Otras miradas

El ejercicio físico: un aliado para superar la adicción al alcohol

Patricia Sampedro Piquero

Profesora e investigadora en la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo. Especialidad: Neurociencia, Universidad de Oviedo

Chico con equipación de fútbol sosteniendo un balón
Shutterstock / Estrada Anton

La adolescencia se entiende como el período de crecimiento que se produce entre los 10 y los 19 años.

Como todos sabemos y hemos vivido en nuestras carnes, se caracteriza por cambios importantes en todas las esferas de la vida. Es una época de búsqueda de nuevas sensaciones, de ir contra las normas, de no escuchar a quienes dicen saber más.

Es en tal escenario en el que algunos adolescentes comienzan a coquetear con ciertas drogas. Muchas veces bajo un mismo convencimiento: "yo controlo". Entre todas estas sustancias destaca el alcohol. Quizás porque no está tan mal visto en nuestra sociedad. Además, es fácil de conseguir y parece que los jóvenes son menos susceptibles a sus efectos sedantes.

Actualmente, el primer contacto con el alcohol suele ser a los 13 años. Con 17 y 18, raro es que un joven no haya bebido, al menos, una cerveza. Lo curioso es que, si preguntásemos a los adolescentes de entre 14 y 18 años por qué beben, nos sorprenderíamos al ver que la respuesta es simple: por diversión.

Resulta preocupante cómo para la mayoría de los adolescentes pasarlo bien supone colocarse y desmadrarse. De hecho, la forma más extendida entre la población juvenil de tomar alcohol es el consumo por atracón: beber mucho y rápido hasta perder el control.

Diversión en la adolescencia, problemas en la etapa adulta

El consumo por atracón se relaciona con la adicción en la etapa adulta. Se debe, en parte, a las alteraciones psicológicas que aparecen cuando este es temprano y continuado.

Así, varios estudios han revelado que beber alcohol de forma intensa cuando somos jóvenes provoca un aumento posterior del consumo en la etapa adulta. También se relaciona con problemas de concentración y memoria, pérdida de flexibilidad mental y ansiedad social.

Por otro lado, los atracones de alcohol se han relacionado con un bajo estado de ánimo cuando nos hacemos adultos. De hecho, un estudio de nuestro grupo observó que sujetos con una larga historia de consumo de alcohol desde la adolescencia mostraban puntuaciones inferiores en una Escala de Bienestar Psicológico.

Este cuestionario valora aspectos como el grado de autonomía o la aceptación a uno mismo. Del mismo modo, tiene en cuenta el mantenimiento de relaciones positivas con los demás y de propósitos en la vida.

En la misma línea, pero en un estudio con modelos animales que consumieron alcohol durante su etapa adolescente (sí, los ratones también pasan por la edad del pavo), observamos consecuencias similares. Por ejemplo, aumento de conductas ansiosas y reducción de las exploratorias en nuevos ambientes, falta de interés por la interacción social y ciertos problemas de memoria.

Todos estos efectos se explican por el impacto negativo y tóxico que tiene el alcohol sobre la estructura y funcionamiento de nuestro cerebro. Afecta a su plasticidad: reducen el número de neuronas y los contactos entre ellas. También potencia los procesos de inflamación cerebral.

En nuestro cerebro existen zonas que son más vulnerables a los efectos del alcohol. Es el caso del hipocampo, clave para la consolidación de nuestros aprendizajes. Lo mismo sucede con la corteza prefrontal, un área que termina de formarse en torno a los 24 años. Por ello, el alcohol podría afectar en su maduración.

El ejercicio como arma perfecta para combatir la adicción

Uno de los inconvenientes al manejar la adicción al alcohol y otras drogas es la limitada eficacia de los tratamientos disponibles. Se hace necesario explorar otras alternativas que, por sí mismas o combinadas con las existentes, supongan una mejora en él.

La práctica de ejercicio aeróbico podría constituir una intervención efectiva, al promover cambios en estas estructuras cerebrales más susceptibles a los efectos nocivos del alcohol (el hipocampo o la corteza prefrontal).

Por el contrario, el comportamiento sedentario (reflejado por el número de horas dedicadas a ver la televisión o jugar con videojuegos) se relaciona con un mayor consumo de drogas entre los adolescentes. Por ello, ofrecer programas de ocio saludable que tengan en cuenta la actividad física podría ser una estrategia valiosa para reducir el impacto negativo del abuso de sustancias. Lo mismo de cara a la prevención del inicio en su consumo.

Además, esto abriría el abanico de opciones en las que invertir tiempo libre. Alternativas a beber alcohol como única vía para pasarlo bien.

Cuando el ejercicio se incluye dentro de los programas de tratamiento parece tener un efecto positivo reduciendo el deseo de consumo y favoreciendo la abstinencia. No obstante, se desconoce cuánto tiempo se mantiene y qué condiciones son necesarias para obtener mayores beneficios.

En un futuro, sería interesante desarrollar y emplear estrategias farmacológicas que mimetizasen los efectos del ejercicio. Otra alternativa sería emplear protocolos de ejercicio controlado en la fase de abstinencia. Esto podría favorecer la reducción de la tasa de recaída, al mejorar el control sobre situaciones estresantes.

Además, es una intervención atractiva para los jóvenes: fácil de implementar y relacionada con mejoras en la salud física general.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

The Conversation