Otras miradas

Se buscan poetas

Pablo Batalla Cueto

Un rider de Globo por la Diagonal de Barcelona.- EFE

Edward O. Wilson nos enseñó hace algunos años, en un libro de 1984 titulado Biofilia —recién editado en castellano por Errata Naturae— que la vida imanta la mirada de los seres humanos, los convoca en su torno, tal como la luz emplaza a las polillas. Tendemos a preferir el paisaje natural al artificial, y la visión del primero —explicaba el biólogo— llega a obrar en nosotros un efecto balsámico. Citaba allá Wilson, por ejemplo, un artículo de aquel año de Roger S. Ulrich en la revista Science según el cual las vistas que los pacientes disfrutan desde un hospital influyen notablemente en su proceso de recuperación reduciendo, por ejemplo, el estrés y la ansiedad posteriores o anteriores a una operación.

Ulrich había estudiado a 46 pacientes sometidos al mismo tipo de cirugía entre los cuales la mitad había pasado sus días de recuperación en habitaciones cuyas ventanas daban a un muro de ladrillos; y los otros 23, en cuartos con vistas a un jardín con árboles: estos últimos se habían recuperado significativamente más rápido y habían tomado menos analgésicos. Esa biofilia es lo que explica que llenemos nuestras ciudades de arbolitos y jardineras: el oxígeno que desprenden es ínfimo, pero no es esa su función, sino satisfacer nuestra ansia de asideros visuales de naturaleza; no hacernos sentir recluidos en un gigantesco mausoleo de hormigón.

En el fondo seguimos siendo cazadores-recolectores. Continúa siéndolo nuestra estructura cerebral, evolucionada mucho más lentamente que nuestras tornadizas formas sociales, como si supiese —y se dijese que para qué esforzarse entonces— de la consistencia frágil, efímera, de la civilización y que más temprano que tarde, milenio arriba, milenio abajo, daremos en regresar a nuestra auténtica condición de bestias salvajes, habitantes de la intemperie en lucha despiadada por la vida. Los lingüistas teorizan que el color azul tardó en aparecer en el lenguaje humano porque no se correspondía con ningún fruto, con nada comestible, sino solo con grandes extensiones muertas como el cielo o el mar, sin nada de interés para la mirada famélica de nuestros ancestros remotos. Milenios más tarde, no somos tan distintos, aunque algo lo seamos, y ante cualquier paisaje, nuestros ojos se desentienden de lo muerto, lo frío, lo inerte, y se precipitan aún hacia aquello que, en él, palpita con la pulsión suculenta de la vida. Incluso el Yi-Fu Tuan que declara su pasión por los yermos, por los desiertos, y su desdén por los bosques y las selvas, lo razona disertando que «en la densidad de la biomasa, ninguna planta o ser humano puede destacar; por el contrario, en el desierto cada vida se muestra con orgullo, separada en el espacio del resto de vidas». No deja de ser la vida, lo vivo y sus colores, el foco de la mirada.

Un discurso político también es un paisaje; algo así como un paisaje retórico, que adviene a nuestros sentidos como una disposición de elementos dispares; razones y emociones ordenadas con la intención de componer una estampa atractiva, conmovedora. Y todo lo anterior sirve también para él. También en este caso nos fijamos siempre, antes que nada, en aquello que palpita. El abecé del spin doctor contiene poco más que este mandamiento: no se ganan elecciones con un mero inventario de millones de euros o hectómetros de hormigón gastados por gastar, por rutilantes que sean las conquistas materiales logradas o a lograr con ellos: estas solo pueden convertirse en vectores de identidad y acicates de movilización si se las ha revestido con los ropajes de la poesía; si sabe insuflarse vida, el temblor de la épica, al frío dinero, al duro cemento, que de otro modo se volverán invisible geología; el croma calizo contra el cual se destaquen aquellos que sí hayan sabido conferir esa dimensión trovadoresca a sus logros o sus propuestas. En esta foto, a diferencia de en las que tomaba Alfonso Guerra, solo sale lo que se mueve.

De cómo los hados de la demoscopia premian a los poetas capaces; de cómo lo material y lo cultural no constituyen esferas separadas, ni mucho menos rivales, de la acción política, sino algo así como los huesos y la carne que en un organismo crecen a la vez y necesitan el uno del otro para sostenerse, los ejemplos históricos abarcan desde el New Deal —caudales gastados en obras públicas y subsidios, pero también, murales, subvenciones a literatos o las célebres fotografías de Dorothea Lange de las víctimas de la Gran Depresión— hasta uno español más cercano en el tiempo y no precisamente santo de nuestro santoral, pero que no tiene por qué serlo para que le admitamos una enseñanza: el Felipe González cuyo Gobierno supo proveerse de un marco macropoético, la modernización de España, con cuyo brillo fulgurecer cada inauguración de autopista, cada hospital levantado, cada calle asfaltada en cada suburbio de España. Roosevelt fue presidente doce años y podría haberlo sido dieciséis, si no hubiera fallecido al inicio de su cuarta legislatura; González lo fue catorce.

Nuestro actual Gobierno progresista de coalición está logrando algunas conquistas materiales sobresalientes —desde el ingreso mínimo vital hasta la subida del salario mínimo interprofesional, pasando por la ley rider— que bien podrían acogerse, aprendidas estas lecciones, a su propia macropoética; a un sentido de misión histórica: la de ofrecer una alternativa de izquierda al despeñamiento neofascista al que Europa parece abalanzarse sin remisión. Pero no bastará con enumerarlas en la próxima campaña electoral para retener el poder: como la esposa del césar, las conquistas de un movimiento político no solo deben ser sobresalientes, sino además parecerlo; se debe ser eficaz, y —con la posible excepción de la exhumación de los restos de Franco, épica ciertamente, con todas las objeciones que se hagan a las insuficiencias del proceso— no lo está siendo este Gobierno, también en el negociado del relato epopéyico (que sí ha sabido trenzar en torno a sus cosas una Isabel Díaz Ayuso, con su épica libertariana de cañitas frescas y terracitas abiertas). Hacen falta poetas que canten la gesta del precario estabilizado, que escriban Las uvas de la ira del rider, que saquen las fotos de la miseria aliviada; compositores de una nueva trova republicana que urdan la música que aceite la victoria en una batalla que no es disparatado adjetivar histórica. Nos va, literalmente, la vida en ello.