Opinion · Otras miradas

Hasta los tontos pactan, según Chejov

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

El escritor ruso, Anton Chéjov..
El escritor ruso, Anton Chéjov..

El rico Aboguin y el doctor Kirílov terminan odiándose a muerte: llevados por la ira, nos cuenta Anton Chéjov en su relato Enemigos, se infligen a la postre inmerecidas ofensas. Nunca en su vida entera, ni siquiera en el delirio, nos cuenta el autor, habían dicho semejantes cosas injustas, crueles y absurdas. Kirílov, por ejemplo, llevado por un odio de clase que desencaja sus facciones, insulta al elegante y poderoso Aboguin, refiriéndose a él como un capón “ahogado en su propia grasa”. Aboguin, despechado, no se queda a atrás, y le advierte, lleno de cólera, “… por tales palabras a uno le rompen la cara”, y le ofende deliberadamente arrojándole unos billetes sobre la mesa. La relación de esos dos personajes aboca sin remedio a un punto de no retorno entre otras cosas porque, en realidad, nunca hubo antes un sincero conocimiento ni amistad.

Tal y como sucede en nuestra vida política con el doctor Iglesias y del potentado Sánchez, el encuentro de los personajes del cuento se produce por mera necesidad. Aboguin, que acude en plena noche a casa del doctor Kirílov a requerir con desesperación sus servicios (su mujer agoniza en apariencia) halla a éste deshecho por la pérdida, en el transcurso de esa misma velada, de su propio hijo.

Kirílov, que siente la presencia cercana del cuerpo aún caliente del pequeño, protesta, casi ido, manifestando su total indisposición a prestar esa noche sus servicios: lleva tres noches sin dormir, le explica, pero al final cede y se deja llevar a casa de Aboguin, indiferente éste hasta rebasar lo imbécil, a la desolación del médico.

Pero al llegar al palacio, ah, se encuentran con que la enferma era fingida, y ha huido con su amante: enviar al marido en busca del doctor fue una treta casi humorística para escapar.

Kirílov se siente usado, muy ofendido: el tono sube entre ellos, la cólera irrumpe junto con los insultos y las ofensas: ya no habrá manera de recomponer la situación.

En ese cuento, que por despiadado roza lo cómico, Chéjov nos da la clave de un desencuentro irreparable: es la desgracia de cada uno de los dos hombres la que les atenaza e impide reflexionar. “En ambos se dejaba sentir con fuerza el egoísmo de los desdichados… Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse entre sí que los tontos” explica el autor ruso, lúcido hasta lo estratosférico, como siempre.

¿No será entonces que la desgracia, la ansiedad, el miedo y los sentimientos ofendidos lo que impide que Iglesias y Sánchez se entiendan?

Pablo Iglesias se siente desgraciado por los resultados electorales durísimos que cosechó; ansioso por reparar a cuenta de otro agente político, el PSOE, sus propias deficiencias o frustraciones; temeroso de que una nueva convocatoria electoral le hunda más en la miseria; y ofendido al comprobar, día a día, que se le quiere utilizar como mera comparsa para los objetivos espurios del potentado Sánchez.

Este, por su parte, se siente desgraciado como el otro por la complicada situación política poselectoral que le obliga a humillarse y entenderse con quien no quiere, y con quien quiere, Rivera, resulta que se le fugó hace mucho de casa dando un portazo y dejándole con unos cuernos de doscientas puntas pactadas y firmadas, una a una: como la misma mujer de Aboguin.

Ansioso también está Sánchez porque no le ha salido bien la jugada de ofrecer aquellas carteras de julio a Podemos, (¡hasta una ínsula vicepresidencial!) pues el objetivo de esa oferta, insincera hasta lo obsceno, no era otro que alarmar a quien ha de levantar el teléfono para serenar a nuestro pequeño Alberto-Napoleón, empeñado como está en conquistar Egipto con su campaña (se equivoca de continente, como se ve).

Y al igual que le sucede a Iglesias, Sánchez tiene miedo, claro, a la incertidumbre electoral, por mucha encuesta que le sirvan fría (algunos las prefieren así, como en el libro de Ring Ladner), y sus sentimientos ofendidos por el doctor Iglesias se circunscriben, como los del potentado Aboguin, a todo aquello que lacera su alta dignidad de gran líder carismático: ayer fue lo de la caseta del perro, mañana será un tuit de Iglesias sobre baloncesto escrito con retranca intolerable: cualquier cosa vale para irritar una piel tan perfumada y sensible.

Así pues, hasta el gollete ambos de sentimientos de ofensa, ansiedad, desgracia y temor, ¿cómo van a entenderse?

Pero un rayo de esperanza debería abrírsenos en el corazón al pensar que quizás sea inaplicable la acerada reflexión Chéjov a la relación de nuestros dos líderes. Pienso que los hechos, el fracaso de un encuentro tras otro entre POSE y Podemos, nos debería invitar a hacernos esta pregunta: ¿no estaremos más que ante la debilidad de dos líderes atrapados en la red de su ansiedad y desgracia con la mera falta de inteligencia política de dos tontos de remate? Y aún más, y aunque sea una tristeza planteárselo siquiera, ¿acaso no sería esto una suerte, que se tratara de dos líderes tontos que a pesar de esa deficiencia notoria lograran finalmente un entendimiento beneficioso para todos?

¡Chéjov, qué grandes son sus cuentos! ¡Estratosféricos!