Otras miradas

Olvidémonos de compartir la deuda porque sigue ganando el virus del egoísmo

Manu Pineda

Eurodiputado de Izquierda Unida por Unidas Podemos

El primer ministro austriaco, Sebastian Kurz, durante la cumbre de la UE por videoconferencia para discutir el plan contra la crisis del coronavirus. REUTERS/Arno Melcharek/Bundeskanzleramt
El primer ministro austriaco, Sebastian Kurz, durante la cumbre de la UE por videoconferencia para discutir el plan contra la crisis del coronavirus. REUTERS/Arno Melcharek/Bundeskanzleramt

Con el Consejo de jefes de Estado y Gobierno de la Unión Europea del pasado jueves son ya innumerables las reuniones mantenidas por las distintas instituciones y organismos comunitarios para buscar acuerdos en torno a cómo paliar los gravísimos efectos sociales y económicos que está provocando la pandemia del Coronavirus. Unos efectos que van a suponer una crisis sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Y si han sido innumerables las reuniones, también lo han sido los desacuerdos.

El Gobierno español fue deslizando durante toda la semana una propuesta concreta y acorde a la situación: la creación de un fondo de reconstrucción europeo de 1,5 billones de euros que sirviera para ayudar a las economías de todos los Estados de la UE, pero sobre todo a los más afectados. Ese dinero se distribuiría bajo la fórmula de la deuda perpetua, lo que en la práctica supondría mutualizar una parte importante del gasto generado en salir de este desastre. Es decir, un mecanismo solidario de verdad, que hiciera que los que más tienen se hagan cargo de sostener al resto, dejando al mínimo de gente en el camino.

La Comisión Europea era consciente de que aunque la música que sonaba desde Madrid le gustaba mucho a los países más afectados, otros como Alemania, Austria, Holanda y Finlandia no iban a ceder. Por eso, la misma mañana del jueves filtró a los medios una propuesta intermedia, con una cifra similar a la que pedía España, pero con una forma de administrar el dinero que, aunque aún está por decidir, se aleja mucho de la idea de solidaridad de la que tanto se habla estos días.

Hasta la Comisión Europea sabe que la cantidad de 1,5 billones de euros puestos encima por el Gobierno español es realista -para algunos incluso podría quedarse corta teniendo en cuenta las previsiones catastróficas que están manejando el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo- y, como si se tratara de una partida de póker, la presidenta Ursula Von der Leyen, vio el billón y medio de Sánchez y se dijo capaz incluso de ofrecer hasta otro medio billón, pero con unas condiciones: nada de fondo de reconstrucción, el dinero se administrará dentro del Marco Financiero Plurianual 2021-2027 -lo que se conoce como el presupuesto de la UE-.

Esto podría contar con el apoyo de Alemania y Holanda, aún muy escépticos con que sea necesario poner tanto dinero para recuperarse. El problema, por tanto, ya no parece tanto la cantidad, sino el cómo se distribuirá y con qué condiciones. Y aquí, ni Angela Merkel ni Mark Rutte van a ceder un milímetro.

Von der Leyen lo explicó durante la rueda de prensa posterior al Consejo. Habrá una parte que podrá hacerse en forma de transferencias, es decir, dinero cedido directamente a los estados, pero otra será a través de préstamos. Y por mucho que nos intenten seducir, el último "préstamo en condiciones ventajosas" de la UE lo pidió Montoro y se saldó con una ayuda a la banca de cerca de 80.000 millones de euros que pagamos entre todas y todos. Incluida esa Sanidad Pública que ha estado al borde del colapso en las primeras semanas de la emergencia por el COVID-19.

Lo cierto es que de la reunión lo único que salió en claro es que el desacuerdo es mucho más grande de lo que están intentando aparentar. Porque ni siquiera fueron capaces de ponerle nombre a la herramienta para sacarnos de la gran recesión que se avecina. En una fecha también sin concretar entre principios y mediados de mayo Von der Leyen presentará ese plan.

Llegados a este punto, más nos vale olvidarnos de la deuda perpetua y deberíamos empezar a hacernos a la idea de que la mayor parte del dinero habrá que devolverlo. Muy probablemente veremos también por casa una versión descafeinada de los famosos "hombres de negro", con una lista de reformas estructurales, ese eufemismo para no hablar de recortes. Parece cada vez más evidente que el objetivo real de estos encuentros no es facilitar una salida lo menos traumática posible a los pueblos de Europa sino salvar la propia Unión Europea y el statu quo de unos pocos.

Cuando una casa está ardiendo, lo primero que hay que hacer es apagar el fuego, y a esa tarea se dedican con absoluta dedicación todos los habitantes de la casa. No es imaginable que mientras arde una habitación, haya habitantes que se queden acostados en su cama leyendo un libro porque no es su habitación la que está ardiendo.

Pues bien, mientras que el fuego está llegando a todas las habitaciones de la Unión Europea, con muchas decenas de miles de personas muertas a consecuencia del COVID-19, y centenares de miles de enfermos; mientras todas las economías están - en mayor o menor medida-, paralizadas a causa del confinamiento generalizado; mientras tanto el FMI como el BCE vaticinan una caída libre y, por el momento, sin frenos, del PIB de la UE; mientras los países del Sur vamos a sufrir de forma dramática los efectos económicos y sociales de esta crisis, dejando a millones de personas en el más absoluto desamparo y en una situación social de postguerra; hay quien sigue poniendo interrogantes.

Hay quien, como el ministro de Finanzas holandés, Wopke Hoekstra, se permite el lujo de decir que nos hemos gastado el dinero en los años buenos y que por eso nuestra Sanidad está como está. Es la versión actualizada del habéis vivido por encima de vuestras posibilidades.

Y aquí, como en 2008, se abre el verdadero problema de fondo. La Unión Europea sigue siendo un proyecto incompleto en el que la única solidaridad que se entiende es la que hace que los países ricos sigan ganando y creciendo a costa de las clases trabajadoras de una serie de estados periféricos, desindustrializados y reducidos a recibirlos con una sonrisa y una cerveza bien fría y bien barata durante sus vacaciones.

Puede que piense que la recesión no va a tocar a Holanda. Que sus trabajadores saldrán reforzados de todo esto. Pero tiene pinta de que hasta los más fuertes, "los frugales", como se los conoce en el mundo de la burbuja europea, van a ser víctimas de la crisis. Más que nada porque el virus no va a desaparecer y puede que hasta que no haya una vacuna nos enfrentemos a etapas alternas de confinamiento y vida "normal".

Probablemente, al señor Rutte se lo tragará el desagüe de la historia y no quedará de él más que alguna reseña marginal en Wikipedia. Pero estas actitudes tan sumamente egoístas e insolidarias, inspiradas en cierta expresión de darwinismo social, tendrán consecuencias, probablemente, irreparables. También para su pueblo.