El ojo y la lupa

Esclavos que no quieren ser libres

Para la protagonista de la novela de Willa Cather Sapphira y la joven esclava (Impedimenta), la esclavitud está en armonía con el orden natural de las cosas y resulta compatible con la moral cristiana. Cuando nació, esa institución ya estaba ahí, como un pilar de la sociedad y como un consolidado elemento de la estructura económica. En su hacienda de Virginia, pocos años antes del estallido de la Guerra de Secesión, cuando la cuestión ya constituía una frontera interior en Estados Unidos, los negros de Sapphira Colbert, recibidos en herencia o adquiridos mediante transacciones legales, son tratados con humanidad, se les alimenta y aloja en condiciones decentes, se les destina a labores acordes con sus capacidades y sus fuerzas y son instruidos en el amor a Dios y a su prójimo.

El negro que sea obediente, aseado y diligente incluso tendrá la oportunidad de desarrollar algo parecido a una carrera profesional al servicio del ama y el amo blancos, desde la cuna hasta el lecho de muerte. Cuando hay necesidad de liquidez puede que se venda alguno, casi siempre joven, y no ya por su superior valor de mercado, sino porque a los de mayor edad, que llevan toda la vida sirviendo bien a la familia, se les reconoce el derecho a una jubilación apacible, a envejecer en paz y a ser cuidados cuando ya no puedan valerse por sí mismos. El ama les consolará en su lecho de muerte y organizará su fastuoso funeral, al que invitará a todos sus parientes y conocidos negros, sufragará el viaje de los hijos que en su día fueron vendidos y les cederá un lugar en el cementerio para que descansen en paz.

Nada que ver con los excesos que refleja el filme Doce años de esclavitud. El alegato antiesclavista de Willa Cather es más sutil y, precisamente por ello, más terrible, más eficaz como denuncia. Porque no por ser más suave y humano puede resultar nunca admisible que unos hombres posean a otros, que puedan administrarlos, comprarlos y venderlos, servirse de ellos como si fueran animales, bienes, servicios o moneda de cambio. En la hacienda de la novela (publicada por vez primera en 1940), el látigo es desconocido como instrumentos de castigo, y el derecho de pernada es más una amenaza difusa que una práctica real, aunque se deje entender que se practica en muchos otros lugares de ese profundo Sur a punto de desaparecer víctima del cataclismo bélico.

Los esclavos, al menos los que presenta Willa Cather (nacida en 1873 en la misma región que recrea en su libro), ni siquiera se plantean su derecho a la libertad. La mayoría no parecen conscientes de que son víctimas de una intrínseca injusticia, que repugna a la razón, como si la sumisión estuviese grabada a fuego en su código genético. Incluso cuando el amo pretende liberar a uno de ellos, tiene que echar marcha atrás, no tanto por la oposición de su esposa, sino porque el beneficiado no se atreve a asumir los peligros de alejarse del entorno seguro en el que siempre ha vivido. Solo cuando la joven esclava del título corre grave riesgo de ser deshonrada por un sobrino del ama, con la complicidad ambigua de ésta (comida por los celos), se atreve su hija –un alma cándida y caritativa- a organizar una fuga hacia el refugio seguro de Canadá.

El amo es un antiesclavista pasivo, frenado porque los negros son de su esposa  y porque liberarlos "sería un ultraje a los sentimientos de ella y una injusticia para los propios esclavos". Se pregunta. "¿Adónde irían? ¿Cómo vivirían? Jamás habían aprendido a cuidar de sí mismos ni a proveerse para el futuro". Y, a fin de cuentas, "José, Daniel y los profetas fueron esclavos en tierras extranjeras" y en ningún lugar de la Biblia había podido hallar una condena de la esclavitud, aunque si figuran en ella "llamadas a la benevolencia con los esclavos, a la compasión y a la tolerancia". De ahí a deducir que la esclavitud es de origen divino no media tanto.

Sapphira se muestra en paz con su conciencia, se cree compasiva y justa, pero no debería ser tan benevolente consigo misma. Su propia hija piensa que "podía mostrar una gran generosidad hacia sus criados (¿) y en ocasiones también una fría crueldad", como cuando percibe sin motivo una amenaza en la joven esclava. El ama "se creía en el centro de todo y consideraba a los demás solo en relación a sí misma, así había nacido y así la habían criado". Defendía su espacio, como la nonagenaria esclava Jezabel, la única de la hacienda nacida en África y transportada como ganado a Estados Unidos, que vivió con la familia durante cuatro generaciones y que, superada la rebelión inicial, consideraba que ése "era su lugar natural en el mundo".

Sapphira y la joven esclava es un libro primorosamente editado, con la estampa de una plantación de algodón en Mississippi en la portada, con una prosa transparente, evocadora de una forma de vida destinada a quedar en el recuerdo (de los blancos terratenientes) como el paraíso que la guerra echó a perder. Un paisaje multicolor descrito con precisión y sencillez. Unos personajes bien trazados. Un hermoso libro que entraña el peligro de que el disfrute de su lectura haga olvidar que, con todo su preciosismo, con todas las coartadas morales que exhiben los dueños de esclavos, se trata de una denuncia de la injustificable explotación del hombre por el hombre.