Opinion · Otras miradas

Un Acuerdo Verde para España: ¿barniz electoral o apuesta estratégica?

Héctor Tejero

Bioinformático de profesión y activista contra el cambio climático. Actualmente es diputado por Más Madrid en la Asamblea de Madrid y número cuatro por Madrid en las listas de Más País al Congreso de los Diputados. @htejero_

La misma semana que Más País-EQUO presentábamos nuestra propuesta de Acuerdo Verde para España, una aplicación ecológicamente ambiciosa, económicamente viable y técnicamente solvente de la idea de Green New Deal en el contexto español, Unidas Podemos se desmarcaba de este paraguas conceptual. En su argumentario explicaba que se descuelga de la idea fuerza que hoy unifica esfuerzos políticos entre las fuerzas progresistas de todo occidente, desde Alexandria Ocasio-Cortez hasta Varoufakis, pasando por Corbyn o Los Verdes Europeos, por tibia y poco ambiciosa. “No es que no nos guste. Está bien, pero no es suficiente”, puede leerse en la noticia publicada por el diario Público. La nota añade declaraciones que especifican sus diferencias con el Green New Deal en clave netamente anticapitalista: “lo importante es cambiar el sistema capitalista porque es el que está causando este problema”. Lo más sorprendente no un giro político de esas características, que podría ser hasta interesante, pues avanzar en el camino de la transición ecológica necesita ensayar muchas vías distintas. Lo insólito y desconcertante es el paquete programático con el que Unidas Podemos aspira desarrollar este postcapitalismo decrecentista: las medidas estrellas de su programa del 10N, empresa pública de energía y prohibición de las puertas giratorias. Más o menos como intentar realizar una complicadísima operación a corazón abierto con un paraguas. Y es que una salida del capitalismo que no fuera un farol implicaría un programa electoral rupturista, preludio de un terremoto gubernamental revolucionario, que de implementarse haría saltar en mil pedazos nuestro marco constitucional y nuestro esquema de inserción europea. Sin embargo, de esto no hay la más mínima señal en las propuestas concretas de Unidas Podemos, que nos acercan tanto al postcapitalismo como una procesión religiosa acerca la deseada lluvia en un campo seco.

El asombro ante el último regate en corto de Unidas Podemos se acrecienta cuando, apenas dos días después de que su cúpula dirigente rechazara el Green New Deal, Nacho Álvarez, uno de sus cuadros económicos más solventes, junto con Jorge Uxo y Alberto Montero, saliera en defensa de un Green New Deal para España en un artículo en El País. El texto, al igual que el programa al que hace referencia (Horizonte Verde), plantea cuestiones relevantes dentro de unas coordenadas fácilmente identificables como Green New Deal. Algunas las compartimos, otras no, pero son una base clara sobre la que ir tejiendo un acuerdo programático progresista. Sin embargo, ¿cómo interpretar la desautorización pública que hizo Unidas Podemos sobre su propio programa? Esta incongruencia sugiere algo preocupante: parece que uno de los actores fundamentales para que la transición ecológica se haga realidad en España, Unidas Podemos, no se está tomando en serio la emergencia climática. Cualquier fuerza política tiene derecho a realizar una propuesta de transición ecológica explícitamente revolucionaria. Pero dar un barniz anticapitalista y decrecentista a algo que está a años luz de significar eso rebaja innecesariamente el nivel del debate que necesitamos.

¿Es nuestro Acuerdo Verde una apuesta anticapitalista y decrecentista? No. Es un proyecto de transición ecológica con justicia social, que aspira a contribuir a un “momento Polanyi Verde” europeo, y abrir una brecha posneoliberal sentando las bases culturales, institucionales y de correlación de fuerzas para transformaciones más ambiciosas en el medio plazo. Ello no significa que obviemos el carácter insostenible de nuestro sistema económico, como a veces se ha criticado equiparando Green New Deal con Green Growth. No tenemos problema en admitir que sostenibilidad y capitalismo son realidades incompatibles. Especialmente si la primera se formula en coordenadas de justicia social ambiciosa. Sin una reducción de la esfera material de la economía no habrá transición que a su vez haga suyo un reparto igualitario del espacio ecológico de la humanidad. Pero escapar del crecimiento, y empleo la palabra escapar porque éste es más una trampa de nuestras inercias sistémicas que una decisión política, es algo que aún queda grande al margen de acción de gobiernos democráticos. Necesitamos un movimiento de apertura política, que apunte hacia ese objetivo ambicioso, pero a través de las metas modestas del mientras tanto. Necesitamos un primer agarre real de la transición ecológica en políticas públicas con efectos contrastables en la mejora de la vida cotidiana. Las razones de este pragmatismo son tres. Como siempre en política se trata de apuestas tentativas en instantes de peligro, no de verdades absolutas. Solo retrospectivamente la historia dará o quitará razones.

En primer lugar, aunque ante la emergencia climática no nos sobra precisamente el tiempo, una fuerza que aspira a ser gobierno está obligada a no ir mucho más rápido que su país. Y por tanto debe asumir el refrán del “vísteme despacio, que tengo prisa”. Nuestro análisis parte de constatar que estamos obligados a hacer política antropológicamente a la contra, en un marco de sentido neoliberal profundamente hegemónico.  Son muchas las batallas culturales que hay que ganar en la sociedad civil, pero muchas más las que hay que ganar dentro de las instituciones, para que este marco antropológico mute. Y el decrecimiento pueda ser una oferta que movilice voto masivo al ofrecer seguridad vital.

En segundo lugar porque el crecimiento es una lógica muy arraigada en las dinámicas estructurales (no decididas, inconscientes) de nuestra sociedad, mientras que las alternativas sobre cómo superarlo están todavía inmaduras. Las ideas pioneras, como el decrecimiento, resultan inspiradoras en lo moral y fértiles en lo teórico. Pero para dejar de ser literatura necesitan mucha experimentación real en circunstancias de competencia política. No renunciamos a abrir hueco para esta experimentación. Pero colocarlo en el centro de nuestro proyecto sería falaz: al menos nosotros no sabemos aún cómo gobernar desde posiciones decrecentistas. Dudamos, por otra parte, que nadie sepa realmente hacerlo.

En tercer lugar, y como síntesis de las otras dos razones expuestas, por responsabilidad Más País-EQUO no va a hacer postureo ideológico, trucos efectistas y juegos de artificio con el asunto más crucial que enfrentaremos en el siglo XXI.

Se ha escrito mucho sobre las supuestas indiferencias programáticas entre Unidas Podemos y Más País-EQUO. Interpelado en el programa televisivo El Objetivo, Iñigo Errejón resumió este contraste en los términos “cultura del acuerdo”. Pero la llamativa incongruencia entre la aspiración decrecentista de Unidas Podemos y el modelo de Green New Deal que también lleva en su programa añade una diferencia todavía mayor: al menos en lo que respecta a la emergencia climática, y a día de hoy, entre Unidas Podemos y Más País-EQUO se abre la distancia entre la retórica electoral y la apuesta estratégica.

Sirva de ejemplo, de nuevo, la cuestión del crecimiento. Unidas Podemos lanza titulares sobre una superación decrecentista del capitalismo, “decrecimiento para los de arriba”, que no tienen anclaje en ningún lugar de su programa (donde las palabras capitalismo y decrecimiento ni se mencionan). Más País-EQUO localiza dos nudos estratégicos que pueden contribuir a que el debate sobre la necesidad de una economía poscrecimiento se instale de modo irreversible en la sociedad española: la reducción del consumo de energía primaria en 2030 y la reforma ecológica de la contabilidad nacional para ir más allá del PIB, con un indicador de bienestar y una estadística biofísica paralela a la monetaria. Son dos actitudes políticas sustancialmente diferentes.

En los contenidos las diferencias programáticas también son relevantes. Por señalar algunas, Más País-EQUO adelanta el fin de los motores de combustión, no condiciona a objetivos imposibles el necesario abandono de los combustibles fósiles, apunta más hacia el control ciudadano de la energía que hacia la empresa pública como vía para romper el oligopolio eléctrico, hace una apuesta de vanguardia por la economía circular (la importancia estratégica para España de una planta de recuperación de minerales que hoy no se reciclan, como litio, cobalto o tierras raras, sin las cuales la economía digital será insostenible), ofrece un paquete detallado para desplegar la transición agroecológica del mundo rural y tiene una sólida propuesta de política verde europea. Pero la diferencia fundamental es de concepto: para Más País-EQUO lo verde no es un asunto sectorial más. Es la médula espinal que va a sostener un nuevo proyecto de país más justo, más vertebrado territorialmente, con más equidad de género y una mayor calidad democrática de sus instituciones.

Esta diferencia refleja posiciones teóricas distintas. Es un mal lugar común de nuestra opinión pública achacar los roces entre partidos a problemas de índole personal entre sus líderes. Esto juega un papel muy residual. Se subestiman, sin embargo, los encontronazos soterrados, pero severos, a los que conducen los conflictos ideológicos y teóricos. Unidas Podemos, aunque no nació con ese destino, se ha posicionado netamente en el espacio político poscomunista, que arrastra algunos déficits a la hora de comprender las problemáticas de la crisis ecológica. Un espacio donde a lo verde se le deja un hueco importante, pero siempre subordinado. Pongamos un ejemplo ilustrativo: es verdad que el 70% de las emisiones del mundo corresponde a un puñado pequeño de empresas, como señala Unidas Podemos. Pero este tipo de enfoque ideológico, que parece muy revelador de algún tipo de verdad incómoda sobre la naturaleza capitalista de nuestras relaciones económicas, habla más de la estructura concentrada de la propiedad en el capitalismo que de algo relacionado con la emergencia climática. ¿Alguien sensato puede pensar que esas mismas emisiones, con propiedad nacionalizada o socializada en cooperativas de trabajadores, calentarían menos el planeta si no se interviene sobre los patrones de consumo insostenibles que demandan dicha producción? Y estos no son ni mucho menos monopolio del 1%, sino también son los de las clases medias y populares de los países OCDE, y cada vez más los de las clases medias BRICS.

Más País-EQUO va en otra dirección, apuntamos hacia el espacio político que en Europa ocupa el Partido Verde Europeo, mejor preparado para articular políticamente los retos de la crisis climática. Nuestra intención es hacer introducir esa realidad en un país de Europa del sur, y hacerlo sin perder la vocación política de mayorías.

España enfrenta una doble situación de emergencia: primero, la emergencia nacional ante unas fuerzas políticas irresponsables, que nos llevan a repetir elecciones por intereses partidistas en un marco de envalentonamiento internacional de la extrema derecha. Pero esta situación de bloqueo y de desafección no se da en el vacío. Se da en la encrucijada más importante para las españolas y españoles que hoy están naciendo: la emergencia climática. Lo que hagamos en la próxima legislatura marcará el rumbo de la década decisiva para luchar contra el cambio climático. Y lo que hagamos en la década 2020-2030 marcará lo que queda de siglo XXI.

Más País-EQUO se presenta a las elecciones porque no se puede hacer dejadez de funciones en este momento difícil. Las otras fuerzas progresistas cometieron la irresponsabilidad de darle una segunda oportunidad a un bloque reaccionario cuya agenda la va a imponer los negacionistas climáticos de Vox. Ya venimos de una década perdida (recortes del PSOE en 2010 cargando la crisis sobre las capas populares; Gobiernos del PP 2011-2018 con impuesto al sol; bienio en parálisis 2018-2019, con presupuestos de Rajoy aún vigentes). Ante la emergencia climática corremos el riesgo de perder otra década. Si el bloque progresista falla, España se pondrá a la cola de la gran transformación verde, pareciéndose más a Polonia que a Alemania. Que eso no ocurra exige que la transición ecológica no sea tomada como un adorno verde en un programa electoral, sino como el centro de ese proyecto de país que, a partir del 11N, las diferentes fuerzas progresistas estamos obligadas a articular. Consideramos honestamente que con el Acuerdo Verde para España Más País-EQUO ha hecho la parte que le toca. Pero los programas son solo palabras si no los aúpan mayorías sociales que los hagan cumplir. Es el momento de movilizar y seducir a todo ese voto progresista desencantado, sin el cual no podremos tener el 11N un gobierno que garantice el primero de todos nuestros derechos: el derecho al futuro.