Otras miradas

Dos pandemias previas: nosotros y la desinformación

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga

Cabe el humor para subir el ánimo, pero no cabe ninguna broma de mal gusto, ni ningún despiste. Lo que está ocurriendo con el COVID 19 es tan urgente y tan doloroso que no queda tiempo a los científicos y técnicos de toda índole más que para plantearse qué medidas se deben tomar de inmediato y pasar a la acción de manera justa para paliar el efecto devastador de un agente infeccioso que está extendiéndose por el planeta a velocidades exponenciales. Están muriendo miles de personas y es de esto de lo que hay que ocuparse en primer lugar, y en ello debemos colaborar todos con la mejor de nuestras predisposiciones y en la medida de nuestras posibilidades. Sin embargo, lo urgente no ha de restar poder a la reflexión para que desde ya comencemos a darnos cuenta de que ante nuestras narices se está mostrando la punta del iceberg de aquello que durante decenios no hemos querido ver y a lo que por tanto, como casi siempre, estamos llegando demasiado tarde.

Somos una especie frívola, la única sobre la faz de la Tierra que vive por encima de sus posibilidades y que arrastra al resto de seres vivos a la devastación. Que nosotros constituyamos una pandemia no quiere decir que nadie, repito, nadie, sobre; mucho menos están de más las personas mayores con quienes el virus se está cebando especialmente, ni tampoco los niños que son la luz de la vida. Que nosotros nos hayamos reproducido de manera pandémica, aunque en tiempos geológicos, es solo la constatación de que hace 10.000 años apenas éramos una población de un millón de seres humanos repartidos por el globo terráqueo. Que hace 200 años constituíamos ya mil millones de habitantes, pero que siguiendo desmesuradas curvas de crecimiento a mitad del siglo pasado estábamos en tres mil millones y hoy en más de siete mil millones. Las cifras se disparan y a final de siglo esto será absolutamente insostenible en términos poblacionales si no hemos sido capaces de echar el freno no solo cuantitativamente: ¿cuántos somos? (que quizás es lo menos importante aunque deberíamos pensarlo detenidamente), sino principalmente de manera cualitativa: ¿cómo actuamos?

La reproducción masiva siempre y cuando haya espacio y bienes suficientes para todos no es un problema, todas las especies son expansivas y como decía Spinoza y recordaba Borges cada quién quiere perseverar en su ser ("la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre"); es decir, existe un instinto de conservación, un ímpetu natural en los seres vivos que los lleva a ocupar un espacio que normalmente es limitado por el clima, las fuentes de alimentos u otras circunstancias o que es regulado por el desarrollo competitivo o simbiótico de otras especies. Así ha venido ocurriendo hasta que las revoluciones tecnológicas del ser humano han acelerado egoístamente los procesos expansivos de manera extensiva e intensiva y lo que llamábamos ciclos tróficos que auto-equilibraban los ecosistemas se han convertido en líneas de producción masiva donde los seres humanos rompen las cadenas alimenticias para expoliar la naturaleza y llenar el mundo con sus caprichos y sus cachivaches. Es decir, en cierto modo nuestro comportamiento como ¿homo sapiens sapiens? ha devenido vírico por su exponencialidad, pero sobre todo porque, metafóricamente hablando, los ácidos nucleicos que nos dotaron de cerebro han venido a infiltrar y controlar, en beneficio propio y sin miramientos, otros ADNs o ARNs de infinidad de especies "subalternas". Todo esto antes se conseguía por el cruce de razas, los cultivos intensivos, las desforestaciones, la industrialización, el traslado de especies, etc.; pero desde hace algún tiempo a esas técnicas que aún siguen activas se les han añadido las de la ingeniería genética y los conocimientos sobre epigenética y otros tantos campos del saber que nos permiten ser máximamente invasivos en el acontecer biológico (incluidos nosotros mismos). Estas alteraciones las llevamos a cabo hasta el punto de que hace ya algunos lustros comenzamos a realizar clonaciones y a soñar con crear quimeras y seres fabulosos que queden a nuestro servicio o nos produzcan la fascinación del poder que el control sobre lo natural siempre nos ha proporcionado. Hemos aprendido a tocar el teclado íntimo de la vida y no sabemos controlar sus reacciones.

Se podría decir por tanto que, aparte de la exponencialidad, existe un comportamiento de carácter vírico, capturador, que es reconocible en los afanes conquistadores de los humanos y en las conductas de mafias, sectas, lobbies, castas, etc. que consiste en infiltrarlo todo para luego naturalizarlo y conseguir saciar cualquier deseo al precio que sea y caiga quien caiga. Cuando hablamos del tráfico de drogas todos sabemos que el mayor problema no radica en las drogas en sí mismas, que podrían ser legalizadas o reguladas de un modo u otro; el verdadero problema son las mafias, que si no trafican con estupefacientes lo harán con blancas, órganos, niños, etc. Ese es un comportamiento vírico que hace de la corrupción su modus vivendi por parasitación de otros a los que termina esclavizando de una u otra manera. Y se infesta masivamente y se vampiriza a seres humanos y a todo aquello que (piedra, animal o planta) pueda rendir pingües beneficios a quienes se hacen con su control; algo de lo que los modos ultracapitalistas deben saber más de una cosa.

Que todo esto lo conocemos desde hace mucho es bien cierto. Pero no es menos obvio que nuestra capacidad para mirar hacia otro lado es inaudita. Cualquier libro o documental que nos alerte sobre estos problemas tiene una visibilidad escasa en comparación con la multitud de chorradas que se publicitan y nos "entretienen" en las redes o en cualquier medio de comunicación y a los que seguimos como si la vida nos fuese en ello; cuando es justo al contrario, la vida nos va en nuestros comportamientos, en cómo manejamos la información y en cómo actuamos respecto a aquello que sabemos. Sin embargo, resulta como si el futuro fuese algo que no nos incumbe ni a nosotros ni a nuestros descendientes; desde que se acabó con el "mito" hegeliano y marxista de la Historia nos instalamos en el hedonismo y arrasamos todo cuanto queda a nuestro alcance como si no hubiese un mañana y lo convertimos en estupideces que solo la expansión también vírica de la ignorancia puede explicar. La desinformación actúa víricamente y de manera "viral"; cada vez somos más capaces técnicamente pero más incapaces moralmente. Nos hemos dejado infiltrar por las tecnologías que nos hacen creer muy "listos" pero, como buenos y adocenados borregos, hacemos caso omiso de todo aquello que reclame de nosotros algún esfuerzo de comprensión más allá de la atención bobalicona y acrítica de los cacharritos que secuestran nuestras mejores posibilidades.

Que ahora se esté dando esta pandemia del coronavirus y nos pille con billones de billones de artefactos y fruslerías que no sirven para nada y sin embargo no se hayan compilado todos los bienes necesarios (todo ese material sanitario y logístico del que carecemos) para afrontar unas patologías que hace tiempo que se venían venir, es de imbéciles en grado sumo. Que nuestros gobiernos y responsables (populistas, cínicos o tramposos) nos engañen, nos desprecien o se muestren melifluos frente a las advertencias que los científicos vienen haciendo desde hace décadas y mareen la perdiz con convenciones y protocolos que no terminan sirviendo más que para crear más convenciones y protocolos, es algo que solo una especie absurda y prescindible para el planeta podía llevar a la escena política. Que no se dediquen a los campos del saber (científicos, técnicos, éticos, artísticos, filosóficos, morales, etc. todos juntos) los recursos necesarios para una investigación pública y benéfica, pone a cualquiera de las llamadas democracias liberales al borde de la extinción y del caos. Que no hayamos aprendido a consumir lo imprescindible y así ahorrarnos todas esas patochadas de las que fardamos en nuestro primer mundo mientras millones de personas no tienen qué llevarse a la boca, es símbolo de la mayor de las mezquindades. Que no consiguiésemos prever que los monstruos que creamos con la tecnología se nos iban a escapar de las manos es propio de papanatas soberbios e infantiloides. Que hayamos consentido que capitalistas financieros sin escrúpulos, fascinados con el juego y los dividendos, hayan puesto en la ruleta de las bolsas a circular nuestros recursos y nuestras vidas sin importarles qué áreas del globo terráqueo quedan desechas por unas ganancias cuantiosas y usureras es algo de lo que tenemos perdón. Pero el planeta se vengará. Nada de esto quedará si no lo evitamos, y parece que no estamos en ello; nuestros descendientes verán venir una catástrofe tras otra (pandemias, cambio climático, hambrunas, desertizaciones, migraciones masivas de refugiados climáticos, represalias y fronteras cerradas a cal y canto, asesinatos masivos, quién sabe si atómicos para protegerse de los desdichados que pretendan alcanzar las lindes de los "protegidos"). Estirpe desahuciada, estamos viendo este primer aviso mundial como quien ve un espectáculo en la tele o en internet. Vemos una serie de zombis o de contagios masivos convertida en un atroz espectáculo de realidad virtual del que creemos que las pantallas nos defienden; pero no, amigos y amigas, todo eso está ahí afuera. No aprenderemos, y no es porque tropecemos dos veces en la misma piedra, es que nunca estuvimos dispuestos a aprender de nuestros errores y eso nos condenará, y llevará a nuestros descendientes a maldecirnos hasta que sus carnes ya no puedan soportar el dolor y sus mentes se rindan a las acometidas de la locura.

¡Apocalíptico! dirán unos; ¡Agorero! dirán otros. Como decía un científico, él trabaja cada día para demostrar que se equivoca. A mí me gustaría que todo esto que acabo de escribir careciese de sentido y que fuese yo mismo el único que debiese ser aislado para siempre en las mazmorras destinadas a los aguafiestas (sería un precio que pagaría gustoso el resto de mis días si se demostrase mi locura y la de tantos otros que con muchísimo más conocimiento que yo nos advierten de los riesgos que estamos corriendo). Pero me temo que desafortunadamente ni yo ni la especie a la que pertenezco quedará a salvo si no nos levantamos un día y además de decir ¡Basta ya! salimos a la calle en cuanto podamos y busquemos con medidas radicales y urgentes la última oportunidad de continuar vivos y la primera de considerarnos todos verdaderamente dignos de que nuestros linajes continúen poblando los tiempos venideros.

Mientras tanto, a trabajar con ánimo en lo que ahora es urgente; pero no perdamos de vista que las pandemias y las catástrofes nunca vienen solas, y que sus causas y, sobre todo, sus consecuencias son habitualmente cosa nuestra.