trump aparece como un formidable paladín: “Se puede decir que (el pensamiento único) está formulado y definido a partir de 1944, con ocasión de los acuerdos de Bretton Woods. Sus fuentes principales son las grandes instituciones económicas y monetarias – BM, FMI, Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y Comercio, Comisión Europea, Banco de Francia, etc. – quienes, mediante su financiación, afilian al servicio de sus ideas, en todo el planeta, a muchos centros de investigación, universidades y fundaciones que, a su vez, afinan y propagan la buena nueva”, según historia Ignacio Ramonet.

“En el neoliberalismo –atinaba Noam Chomsky–, el gobierno es el problema, no la solución”.

Con alguien como Trump en la Casa Blanca, no habría gobierno sino mercado en estado puro. Sin embargo, no está solo. Quince años después del ataque de Al Qaeda contra Nueva York y Washington, en numerosos escenarios mundiales, están cayendo otras torres gemelas. Las de la democracia y la utopía del bienestar. Donald Trump no es su Dios sino uno de sus profetas. Gotham City está en peligro. Sobre la sonrisa del joker aflora un bigote de mosca. El espectáculo debe continuar.