Memento

Arantxa Tirado: “Hace falta un debate sobre la necesidad de democratizar los medios de comunicación”

Arantxa Tirado, autora del libro, en una imagen promocional. Akal.

En una época en la que fiamos una parte de nuestras esperanzas a las urnas, en la que vivimos en una campaña electoral permanente y sufrimos una propaganda televisiva abusiva, vale la pena revisar la historia y comprender cómo desde poderes militares y mediáticos se ha influido en la vida política de nuestras regiones.

Todos y todas hemos visto cómo se ha sacado del poder a líderes de izquierda latinoamericanos con la excusa de la lucha contra la corrupción y en nombre de la ley, con acusaciones que el tiempo se encarga de borrar, sí, pero el daño ya está hecho. También en el Estado español ha habido una serie de incriminaciones contra Unidas Podemos que ocupaban portadas y que, una vez archivadas, eran noticias breves en páginas finales. Una estrategia que se basa en utilizar la ley para eliminar al enemigo político.

Arantxa Tirado Sánchez (Barcelona, 1978), politóloga, doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), nos habla del lawfare en su último libro 'El Lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley' editado por Akal. En él nos hace un análisis profundo del término y nos pone numerosos ejemplos que han intentado cambiar el eje político, principalmente, en América Latina y el Caribe.

Hay que conocer las tácticas del enemigo para saber a quién nos enfrentamos y Arantxa Tirado nos lo explica en su libro con la visión de una académica y con la pluma de una comunicadora.

 

El término lawfare tiene numerosas acepciones. De hecho, dedicas parte de un capítulo a explicarlo, pero, según vuestra definición, es "una táctica de guerra, inserta en una estrategia bélica multifactorial y de amplio espectro, como es la guerra híbrida que utiliza la ley para neutralizar o eliminar al enemigo en aras de una reconfiguración geopolítica". ¿Se puede entender como un golpe de Estado blando?

Sí. De hecho, hay quien considera que el lawfare viene a ser una más de las vertientes de los golpes blandos, que serían un poco diferentes a los tradicionales. En cambio, nosotros hemos optado para el subtítulo del libro por utilizar golpes de Estado en nombre de la ley sin adjetivos, para provocar y para denotar esa relación. Habrá quien considere que es muy exagerado, pero no deja de ser, al fin y al cabo, una subversión de la voluntad popular. En el momento en el que tú utilizas instrumentos, sean más sutiles o menos, para cambiar la voluntad de las urnas, estás dando un golpe de Estado.

Los ejemplos que narras en el libro tienen como impulsores de esta guerra híbrida al Gobierno de Estados Unidos, ¿en qué momento cambian la intervención militar por el lawfare y por qué?

No hay un momento determinado en el que digan "a partir de ahora vamos a hacer esto". Algunos estrategas militares observan lo que estaba sucediendo con el uso de la ley para atacarlos a ellos, a Estados Unidos y a su aliado en Oriente Medio, Israel.  Ataques por parte de actores internacionales que eran más débiles en el campo de batalla y consideraron útil llevarlos a los tribunales para denigrar su imagen.

A partir de ese momento, en el que ven la utilidad de la ley para poder hacer daño al enemigo, algunos estrategas empiezan a darle la vuelta y entender que ellos también podían utilizarlo; que podían obtener ventajas. Ahí viene toda una estrategia que va de la mano de otra política: la de cooperación y de asistencia por parte de EE. UU. a países de América Latina y el Caribe, donde se les sugiere que hagan una serie de modificaciones en sus economías y en sus sistemas judiciales. Se les aconseja que adopten determinadas políticas económicas, que hagan cursos de entrenamiento… En definitiva, que se inserten en la lógica de los intereses estadounidenses. De eso se trata la batalla por la hegemonía.

Eso se va sembrando y, en determinado momento, esa semilla está fértil y germina para poder utilizarse como se ha hecho. Pero no quiero decir que el uso del lawfare sea la única apuesta. En paralelo, en estos años, hemos visto otras modalidades de subversión de la soberanía de los países, con golpes que no fueron por la vía judicial, sino por la vía parlamentaria. Incluso, haciendo uso de elementos tradicionales como el ejército, como fue el caso de Bolivia en 2019.

Por resumir, hay un momento en el que un general, apellidado Dunlap, teoriza y populariza el concepto del lawfare dándole la vuelta al sentido original, y entiende que es una herramienta para acabar con el enemigo. A partir de ese momento se puede considerar que está conceptualizado para desplegarse en el sentido que exponemos en el libro.

 

Como es lógico, en esta disputa geopolítica, desde Washington necesitan que jueces y fiscales, de los países donde buscan intervenir, sean cómplices, ¿cómo se consigue la connivencia de parte del sistema judicial de otro Estado?

Por un lado, están todos los programas de cooperación judicial y de acuerdo bilaterales en materia de derecho entre los países. Existe una asistencia judicial o una serie de cursos, donde se invita a fiscales o jueces de otros países, y que pueden dar tanto el departamento de Justicia de EE. UU. como otras instancias del Gobierno. En ellos marcan una línea y tratan de adaptar los sistemas judiciales de los países latinoamericanos y caribeños al tipo de sistema que ellos tienen. América Latina es un continente que en sus orígenes ha copiado muchas cosas de Estados Unidos como, por ejemplo, el presidencialismo. Ahora también intentan trasladar su lógica judicial a esos países.

También hay otro aspecto del lawfare que es cuando EE. UU. hace todo un entramado de leyes propias, pero que aplica extrajudicialmente en terceros países, como es la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero (FCPA). Con este tipo de leyes ellos se aseguran el derecho de entrometerse en los intereses de otros países en aras de la defensa de su interés nacional. Sobre todo, conceptualizando este hecho en una lucha contra la corrupción, porque es el eje discursivo con el que justifican esa injerencia, la cual ellos, además, relacionan con una amenaza a su seguridad nacional.

No solamente venden la corrupción como un problema político o económico, sino como un problema de defensa. Bajo ese argumento encuentran el amparo para poder justificarse ante sus ciudadanos y, moralmente, ante el resto del mundo. Afirman que ellos están luchando contra la corrupción y contra empresas corruptas en terceros países porque les puede afectar directamente.

 

Justo señalas que la corrupción ha servido como excusa ya que nadie, a priori, puede defenderla. Además de como eje discursivo, ¿es una estrategia para deslegitimar el papel del Estado y de los servicios públicos?

Obviamente. Con una derecha neoliberal 2.0 que está haciendo una guerra cultural y vendiendo que la libertad es consumir o la individualidad absoluta, interesa reducir al máximo el papel del Estado. No eliminarlo, porque el Estado siempre es funcional para el capital, ya sea para hacer leyes para la represión de la disidencia, para gestionar a su favor o para extraer recursos. Pero denigrar la importancia de lo público, del hecho de que el Estado se tenga que encargar de determinadas áreas que nos igualan, como el acceso a la educación, a la sanidad u otros derechos, es uno de los objetivos colaterales o, incluso, centrales del lawfare.

Porque además presentan siempre la corrupción como algo del ámbito político y de los políticos. Casi nunca se señala a los empresarios que corrompen en estos casos. Pueden decir algo, pero nunca ven que lo grave sea que el capitalismo funciona a base de corrupción. Porque no les importa eso, como tampoco les importa que el capitalismo sea un sistema que está basado en el robo a la clase trabajadora. Lo que importa es que hay unos políticos que se dejan comprar.

"El capitalismo neoliberal, tal cual existe, no permite que haya una transformación que no esté controlada por ellos"

En este sentido, el de utilizar la corrupción como excusa, el mantra repetido de "todos los políticos son iguales", ¿es otra estrategia útil en esta guerra cultural?

Totalmente, porque por ese motivo se utiliza contra líderes de la izquierda que han llegado para tratar de transformar las cosas, incluso en el marco del capitalismo. Porque muchas veces ni siquiera tenían un proyecto rupturista, socialista o postneoliberal. Y eso es obturar las posibilidades de transformación de este sistema, incluso dentro de los parámetros de este, lo cual es todavía más grave.

El capitalismo neoliberal, tal cual existe, no permite que haya una transformación que no esté controlada por ellos. Ahora están hablando del "gran reset" y hasta algunos piensa que Biden va a acabar con el neoliberalismo, pero no. Son maneras de seguir haciendo lo mismo cediendo un poquito, pero de manera controlada. Lo que no pueden permitir es que haya líderes que no pueden controlar, por mucho que desde la izquierda los veamos como gente del establishment.

Pero esa irrupción de gente que capitaliza todo el descontento de las masas implica un peligro para el sistema porque no saben cómo puede resultar. Además, medidas que en Europa serían de tintes socialdemócratas, en las reservas estratégicas de Estados Unidos, que son América Latina y el Caribe, son sumamente revolucionarias y no son toleradas.

 

También destacas el papel imprescindible que juegan los medios de comunicación de masas. Se ha hablado mucho de una ley de medios en los últimos años. ¿Debería existir una manera de vigilar las publicaciones o es un riesgo crear elementos de control?

Es muy curioso, en casos relacionados con el lawfare hay al menos dos mandatarios que propusieron una ley de medios en sus respectivos países, que son Rafael Correa y Cristina Fernández y que, precisamente, son dos de los líderes que peor campaña en medios nacionales e internacionales han tenido. Eso no es casual, porque a los medios de comunicación tenemos que dejar de verlos ya como algo neutral, como algo aséptico que está por encima de intereses partidistas o económicos. Los medios de comunicación privados responden al interés de la empresa o el grupo financiero que está detrás y que quiere posicionar, a través de esos medios de su propiedad, su opinión. En este momento histórico parece que la gente todavía no lo ve tan claro, pero no dejan de ser una correa de transmisión de determinada visión del mundo.

Hace falta urgentemente un debate sobre la necesidad de democratizar los medios de comunicación; que no estén monopolizados en los principales espacios visibles. Los espacios radioeléctricos principales de visión deben democratizarse para que haya voces más plurales, no sólo dentro de esos medios privados, sino dando espacio a otros movimientos que puedan tratar de competir. Es muy difícil porque no se tiene el dinero. Haría falta una política pública de respaldo a eso, como se ha hecho en países latinoamericanos. ¿Pero qué ha sucedido con esas iniciativas? Que desde aquí se han vendido como un ataque a la libertad de prensa.

Y no, en todo caso es un ataque a la hegemonía empresarial que está monopolizando los medios. Es un debate urgente y no se puede plantear porque hay un sesgo corporativo en nuestros medios que está por encima de la comprensión de la necesidad de esta democratización. Porque la gente que sale a opinar en medios tiene unos intereses creados y unas lealtades que tiene que defender. Hay pocas voces discordantes.

Además, parece que el ataque a cualquier periodista o cualquier medio es un ataque a la democracia, como si ellos estuvieran por encima de la fiscalización pública. Como si ellos nunca se equivocaran. Como si ellos pudieran decir lo que quieran sin ningún tipo de consecuencia, cuando, además, estamos viendo (y en esta última campaña ha sido muy evidente) cómo los medios de comunicación pueden coadyuvar a que movimientos de extrema derecha se normalicen y penetre su ideario, quitándole importancia a la gravedad de lo que están planteando. Tienen una responsabilidad muy grande.

Portada del libro "El Lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley".

Enrique Santiago, diputado de Unidas Podemos que escribe el prólogo del libro, escribió hace cerca de un año en un artículo que venían "tiempos de lawfare en España", principalmente contra Unidas Podemos. ¿Crees que la guerra judicial y mediática ha tenido relevancia en los resultados electorales de Madrid?

Está claro que el papel de los medios de comunicación, el cual es esencial para ejecutar el lawfare, ha estado presente en la demonización de la imagen de Pablo Iglesias. Yo no entiendo su renuncia del martes, ni su paso atrás dejando la vicepresidencia y yendo a estas elecciones, sin el papel del acoso constante por parte de los medios. Tampoco la entiendo sin el papel del poder judicial que ha ido acompasado con estos medios para hacer una persecución a Podemos, con un montón de causas que han sido archivadas en su mayoría, y que pretendían neutralizar y sacar a Podemos del lugar en el que estaba, que era, básicamente, al borde del sorpasso. En cambio, podemos ver cómo está ahora.

Pero para afirmar que ha sido un "lawfare a la española" habría que ver otros elementos, como la injerencia estadounidense o la participación de intereses externos. Sí hay participación de aparatos de inteligencia españoles o de parainteligencia como las cloacas del Estado, con el comisario Villarejo, y coordinados con pseudo periodistas como Ana Rosa Quintana, que en este sentido recuerda mucho a cómo se ha operado en América Latina. Habría que ver si en otros elementos que se dan allí también coincide. En términos amplios, si no nos ponemos académicos, podemos decir que hay un lawfare a la española, pero hay que ser un poco más prudente al analizarlo desde un punto de vista académico, ya que es un debate que no está cerrado y con un término cuyo uso está en disputa.

 

El partido de Evo Morales vuelve a gobernar Bolivia, Venezuela resiste, Lula puede presentarse a las elecciones… Parece que hay esperanza en la izquierda latinoamericana, pero ¿es posible una democracia plena cuando hay poderes mediáticos y judiciales que influyen en las elecciones?

Por supuesto que no y esa es la gran paradoja del lawfare. Haciendo bandera de la defensa de la ley, de la lucha contra la corrupción o de una visión de una democracia mejor, lo que se hace es socavar esa propia democracia liberal. Luego podemos debatir si esta hace aguas en muchos sentidos, ya que es esencialmente injusta en términos económicos y no puede preciarse de ser igualitaria. Para mí la igualdad es una concepción indispensable para la democracia, aunque ya se ha visto que para la derecha y los liberales no.

Incluso en el marco de una democracia liberal procedimental, ellos mismos están haciendo trampas a sus normas. Pero ya sabíamos que hicieron el juego y hacen lo que quieren. Son como esos niños malcriados que cuando van perdiendo en su propio juego se levantan de la mesa o tiran el tablero. Es un poco lo que acaba sucediendo. Y ahí la dificultad de la izquierda es que está jugando con un juego ajeno, con unas tablas que no ha elegido, donde tiene que moverse en unas coordenadas que marcan otros y, aún así, puede lograr ganar. Lo que pasa es que se encuentra con un enemigo mayor, que es la falta de escrúpulos de esta gente, que no han tenido empacho en dar golpes de Estado militares, iniciar guerras civiles o matar gente, ya sea en América Latina o en el Estado español. Esa es la gran diferencia, que nosotros no somos como ellos y de eso se aprovechan.

Pero quiero dar un mensaje de esperanza final y es que la historia no se acaba, los pueblos resisten y mientras haya una pulsión de lucha por la auténtica libertad y la emancipación de los trabajadores, de los pueblos, de los campesinos… van a tener que seguir inventándose lawfare y todo tipo de tácticas para controlar esa insurgencia de los pobres. El capitalismo va a provocar que cada vez haya más insurgencias. Lo están controlando gracias a estas guerras culturales, gracias a los medios de comunicación y gracias al adoctrinamiento por múltiples vías, pero llegará un punto que será insostenible y las protestas llegarán al centro del sistema.