Opinion · Otras miradas

El jardinero Iglesias y su señor

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

¡Stendhal es maravilloso! Aunque parece una novela de requiebros sentimentales, no hay tratado sobre política como La Cartuja de Parma, el más refinado, cruel e irónico compendio de estrategias y maldades con las que retuercen sus malos pensamientos aquellos que deciden sin escrúpulo sobre la felicidad de los demás. Muy superior a Las amistades peligrosas, dónde va a parar. Es la novela de Stendhal libro inmenso, rico y muy divertido: el fiscal Rassi, menudo personaje: una rata descomunal, sumisa y bufonesca, esclava a gusto de su soberano, que le humilla sin parar abofeteándolo en la mejilla, con mucho estruendo, del asco que le da tener que usar sus servicios que le son no obstante indispensables.

El escritor francés Stendhal.
El escritor francés Stendhal.

Cuántos príncipes en Europa no me disputarían a este Rassi”, exclama para sí el tirano, satisfecho tras vejarlo, feliz por el servilismo que le muestra el fiscal a pesar de los tortazos que le da: le usa para perseguir a capricho a sus súbditos, y Rassi, rata inteligente, sabe el poder que le confiere ser el brazo del terror. Por eso se acostumbra a la humillación constante y casi con indiferencia soporta un escupitajo tras otro: cada vez que se encuentra con el príncipe, sus afiladas narices tocan el suelo con la exagerada muestra de respeto. Firmará las sentencias que hagan falta con tal de conseguir una baronía, un lujoso cordón pensionado alrededor del pescuezo.

Eterno Stendhal: el retrato del fiscal Rassi está hecho con pincelada polícroma, firme, reconocible… es supremo, muy contemporáneo: ¿Que si hubo violencia? ¡Todo por el cordón!

Son estas enseñanzas (tan útiles hoy) las que rebosan en La Cartuja de Parma, y entre ellas, el recuerdo explícito que se hace a una fábula de La Fontaine. Es la titulada El Jardinero y su señor. Un jardinero ve perjudicado su terreno por las liebres que le devoran las plantas. Apela a su señor, y éste, prometiéndole acabar con todas, le envía perros y cazadores a mansalva que en pocas horas eliminan las liebres, pero también arrasan, oh desgracia, con lo que quedaba del jardín.

“… los pequeños príncipes es aconsejable que resuelvan sus cuestiones por sí mismos, que no pidan auxilio a los reyes, porque serían unos locos dejándoles entrar en sus tierras que en un momento podían devastar” explica la moraleja el propio Sthendal.

A mí la carta de Pablo Iglesias dirigida a Sánchez y publicada en El País tras las elecciones, me ha recordado a la petición de auxilio del jardinero. No es una carta de igual a igual: lo que dice Iglesias en clave lafontaine es que las volubles liebres no le han querido votar, y que por ello el jardín se ha visto perjudicado; que es un buen jardín no obstante y que cuidando sus valiosas matas, los cuarenta diputados, va a dar mucha flor reivindicativa; y añade que con mimos y la ayuda de Sánchez se obtendrá de ese terrenito prestancia paisajística y mucha hermosura vegetal:  así pronto habrá cosecha ubérrima de justicia social, concluye el líder de Podemos.

Por esas razones expuestas aquí con tan botánico afán, cree el jardinero Iglesias que merece la pena que el señor Sánchez le preste las herramientas de un pacto de Gobierno, para poder preservar el encarnado vergel de las malvadas liebres reaccionarias, unos bichitos que, siempre con buen diente, vuelven y vuelven para devorar sin escrúpulo derechos laborales, tiernos esquejes, rosas y pensiones.

Stendhal se reiría muchísimo con esa carta del líder de Podemos, aunque lo que escribiría sobre ella de ningún modo iba a revelar (no es su estilo) su hilaridad. El autor pensaría que puede ser que sí, que Sánchez le eche una mano al jardinero Iglesias y le mande perros y cazadores, junto al coche oficial para ocupar los dos o tres ministerios que acuerden, pero se preguntaría sabiendo de sobra la divertida respuesta, ¿está seguro el jardinero de que a medio plazo el terrenito se revalorizará? ¿No se apropiará el señor, poco a poco, viernes tras viernes, de la cosecha de frutos y flores, o los sustituirá por otros (transgénicos) más rentables para el mercado? ¿Y qué podrá hacer entonces el jardinero, atado de pies y manos ante la caída al pozo sin fondo político que supondría su salida del consejo de Ministros?

Creo que el sabio escritor recomendaría al jardinero que aceptase que entre unas liebres u otras, los resultados electorales no han sido buenos, y que por ello no suplique más al señor algo que está en su capricho concederles; de hecho, como una veleidad de Sánchez quedará para la historia el darle o no ministerios: de alguna manera sería como morder un bombón envenenado.

Por lo tanto, le exhortaría el escritor al jardinero, has de llegar con tu señor a un buen acuerdo programático, pero sin pretender siquiera cartera alguna para Podemos; no tengas miedo por esa aparente renuncia, le explicaría Stendhal (ya conmovido, o muerto de risa, por la muestra de debilidad de Iglesias que ha supuesto la carta a El País) y no pienses que no será valorado ese gesto de realismo político, pues mantener con el señor una vecindad digna y combativa será una estrategia valiosa para enfriarle las ansias de ennoblecerse con el iberdrólico ducado del Ibex, tentación que, como muy bien sabes, siempre ronda por la cabeza del señor.

Ese es el gran papel estratégico que aguarda a los cuarenta y pocos diputados de Podemos: ¿por qué ha de ser un fracaso aceptarlo si con él se preserva el valor ecológico del jardín?

¡La Cartuja de Parma! ¡Qué gran experiencia es su lectura!