Otras miradas

Los arqueros fantasmales de Mons y la rentabilidad de la mentira política

El ejército espectral de los ángeles de Mons.
El ejército espectral de los ángeles de Mons.

Al inicio de la Primera Guerra Mundial, 1914, todos los contendientes tenían tal confianza en sus fuerzas que daban por sentado que resultaría un conflicto corto. Además del ardor nacionalista, aquella arrogancia ciega estaba impulsada por una idea tan razonable como contradictoria: la fe en el progreso técnico que había dotado a los ejércitos de maquinaria bélica nunca vista. El error fue no tener en cuenta que aquellos imperios, entidades políticas del siglo XIX de encaje imposible en la nueva era, disponían de fuerzas apabullantes pero equivalentes, lastradas por una densa lentitud de movimientos y unos mandos incapaces de aprovechar sus ventajas. No hay combate más cruento que el de dos pesos pesados que confían más en la potencia de sus brazos que en la agilidad de sus piernas. Para el blitzkrieg faltaban aún 25 años.

La primera confrontación de envergadura entre la fuerza expedicionaria británica y el ejército alemán tuvo lugar en Mons, Bélgica, la noche del 23 al 24 de agosto de 1914. Los ingleses, inferiores en número pero con una tropa de mayor experiencia, consiguieron contener a la tropa del Kaiser a duras penas, pero tuvieron que retirarse para evitar males mayores. El glorioso Imperio Británico había perdido su primera batalla salvando los muebles, algo que no podía ser vendido como tal a la opinión pública. La derrota se transformó en las crónicas de prensa, censura de guerra mediante, en resistencia épica.

Casi un mes después de aquellos hechos, Arthur Manchen, un escritor galés, publicó en el rotativo londinense Evening News un relato de ficción titulado Los arqueros. Este cuento narraba cómo un soldado inglés había invocado la protección de San Jorge en uno de los momentos más desesperados de la batalla de Mons. De súbito, el santo apareció en medio del combate comandando una tropa espectral de arqueros medievales que, cubriendo el cielo de flechas, consiguieron repeler a los alemanes. Manchen había publicado ya algún artículo convencional en el citado periódico, el cual no etiquetó como ficción el relato, como sí hizo con otro que aparecía en la misma edición del 29 de septiembre. Además aquel cuento, Los arqueros, estaba escrito con la técnica de un falso informe de batalla que la inteligencia británica había filtrado.

Arthur Manchen se olvidó del tema y siguió con su vida hasta que unos meses después varias revistas parroquiales le empezaron a pedir permiso para reproducir en sus páginas lo que tenían por una noticia. Aunque el escritor intentó explicarles que aquello era tan sólo ficción, el cuento había tomado ya tal relevancia como hecho cierto que se había transformado en una leyenda urbana, alimentándose, sin duda, del fervor patriótico en el que se había sumido Inglaterra. Tanto es así que, posteriormente, soldados que participaron en aquella batalla, aseguraron haber visto a los arqueros y a San Jorge, en una extraña mezcla entre acaparar el heroísmo, el miedo a llevar la contraria a una creencia masiva e, incluso, una poderosa autosugestión. Tolkien recuperó aquel episodio para la batalla decisiva de El retorno del rey. Arthur Manchen declaró que "si había fracasado en el arte de las letras, había triunfado, sin saberlo, en el arte del engaño".

Hace un par de semanas, OK Diario, el Historias de la cripta versión reaccionaria, publicó una nota donde aseguraba que Iglesias tenía a sueldo a una guerrilla para cargarse a jueces y periodistas. La imagen que acompañaba a la presunta información era un no menos delirante fotomontaje donde aparecía el líder de Podemos, clonado siete veces, empuñado bates de béisbol en actitud violenta. Todo esto a raíz de unas declaraciones del imaginativo y despechado ex-abogado de la formación, Calvente, que protagonizó uno de los culebrones del verano que acabó siendo desestimado por la justicia. Otro episodio más de calumnias que, sin embargo, valió para llenar portadas y tertulias cumpliendo así su objetivo real de desprestigio hacia la formación morada. El Partido Popular se hizo, sin sonrojo, eco de la nota de OK Diario en sus redes sociales. El fotomontaje de Iglesias convertido en The Warriors resultaba aún más grimoso bajo la estilizada gaviota rojigualda.

En los meses previos a la pandemia los menores inmigrantes no acompañados se habían convertido también en una guerrilla que llenaba nuestras calles de terror. También se acusó al Ministerio de Educación de intentar arrebatar la patria potestad de los críos a sus padres a raíz de la polémica por la censura parental, el enésimo invento ultra. En las últimas semanas ha estallado un apocalipsis okupa: bajabas a por el pan y al subir tenías a la Kommune 1 y a Uschi Obermaier preguntándote dónde guardabas el chucrut: ojalá. Abascal ha llevado la batuta en esta zarzuela histérica. Casado ha ido a la zaga. Las reinas de las mañanas, entre anuncios de compañías de alarmas, han puesto caña y argamasa para fabricar este chamizo indecente de mentiras y miedo.

Aunque las redes se han llenado de datos y otros muchos medios han desmontado las inexactitudes, medias verdades y falsedades descaradas, el daño ya estaba hecho. La intención nunca es abrir un debate diáfano sobre un problema social cierto, sino inventar un problema inexistente para ofrecerse como la solución, una que siempre pasa por más especulación, regresión de derechos y autoritarismo de mercado. Pero, sobre todo, el objetivo último de estas campañas de propaganda ultraderechista, en las que el PP se sube como un niño de comunión al tren de la bruja, es la de unificar la parroquia frente a una serie de amenazas y enemigos ficticios supuestamente azuzados por el Gobierno y la izquierda. Con la segunda ola esta fogata ha pasado a segundo plano, pero volverá, sin duda, si la ola se recrudece o baja la curva, esto es, pase lo que pase. Vivimos tiempos en los que la mascarilla es de uso imprescindible frente a la pantalla, del móvil o de la televisión.

En política siempre se ha manejado la verdad, que es lo mismo que mentir pero con traje. El problema no es ese. El problema es que mientras que antes se maquillaban datos, se prometían acciones irrealizables o te hacías el sueco cuando te preguntaban por ese compañero con la moral corta y la mano larga, ahora la mentira es la piedra angular de la política del dextro-populismo, en el cual cabe Vox, se deja querer el PP y al que muchos medios riegan sabiendo que obtendrán generosas audiencias. Ese es justo el problema, mentir es rentable porque libera a la política de la tediosa realidad: da igual lo que suceda si eres tú quien escribe el guión. Esa rentabilidad para unos es una losa para otros: ya no es sólo la intoxicación permanente de la vida pública, sino que mientras que se pierde el tiempo entre alucinaciones reaccionarias, los problemas reales engordan como vacas abandonadas al lado de un almacén de pienso. A Marlaska también le pareció buena idea hablar de agilizar los desalojos, unos que sólo existen a la hora de los desahucios, tan reales como ausentes del debate público. Gana la banca.

Algunos ingleses contaban la historia de los arqueros fantasmales de Mons porque se la creyeron realmente. Otros muchos, me atrevería a decir que la mayoría, lo hacían porque era lo que pensaban que tenían que hacer. La derecha social en España, la mayoría de la misma, es consciente de que Iglesias no dirige una guerrilla, más allá de grupos de Telegram que para lo que han servido es para filtrar las cuitas internas de Podemos. Se ríen, igual que lo haría cualquiera si la situación no fuera tan seria, del ridículo fotomontaje. Pero saben, como un ejército disciplinado, que si difunden la noticia, la cual nadie leerá más allá del titular, llegarán a un cuerpo social ajeno a la política, incauto en una época de incertidumbre, que está deseando tener alguien a quien echar la culpa de sus desdichas.

Quizá la izquierda, o mejor dicho el nuevo progresismo indignado de la anterior década, creía que las redes sociales y los servicios digitales de mensajería traerían democratización de la comunicación. Sin tener en cuenta que haber colaborado en la ruptura de la autoridad intelectual era suicida, porque la opinión de tu primo, aunque sea "gente", no puede sustituir a la del historiador a la hora de tratar el revisionismo. Casi tanto como no darse cuenta que destruir la democracia es siempre más sencillo que construirla, es decir, que explicar la crisis especulativa de la vivienda es más complejo que inventar una fábula de anarquistas malos que te levantan la casa. Malo sería que la izquierda pensara que sólo con datos se quiebra un relato fantasmagórico que apela al miedo en un momento de indeterminación. Peor que asumiera que como los ultras han hecho de la mentira su principal obús sólo le queda hacer lo mismo. No es una cuestión moral, es una cuestión civilizatoria.

Esta vez no vendrá San Jorge y sus arqueros para salvarnos en el último momento.