El ojo y la lupa

Salinger, renegando de ‘El guardián entre el centeno’

"Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá  el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras". Esta frase de Holden Caulfield, protagonista de El guardián de entre el centeno, recogida de la página 25 de la edición de bolsillo de Alianza Editorial de 1978, con traducción de Carmen Criado, es la clave del éxito espectacular de la obra, que ha vendido más de 65 millones de ejemplares en todo en el mundo.

También explica por qué Jerome David (J. D.) Salinger (1919-2010) no pudo disfrutar de la vida de anacoreta que se autoimpuso por las negativas consecuencias de la desaforada repercusión que tuvo su novela desde que se publicó en 1951. Fue ese un impacto que se ha extendido desde entonces a varias generaciones de lectores, identificados con ese adolescente que, expulsado de un colegio donde no hay cabida para chicos como él, deambula sin rumbo por un Nueva York cruel, sumido en el escepticismo y la desesperanza, crítico hasta la náusea de la sociedad que le ha tocado vivir, pero incapaz de encontrar una camino propio. No por nada, el libro, convertido en una especie de guía espiritual para rebeldes y es considerado precursor de los movimientos beat y hippy.

Su retiro a una apartada propiedad en Cornish (New Hampshire) se vio alterado con frecuencia, tanto por fotógrafos a la caza y captura de una imagen esquiva y por lo mismo muy preciada, como por aspirantes a biógrafos, periodistas, investigadores y jóvenes que se sentían identificados con Holden Caulfield, al que veían como su imagen en el espejo, como la esencia del alma colectiva y atormentada de una época, y del que esperaban que les mostrase el camino que les rescatase de la alienación.

Fue en parte culpa de Salinger, que tal vez debía haberse percatado de que la frase que abre este artículo era una invitación expresa a que recurrieran a él, y que el escritor real resultaba imposible de separar de su personaje de ficción. Por añadidura, más adelante (página 185), su héroe (o antihéroe) explica a su hermana Phoebe que se imagina vigilando ante un precipicio a miles de niños que juegan en un campo de centeno. "En cuanto a empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno".

Supuestamente, se pasó toda su vida arrepintiéndose de haber escrito El guardián, que le dio una fama instantánea y desmesurada cuyo impacto nunca quiso asumir.  En Salinger (Seix Barral), la más reciente biografía, escrita por  David Shields y Shane Salerno, que forma un todo con un documental que aún no se ha estrenado en España, se recogen varios ejemplos de su rechazo ante cualquier intento de intrusión en su vida privada. Como cuando un escritor casi desconocido, Michael Clarkson, le abordó y, en busca de empatía, le dijo "Usted piensa como yo". A lo que J. D. le replicó alterado: "Soy un simple narrador. Todo es inventado. En mis relatos no hay nada de autobiografía. Yo no puedo ayudar a toda esa gente. Si hubiera sabido que iba a pasar esto, creo que no habría empezado a escribir".

La principal virtud de Salinger es que sus autores, sobre la base de más de 200 entrevistas y el acceso a una amplia documentación  y correspondencia personal, desmontan la idea de que la obra y la vida del escritor son independientes, es decir, la coartada con la que pretendía evitar la atención pública. En el proceso llegan a superponer episodios vitales del escritor con extractos literales de su narrativa, de forma que queda claro que son casi idénticos. La conclusión inevitable es que, por mucho que él se empeñase en negarlo, J. D. era Holden Caulfield, y Holden Caulfield era J. D. Y que no podía entenderse al uno sin el otro.

Si en la novela, el adolescente protagonista termina internado en una institución para tratarse de su supuesto trastorno psíquico (o de su extraña lucidez), Salinger (que hizo lo propio tras combatir en la II Guerra Mundial para recuperarse del síndrome de estrés postraumático), se retira lejos del mundo, y decide dejar de publicar (aunque no de escribir) como una forma de terapia. Con esa decisión comenzó a forjar una leyenda de genio invisible sin parangón (pese a casos como el de Thomas Pynchon) en la historia de la literatura moderna norteamericana.

En Salinger, Shields y Salerno, renuncian a hacer literatura, tal vez por miedo a verse reflejados desfavorablemente frente al talento de su biografiado. El texto está compuesto como una sucesión de declaraciones de centenares de personas que tuvieron relación directa con el escritor o que vivieron experiencias por las que también pasó él. Así, para ilustrar la teoría de que El guardián es en el fondo una novela bélica, se recogen testimonios de varios de los integrantes del batallón en el que Salinger combatió, siempre en primera línea, desde el Día D (desembarco de Normandía) hasta el fin del conflicto.

La conclusión es que "La II Guerra Mundial destruyó al hombre pero lo convirtió en un gran artista". De la misma manera que "la religión le proporcionó la paz que necesitaba como hombre pero mató su arte". Hijo de padre judío y madre católica, pero lejos de ambas confesiones, abrazó tras su éxito literario el hinduismo vedanta, y se dedicó de forma escrupulosa a seguir las cuatro etapas vitales que éste establecía, incluida la última: la renuncia al mundo.

Aunque recluido, Salinger no perdía el contacto con el mundo exterior, estaba al tanto de cuanto se publicaba sobre él, ponía a sus abogados a perseguir a cualquiera que violase su intimidad o intentase profundizar en su vida, rechazaba cualquier intento de declaración o entrevista, y nunca dejó de escribir de forma compulsiva. Shields y Salerno dicen contar con testimonios contundentes de que guardaba en una caja fuerte numerosas obras que sus herederos planean publicar de forma escalonada a partir de 2015. La mayoría de ellas se supone que están dedicadas a profundizar en el vedanta, pero otras estarían centradas en los Glass, una familia literaria más cercana a su corazón y su cerebro que la suya real, y cuyos superdotados y originales miembros son protagonistas de sus mejores relatos cortos y sus nouvelles.

Pese a su estructura, su trazo descuidado y su tamaño (más de 700 páginas), Salinger tiene capacidad para atrapar a cualquier lector que se dejara fascinar por El guardián entre el centeno. Al conocer las múltiples aristas de la personalidad del autor, se entiende aún mejor esta gran novela de iniciación. Ahí están todas las claves: las relaciones familiares, el noviazgo con la adolescente Oona O’Neill cuyo rechazo para casarse con Charlie Chaplín le marcó de por vida, su interés obsesivo por las jovencitas (sin indicios de conducta impropia) que se esfumaba tras el primer encuentro sexual, su supuesta malformación física (un testículo escondido), su relación de hijo a padre con The New Yorker y sus editores, el trauma insuperable de la II Guerra Mundial, la delgada línea roja que algunos lectores desequilibrado cruzaron tras leer el Guardián (como el asesino de John Lennon o el autor del atentado contra Ronald Reagan), su obsesión más allá de lo literario con su ficticia familia Glass, su incapacidad para forjar relaciones estables con sus hijos y esposas, sus reacciones airadas que rozaban lo patológico cuando se alteraba incluso una coma de sus escritos, su furia ante cualquier intento de ser biografiado o de que se revelasen detalles de su vida (incluso por su hija o una antigua amante), su desapego hacia la sociedad, la defensa a ultranza de su intimidad y, por fin, su larga y profunda relación con el hinduismo vedanta, que supuso su sentencia de muerte como escritor.

Shields y Salerno comienzan esta peculiar biografía, que Salinger habría odiado y combatido, con esta frase: "Se pasó diez años escribiendo El guardián entre el centeno y el resto de su vida arrepintiéndose". Es una pena. Nadie debería sufrir tanto por ser un genio y conectar de manera tan prodigiosa y mágica con las inquietudes más profundas de tanta gente.

Esta peculiar biografía debería inducir la relectura de la escasa obra publicada por Salinger, que no se agota con El guardián entre el centeno y que incluye algunos de los mejores relatos cortos del siglo XX, como Un día perfecto para el pez plátano, incluido en el volumen Nueve Cuentos y perteneciente a la serie Glass. Una curiosidad: en El período azul de Daumier-Smith, del mismo libro, J. D. se refiere a Picasso como "el pintor francés más conocido de Estados Unidos".