Otras miradas

El 'sofagate': un trono turco y un machista belga

Instante en el que Von der Leyen se queda sin silla en la reunión con Erdogan.- EFE
Instante en el que Von der Leyen se queda sin silla en la reunión con Erdogan.- EFE

Un vídeo cortito y casi mudo, grabado en Ankara, la capital de Turquía, el martes pasado, ha dado lugar a ríos de tinta, mares de comentarios, océanos de indignación.

Tres presidentes se reúnen al más alto nivel. Les vemos llegar al salón en el que se va a producir la reunión. Posan los tres juntos. A la hora de sentarse solo hay dos  tronos. El único que es mujer es relegada al sofá del traductor.

Que el presidente de Turquía y anfitrión de la reunión eligiera trono era predecible; que el presidente del Consejo Europeo lo hiciera sin pestañear ni un poco, no.

De hecho, Ursula Von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, al mismo nivel diplomático que su compañero, soltó un "Emmmm" muy expresivo, cuando los vio sentados.

El siguiente plano nos muestra desde qué posiciones tan distintas hablaron cada uno de ellos en esa importante reunión.

Las derivadas de esta catástrofe diplomática europea son muchísimas. Se trata, sin duda, de un micromachismo de altos vuelos que trasluce cosas curiosas.

Recep Tayyip Erdogan debía contar de antemano con la complicidad innata del otro varón que, queriendo o no, perpetró la escena. El turco propuso la ofensa machista con su racanismo a la hora de entronizar a sus invitados. Pero podía haberle salido mal, si no hubiera aparecido esa hermandad masculina secreta y oscura. El presidente turco acertó: sin necesidad de invocarla, afloró la sinuosa afinidad patriarcal que le regaló la cooperación, consciente o no, de un europeo presuntamente feminista.

Charles Michel, el presidente europeo entronizado, político experimentado, expresidente belga, podía haberlo resuelto de tantas maneras: podía haber pensado por un segundo que la silla le correspondía tanto a él como a ella y haber esperado un poco, podía habérsela cedido, podía haber pedido otra, podía haberse sentado en el sofá junto a ella, podía hacer cualquier cosa menos lo que hizo, si hubiese tenido en mente que la batalla del feminismo también es suya.

¿Qué le pasa a un hombre, que se dice feminista, que no se da cuenta de una encerrona tan obvia? ¿Qué le pasa a un político de ese nivel que no piensa en lo que puede generar una imagen como esa? Más allá de sus principios, se olvidó también de sus propios intereses. Ha tardado dos días en pronunciarse sobre el asunto y lo ha hecho en Facebook defendiendo algo indefendible: que Ursula y él decidieron –¿por telepatía?– que era mejor no hacer un escándalo. Su tardanza y sus justificaciones sobre lo feminista que es, en la nota que ha publicado, denotan que se ha visto obligado a hablar del asunto por el aluvión de críticas que no cesa.

Por otro lado se comenta que su relación con Von der Leyen es muy tensa y que eso pudo influir en ese momento. Tal vez, en realidad lo ocurrido fue un gesto de igualdad en los círculos de poder y no de discriminación, en el sentido de que intentó joderla exactamente igual que hubiera jodido a un compañero. De hecho, el machismo siempre fue muy caballeroso y se caracterizó por ofrecernos las sillas. En ese caso, podríamos interpretar este gesto como un signo del avance del poder femenino en las esferas del poder más asqueroso.

Por su parte, Von der Leyen no ha comentado la jugada. Eso sí, fuentes de la comisión europea dicen que prefirió centrarse en reclamar al presidente turco que cumpla con el Convenio de Estambul sobre los derechos de las mujeres y en los otros temas previstos.

Los responsables de protocolo turcos dicen que los de protocolo europeos conocían el número de sillas. Los europeos lo niegan y es probable que se encuentre una cabeza de turco en alguno de los dos grupos.

Por seguir haciendo chistes, el belga se hizo el sueco pero no sabemos si por machista o por trepa.

Y por acabar con más ponzoña del poder más poderoso: Erdogan, a pesar de ser el presidente de un país que no contempla los derechos más básicos de las mujeres, no se atrevió nunca a hacer algo así a Hillary Clinton, ni a Ángela Merkel. Algo cuenta también este episodio de esta Turquía, tapón de la inmigración africana, y de esta Europa que, de vergüenza en vergüenza, le paga sus servicios vergonzosos.