Otras miradas

Francia y el miedo a la ultraderecha

David Lerín Ibarra

Doctor en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la UCM. Profesor en la EMUI_ EuroMed University. Colaborador Honorífico en la UCM

El presidente francés, Emmanuel Macron, pronuncia un discurso después de ganar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas en el Campo de Marte después de que Emmanuel Macron ganara la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas en París, Francia, el 24 de abril de 2022.- EFE

Emmanuel Jean-Michel Frédéric Macron no es el "vencedor real" de las elecciones presidenciales de Francia, las ha ganado, otra vez, el miedo a la ultraderecha que representa Marine Le Pen. En efecto, el político (neo)liberal de Amiens, que ha obtenido el apoyo de un 58,5 % del electorado y 18.779.641 de sufragios, ha recogido gran parte del voto de rechazo contra la líder de Reagrupamiento Nacional (RN) que, a pesar de ello, ha obtenido los mejores resultados para el partido en toda su historia, incluidos evidentemente los del Frente Nacional, fundado por su padre, Jean-Marie Le Pen, en 1972. El partido de ultraderecha ha logrado en estos comicios superar, con amplitud, los 13 millones de papeletas, lo que supone un 41,46% del global de electores. Recordemos que en 2017, la política radical de Neuilly-sur-Seine cosechó 10.644.118 votos (33,90 %).

Sin embargo, a pesar estos grandes resultados de Le Pen, es evidente que el miedo a la ultraderecha ha tenido éxito nuevamente.  Así también lo afirma Iván Redondo en el artículo Ganó el miedo en Francia (aviso a España), publicado el lunes 25 de abril en La Vanguardia, que invito a leer: "Ha vuelto a pasar. Y podemos resumir las presidenciales en un sencillo titular: ganó Macron pero no perdió Le Pen, su mejor creación. Continúa la política del miedo. Venció el miedo de la extrema derecha con el mejor resultado de su historia en Francia, ganó el miedo del menos malo".

En la noche electoral, tras conocer los resultados electorales, el propio Macron atisbaba esta idea, siendo consciente de que su victoria está atenuada por el resultado de la ultraderecha y que es muy posible que hubiera tenido más problemas para vencer a otro rival con mayor peso político sin vinculación con la derecha radical.

Pero hay que preguntarse: ¿va a parar siempre el miedo los postulados políticos de la ultraderecha? Mi respuesta es clara: no. Estas formaciones se alimentan electoralmente de la incertidumbre socioeconómica de sectores populares con un discurso  etnonacionalista y populista.

Hay que recordar que gran parte del apoyo que ha obtenido Le Pen, y otros partidos de derecha radical, lo consigue de clases populares y trabajadoras (Ipsos), siendo la primera fuerza política en este estrato social. Estas personas sufren de forma constante una pérdida de su poder adquisitivo y una rebaja de su bienestar social. Esto provoca que una parte relevante de estas capas sociales apoyen ahora a partidos de derecha radical que culpan a minorías étnicas de "aprovecharse del Estado de Bienestar", y como solución, amparan la "preferencia" o "prioridad nacional" para los nativos en derechos sociales, económicos y laborales. Por ende, la pérdida del nivel socioeconómico de grandes sectores de la población favorece al ascenso de estas formaciones.

Frente a ello, es urgente revertir los recortes en los derechos sociales y laborales para que la prosperidad se expanda a las clases populares y evitar así que existan conflictos entre la población autóctona y la extranjera por los servicios sociales y recursos públicos. Por ese motivo, se debe incrementar el gasto social, mejorar la sanidad y la educación, avanzar en la protección laboral, mejorar las políticas de inclusión social y, en definitiva, perfeccionar el Estado de bienestar para todos los ciudadanos que habitan el país.

Por otro lado, debemos fomentar, a través de la educación, de los medios de comunicación y de la sociedad civil en su conjunto, valores constitutivos de la nación cívica, basados en la pluralidad y la tolerancia multicultural, frente al etnonacionalismo que promulga la derecha radical, fundamentado en la diferenciación étnica de los pueblos y, por tanto, contrario a la pluralidad cultural.

Por último, las críticas populistas de los partidos de la ultraderecha a la "élite política", al "establishment" o a la "política tradicional" se deben a un alejamiento real de los dirigentes y partidos políticos convencionales que se han distanciado de las demandas de buena parte de la población. Por esto, corresponde "a los demócratas reaccionar y exigir una democracia de mayor calidad y a los dirigentes de los partidos con sincera vocación democrática acercarse más a los ciudadanos" (Rodríguez Jiménez, 2006).