La realidad y el deseo

La presencia invisible

El tiempo de descrédito que vivimos -ya nos han contado todos los cuentos, todos los compromisos son una estafa- se alimenta de estrategias sociales que conviene detectar. La abstracción gobierna nuestras vidas como una mala novela sin relato y la lectura se convierte en un ejercicio insoportable. El conocimiento de la realidad exige hoy, en la lógica de los mundos virtuales, esforzarse para ver lo invisible, escuchar eso que aspira al silencio y al enmascaramiento, reconocer el sabor ácido de lo que pretende vivir en un territorio insípido y sin responsabilidades éticas, percibir el mal olor de aquello que se esconde bajo la neutralidad higiénica de lo científico y tocar con las manos el efecto carnal de las órdenes sin rostro. Frente a la borradura de las experiencias y el olvido de la historia, se trata de vivir el mundo con los cinco sentidos.

La política sale muy mal parada en las conversaciones furiosas que genera la crisis. El odio se centra en los errores de los políticos o en la estupidez derrochadora de los ciudadanos. Pocas veces surge el nombre del banquero, del especulador, del economista que calcula las estrategias de los fondos de inversiones y los mercados. De vez en cuando, debido a la extensión popular de los debates económicos, aparece en la prensa el nombre de algún estafador o de algún avaricioso que utiliza el dinero público para fijarse sueldos e indemnizaciones millonarias. Pero la situación dominante es la invisibilidad. La moneda de los paraísos fiscales procura no sudar.

El poder ha borrado su rostro, nadie puede levantar los ojos para mirarlo a la cara. Su presencia flota como el entramado abstracto de una corte, el palacio de puertas cerradas donde se toman decisiones al margen de la soberanía civil. Hubo un tiempo en el que los políticos entraban en el palacio, hacían política de palacio frente a la realidad de la calle. La situación de hoy es más espesa. El poder ha dejado en la calle a los políticos para que sean despedazados, para que entretengamos con ellos nuestra furia. Arriba está el trono de la invisibilidad, y abajo los cadáveres de la tragedia, el hambre, la soledad de la gente que sufre, la indefensión, el desempleo, la pérdida de derechos laborales, el descrédito de las convicciones. En medio de tanto escombro humano, parece estar también el cadáver de la política.

No se trata de restarle importancia a los errores de los políticos en las dinámicas sociales. Pero conviene tener clara la perspectiva de la denuncia. Su responsabilidad no apunta a la causa de los problemas, sino a la falta de decisión a la hora de defender a los ciudadanos del ataque planetario de los seres invisibles. Sin valor para enfrentarse a los invasores, han decidido hacerse cómplices de ellos. En la lógica de los turnos y las alternancias, el salvador puede ser incluso más fiel a la invisibilidad que el gobernante castigado. Porque la estrategia de la invisibilidad tiene un segundo efecto. La falta de un rostro concreto contra el que luchar hace que las ilusiones se volatilicen y que la indignación se extienda sin un cauce definido. La crispación envenena y simplifica, el descrédito lo domina todo y se pone en duda hasta el derecho a la compasión que tienen las víctimas. El desdén hacia la política conlleva la criminalización de las víctimas. Quedan limpios los rostros invisibles de los culpables.

Esta estrategia fantasmal de la ausencia necesita que las alternativas sean tan invisibles como los poderes gobernantes. Por eso el crédito de las ilusiones colectivas depende de nuestra capacidad de ver lo que ocurre en la calle y de recordar que hay muchos relatos que han salido bien. El siglo XX no fue sólo horror. Hubo gente que ocupó las plazas, y se sintió despreciada por oponerse al sistema, y conoció la cárcel, la tortura o la muerte. Aunque muchas voces intentaron ridiculizarla como una encarnación de la estupidez o la locura, esa gente consiguió levantar los ejes fundamentales del pensamiento democrático.

Ver lo invisible significa ponerle rostro a los especuladores. Significa también reconocer el trabajo de la gente que, entre los hilos de la invisibilidad, está dignificando hoy la política, la cultura, la solidaridad, la condición humana.