Otras miradas

Coronavirus: transparencia y unidad cívica

Xoán Hermida

Director del Foro Obencomún y doctor en Gestión Pública

Asumir el desconocimiento

Llevo semanas huyendo de la idea de escribir algo sobre la situación que estamos viviendo para no sumarme al ejército de ‘entendidos’ y ‘expertos’ que hoy por hoy llenan los medios y las redes.

Parto por reconocer mi desconocimiento absoluto en tener médicos o epidemiológicos. Confío en los especialistas y en su compromiso deontológico. Quiero creer que las autoridades, todas en una sociedad democrática y segura, se guían por los principios de hacer el mejor para todos y por la defensa del bien común.

Vivo esta crisis como todos. Con miedo por la enfermedad. Con angustia pensando en mi padre confinado y la posibilidad, aunque solo sea remota, de que le pueda pasar algo a él y sus compañeros de residencia. Con la tristeza de no poder estar con mi hijo adolescente y poder vivir esto juntos. Con la ansiedad por la situación de la economía real y que nos deparará el futuro. Con la indignación con los que se saltan la cuarentena a la ligera y también con aquellos ciudadanos ‘ejemplares’ que están dispuestos a ir señalando los comportamientos de sus conciudadanos desconociendo sus situaciones personales.

Con la bipolaridad entre el comportamiento ejemplar como ciudadano, respetando los deberes derivados del confinamiento, y el espíritu crítico necesario para que no salgamos de esta crisis con la pérdida de derechos sociales como en la anterior sino, además, con una aceptada socialmente involución democrática y de derechos civiles.

Dejando a un lado las cifras de contagio, por el de momento muy en entredicho, pues dependen del número de test de contagios que se hagan en cada país, la realidad a la que podemos ceñirnos es el número de muertos. Si tomamos como referente China o Corea del Sur, con dos modelos antagónicos de como abordar la crisis y donde la curva epidemiológica ya dobló, estaríamos hablando de un 0,0002% de la población en el primero (3.261 casos) y de un 0,0001% de la población en el segundo (102 casos). Es fácil hacer la comparativa con otras epidemias de los últimos años e incluso de los datos de cualquier temporada de gripe estacional.

Entonces, ¿qué hace la esta pandemia tan excepcional?, ¿Por qué en países como España o Italia con índices de nivel de vida y desarrollo sanitaria alto está teniendo esta dimensión?

Ya acepté desde el principio mi desconocimiento en aspectos médicos y mi pretensión de no sumarme la larga cadena de ‘expertos’ y ‘gurús’ que saben lo que hay que hacer, pero sí quiero apuntar alguna anotación al respeto de la crisis. Creo que quien mejor se ha acercado al contexto de la misma es Boaventura de Sousa Santos en un artículo publicado recién del Jornal Público (ver https://www.publico.pt/2020/03/18/mundo/opiniao/virus-solido-desfaz-aire-1908009).

Una crisis sanitaria global que tenía que llegar

Hace tiempo que sabemos que el problema de sostenibilidad del sistema produtivista y de consumo compulsivo que se fue asentando en los últimos lustros del siglo pasado y que tuvo su máxima aceleración en la fase uno de la globalización en la primera década del actual siglo, no afectaban sólo al desequilibrio ambiental sino que iba a tener efectos importantes en la relación del ser humano con el planeta, en primera instancia, y del propio ser humano, con otros ser humanos, en segunda.

Las advertencias de crisis alimentarias y sanitarias globales fueron apareciendo a lo largo de los últimos años (vacas locas, gripe aviar, sars coV-2, gripe A, ébola,…) y aunque hasta ahora su desarrollo no había afectado la economía y los hábitos de vida de los países del Norte y sus poblaciones era una cuestión de tiempo que esto acabara ocurriendo.

Y aquí aparece la primera paradoja de otras muchas. En un mundo donde los mecanismos pautados de seguridad alimentaria y de control sanitario nunca fueron tantos y tan asentados en las legislaciones nacionales y regionales, existe un peligro real de catástrofe y un aumento de la vulnerabilidad real de la salud de las personas.

La falacia del liberalismo

En los últimos años estamos asistiendo a una pugna financiera y comercial entre los Estados Unidos de América y China. Pero la más importante es la pugna cultural. China es consciente que su modelo político no es exportable, tampoco su estilo de vida. EUA sabe que necesita recuperar protagonismo después de que la globalización financiera y de la comunicación la está perdiendo con China (las puertas de la expansión del 5G).

Tanto hablar de mundo global liberal y no acabamos de entender que el mundo en el que estamos puede ser caracterizado de todo menos de liberal. Sin libre competencia real ni libre circulación de trabajadores (con nuevos muros), estamos ante un modelo monopolista donde son las grandes corporaciones, de accionariado privado en el caso de EUA o estatalizadas en el caso de China, las que marcan las estrategias económicas y los límites de la política.

Hace tiempo que la primera fase de la globalización remató. El agotamiento de los gobiernos ‘antineoliberais’ en América Latina o el fracaso de las primaveras árabes significaron la liquidación del movimiento altermundista, la ausencia de alternativas al capitalismo global más alla de alguna actualización local de la vieja socialdemocracia y el pase a primer plano de la nueva contradicción este-oeste, con una nueva guerra fría con EUA y China de protagonistas.

Y aquí aparece la segunda gran paradoja. En los países que por tradición empresarial, política y cultural tenían que abanderar el liberalismo comercial global aparecen movimientos políticos (gobiernos  de Trump y Bolsonaro en América o auge de los populismos nacionalistas en Europa) con recetas proteccionistas e incluso autárquicas. Por el contrario China, con un modelo político totalmente alejado del liberalismo político apuesta por seguir manteniendo la globalización comercial y financiera.

Europa, ausente en esta nueva confrontación, tras desmantelar su ideal social y democrático, se ve incapaz de exportar un modelo que ya no es atractivo.

Pero, y esa es la tercera gran paradoja. O los europeos somos quien de redefinir nuestro modelo democrático y social o las alternativas serán uno de los dos modelos que hoy nos ofrecen EUA o China, aparentemente antagónicos, donde el ideal democrático será un vago recuerdo del pasado.

El virus llegó en el peor momento

Una de las derivas de esta crisis viene por el momento de auge de populismo y nacionalismo y la incapacidad de vislumbrar alternativas democráticas con visión global.

No es casual que la administración norteamericana hable del virus chino. En China se empiece a hablar de que el primero contagio vino de los EUA. Los nacionalismos populistas de extrema derecha hablen de los anticuerpos patrióticos para vencer los virus extranjeros (en una versión epidemiológica de la xenofobia) o los nacionalismo periféricos hablen del cierre de fronteras y confinamientos espaciales (como si el virus actúe con parámetros geográficos).

En el mundo de intercambios financieros, comerciales y culturales globales, además de la ineficacia de medidas de levantar fronteras (es ponerle puertas al mar), significaría entrar en una recesión económica que afectaría a todas las estructuras del modelo de existencia tal como lo conocemos desde el renacimiento,  y llevaría inevitablemente con el paso del tiempo y la falta de soluciones a estados autoritarios con control de fronteras y represión la aquellas personas que habían intentado cruzar los nuevos muros.

Derechos sociales y civiles

La democracia es sin duda el mejor antídoto contra la pandemia en términos de salud y sobre todo para que el virus sanitario no se convierta en virus totalitario.

Necesitamos exigir de las autoridades transparencia y proporcionalidad.

La transparencia tiene que ver con la información veraz y objetivable, y no con imágenes escatológicas o estadísticas debidamente adulteradas para infundir miedo en la población.

La proporcionalidad tiene que ver con abordar medidas que puedan ser asumidas responsablemente por la población.

¿Qué pasaría si los gobiernos nos imponen unas políticas de confinamiento y aislamiento social más allá del asumible? ¿Estaríamos dispuestos por razón de ‘salud pública’ a aceptar un confinamiento de 4/6 meses?

¿Deberíamos ‘obedecer’ medidas de las autoridades, tras influir en las opiniones públicas, que por seguridad habían llevado por delante nuestro modelo de convivencia y nuestros valores de participación democrática?

Obviamente, esto no pasa de ser una posibilidad hoy no formulada, pero cualquier grupo de presión puede estar interesado en extraer conclusiones de esta especie de ‘experimento sociológico’ en el que estamos inmersos.

Necesitamos reactivar la sociedad civil con espíritu crítico y capacidad de reacción ante lo que pueda pasar.

El espacio colectivo (político) no se puede limitar al seguimiento o el rechazo acrítico del que hace el gobierno convirtiéndonos en grupos de apoyo partidario. El espacio colectivo (virtual) no se puede reducir a hacerse eco de tal o cual ocurrencia o meme. El espacio colectivo (visual) no se puede centrar en salir a los balcones a hacer el ridículo como si de una noche de borrachera en un karaoke se tratara (el peligro más grande seria que la población se infantilizara).

Reactivar la sociedad civil en el sentido colectivo (poniendo en marcha mecanismos que nos permita debatir y construir alternativas desde la distancia física pero no emocional).

Debemos asegurar la unidad de la sociedad civil y desde esa unidad exigir unidad nuestras autoridades, dejando de lado sus intereses partidarios curtopracistas, pero también abriendo un diálogo democrático negociado. Exigir respeto carente de paternalismo. No somos ‘soldados’ en ninguna guerra. El diálogo tiene como piares la información veraz y la posibilidad de comparar visiones para después llegar a consensos sobre lo mejor para lo bien común, donde como se pudo comprobar en estas primeras semanas de la crisis, el sector público, fundamentalmente sanitario, es central.

Sin duda esta crisis va a ser un acelerador de procesos y está por ver cara donde. Salgamos más unidos de ella y con alternativas para que evitar que algo así pueda volver a ocurrir. Las crisis pueden ser grandes oportunidades.