Otras miradas

Europa como correlación de fuerzas: diez ideas sobre el acuerdo de reconstrucción

 

EL primer ministro holandes, Mark Rutte, la primera ministra finalndesa, Sanna Marin, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, el presidente del Gobierno, Pedro Sanchez, y el presidente de Francia, Emmanuel, charlan antes de una de las sesiones de la cumnbre de Bruselas sobre el fon de de recuperación de la UE. REUTERS/Francisco Seco/Pool
EL primer ministro holandes, Mark Rutte, la primera ministra finalndesa, Sanna Marin, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, el presidente del Gobierno, Pedro Sanchez, y el presidente de Francia, Emmanuel, charlan antes de una de las sesiones de la cumnbre de Bruselas sobre el fon de de recuperación de la UE. REUTERS/Francisco Seco/Pool
  1. El acuerdo de reconstrucción europeo ha suscitado una batalla interpretativa por su sentido. En un extremo de esa pelea estarían los federalistas eufóricos, deseosos de leer en este acuerdo el prólogo de los Estados Unidos de Europa. En el otro, el escepticismo lampedusiano que entre todas las cláusulas y promesas no descubre otra cosa que la misma Bruselas de siempre, haciendo los equilibrios imprescindibles para mantenerse a flote. Para unos Europa ha dado un paso decisivo hacia su unión política; para otros es el mismo lobo neoliberal que, para salvarse a sí mismo, esta vez se presenta con piel de cordero. Como suele suceder en la dinámica europea, todas las partes involucradas cantan victoria a la vez, mientras se gasta el adjetivo "histórico" de tanto usarlo.
  2. Creo que, al menos esta vez, esa dificultad de análisis expresa algo esencial sobre lo que está sucediendo en la política europea. En su ambigüedad, en sus contradicciones incluso, el acuerdo no solo expresa un momento político de excepcionalidad y desorden, sino un conflicto subyacente por la reorientación del proyecto europeo o, lo que viene a ser lo mismo, una disputa real por la economía política de Europa.
  3. Lo que el acuerdo tiene de novedoso no está en las cifras (que son insuficientes), ni en su coherencia (dañada por las concesiones al frente "frugal", vergonzosamente apoyado por la derecha española) ni siquiera en su posible eficacia (que dependerá enteramente del desarrollo y la ejecución política del plan). Lo novedoso está en una serie de principios que, combinados con la política monetaria expansiva puesta en marcha por el BCE el pasado abril, suponen una diferencia de naturaleza en el tipo de ente que es la Unión Europea. Un sujeto que emite deuda, utiliza esa deuda para realizar transferencias a sus periferias, y recauda recursos propios mediante la creación de impuestos, no es un entramado intergubernamental ni un mero regulador del mercado. Es un nuevo espacio político para el gobierno efectivo de ese mercado, y por tanto, un espacio político en disputa.
  4. Más importante que lo anterior es cuál es el objeto mismo de estas medidas. Hace cuatro meses se iba a recortar drásticamente la PAC y las políticas de cohesión, las dos únicas políticas relativamente redistributivas de la Unión, como efecto "inevitable" de la salida del Reino Unido. Hoy el gasto público en política social (en empleo, sanidad o la reconversión productiva de las economías del sur) aparece, quizá por primera vez, como objeto legítimo, incluso como condición indispensable de la política europea.
  5. Los Estados keynesianos de la posguerra mantuvieron a Europa alejada de la política social por ser una competencia demasiado importante: las políticas de redistribución eran la condición del orden público y la primera obligación derivada del contrato social de cada nación. La Europa de Maastricht puso esa lógica del revés, y convirtió esos mismos Estados en barreras de contención para proteger el mercado de cualquier tipo de condicionante o presión democrática. La integración europea se identificó entonces con el gobierno técnico del mercado; la política social solo aparecía como superestructura o cosmética, como negativo de los márgenes de déficit y endeudamiento que Bruselas permitía a cada capital. Que hoy la emisión de deuda europea vaya a servir, mediante transferencias no condicionales, para financiar gasto social y sanitario es una sacudida sustancial de la lógica de "gobernanza" europea.
  6. Reconocer esto no implica en modo alguno celebrar acríticamente el plan europeo, ni siquiera entenderlo como una solución. Cada uno de esos principios viene de hecho acompañado de su propia negación. La emisión de deuda y la política de transferencias son presentadas como una medida única y excepcional, que no será sostenida en el tiempo. Las transferencias han sido rebajadas en su cuantía. Los países del norte han obtenido a cambio importantes rebajas en sus contribuciones al presupuesto común, lo que atenta contra el principio de redistribución y contra cualquier atisbo de lógica federal. Estas contradicciones expresan una fuerte contraposición de intereses, cristalizada en la dinámica de un enfrentamiento prolongado entre el norte y el sur.
  7. Esa correlación de fuerzas corresponde a una situación muy diferente a la de 2008, 2012 o 2015. Hoy el frente del sur existe (y no es baladí recordar que los gobiernos de Italia, España y Portugal integran o dependen de fuerzas políticas nacidas de la reacción popular contra las políticas de austeridad). Ahogada por su propia brecha social, Francia ha pesado por fin en esa balanza, como lo ha hecho también el Este, que ha vendido su veto a cambio de inmunidad por su deriva autoritaria. Por supuesto, Alemania ha ejercido en el proceso un papel dual, adelantado por el aparente desdoblamiento entre un poder judicial que defiende una lectura estricta de los tratados y un poder ejecutivo que por fin pareciera querer ir más allá. Alguien podría leer incluso en la posición alemana un doble movimiento: una vez ordenada Europa, Berlín puede empezar a gobernarla como su dominio. Pero es significativo que la posición de Rutte, hoy política y culturalmente reaccionaria, coincida con la postura "oficial" que mantuvo el Eurogrupo en la batalla con Grecia. Hoy los halcones neoliberales están lejos de ocupar el centro hegemónico de la disputa.
  8. Ese conflicto de intereses se ha expresado de manera evidente en la batalla por la condicionalidad y el llamado "freno de emergencia". Hoy en Europa el endeudamiento keynesiano ha generado consenso. La pregunta esencial, lo que está en disputa en el presente europeo es quién y cómo se hará cargo de esa deuda futura. ¿Volverá la austeridad para manejar la futura crisis fiscal? ¿Qué significa la palabra "reformas" asociada a los planes de gasto? ¿Es posible vertebrar una reconfiguración productiva de las periferias de Europa, que rompa su dependencia estructural respecto al norte? La respuesta a cada una de estas preguntas dependerá de una correlación de fuerzas que está por venir. Que la deuda generada por el plan de reconstrucción revierta en las fuerzas del trabajo; que sea reestructurada o monetizada; o que se adquiera la capacidad de imposición sobre los capitales transnacionales, los paraísos fiscales, las grandes fortunas y la actividad de las empresas multinacionales será decidido políticamente y dependerá, en lo esencial, del desarrollo de esta correlación política de fuerzas.
  9. Desde su concepción, la eurozona está afectada por una serie de defectos y asimetrías insalvables. Sin gobierno político de la Eurozona, sin redistribución de la riqueza entre sus regiones, sin capacidad fiscal para paliar los déficits ni absorber los shocks, el sueño neoliberal de Maastricht y Lisboa, la idea de un mercado sin política, quebró en 2008 y no ha sobrevivido a 2020. El acuerdo expresa de manera contradictoria y limitada que hoy la economía política de Europa es objeto de disputa. El paradigma ideológico con el que gobernarla también.
  10. El acuerdo de reconstrucción no es la solución a la crisis que se avecina ni a la brecha democrática europea. No hay duda de que, si depende de los Ruttes del continente, iremos hacia un modelo de profundización de las asimetrías y de desposesión de derechos sociales y económicos. Pero no es menos cierto que hoy eso está lejos de ser algo probado. Hoy las reglas presupuestarias y el dogma de la estabilidad continental están suspendidas por la lógica de emergencia. Evidentemente no se ha decretado la derrota del neoliberalismo o el inicio de una nueva era, pero lo que hoy está en disputa era inimaginable hace apenas unos años. Por contradictorios que sean sus avances, el acuerdo expresa una transformación objetiva, una extensión de la capacidad política sobre el mercado, una ampliación del campo de batalla -en el que en los meses por venir se decidirá otra vez el futuro político de Europa.