Otras miradas

Cloacas o democracia: apuntes sobre el escándalo de Ferreras

Carolina Alonso

Portavoz de Unidas Podemos en la Asamblea de Madrid

Antonio García Ferreras

Se escucha la voz de Villarejo, el comisario de Policía macerado en las cloacas del Estado y podrido hasta el fondo. Habla sobre Eduardo Inda, propagador de mentiras profesional y jefe del panfleto Okdiario, que ha recibido más de 300.000 euros en tres años de instituciones públicas controladas por el Partido Popular. El interlocutor interrumpe, su voz es también por todos conocida: Antonio Ferreras, director de LaSexta, del grupo AtresMedia y jefe de Al Rojo Vivo, una tertulia de actualidad a través de la cual millones de personas en España construyen sus opiniones políticas.

Ferreras le dice a Villarejo que sabía que la noticia que le dio Inda, "su hermano", sobre la cuenta en Granadinas de Pablo Iglesias es burda, pero que aun así la iba a sacar en su programa: "Eduardo [Inda] esto es muy serio, yo voy con ello, pero es demasiado burdo". Las palabras de estos dos hombres certifican la podredumbre de cierto periodismo y la democracia en España. Detrás hay un objetivo: que nada cambie, que les siga yendo bien a los de siempre, a los poderosos. De fondo, se oye el vaivén de los cubiertos y copas de la comilona en el reservado.

La putrefacción es medular: dirigentes políticos del PP que en connivencia con miembros corruptos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, jueces con carnet del PP y falsos periodistas situados en lugares clave de los medios de comunicación, revientan la legalidad, la verdad, y todos los principios democráticos para derribar a Podemos, un actor político legítimo, en un momento en el que va primero en las encuestas.

Este ataque y derribo sistemático a mi formación ha sido así desde que las élites, que tienen nombres y apellidos, asumieron dos cosas: la primera, que podíamos ganar unas elecciones y, la segunda, que no se nos podía comprar, porque nuestro proyecto no es para ese 1% privilegiado sino para las mayorías sociales de nuestro país.

Los que nos llamaban "gentuza" o "etarras" en directo, resulta que conspiraban para que una fuerza política decente y honrada desapareciera. Pero ellos siguen ahí, impunes, dirigiendo programas e informativos que ven millones de personas, desde los que esparcen bulos y noticias tóxicas.

Duele mucho por la injusticia y el acoso vivido, no solo en el caso de los dirigentes que han sido víctimas en primera persona de montajes y falsas acusaciones, como Pablo Iglesias. Duele también por las miles de personas que se sumaron a la ola de ilusión y cambio, pero que decidieron bajarse por la presión generada a través de estos sicarios mediáticos. Y por las miles y miles de personas que siguen dejándose la piel cada día por un cambio real en nuestro país, apoyando a una fuerza política, lo repito: decente, ciudadana, que no se financia a través de bancos y que no le debe nada a los poderosos. Por los que batallan cada día contra los bulos y las mentiras, en cada conversación de barrio, en las redes sociales, por ellos me duele especialmente.

Este no es un golpe contra Podemos exclusivamente, es contra la democracia y el derecho a la información en España. Es la gota que ha colmado el vaso, y no vale ponerse de perfil. Así lo han reconocido distintos jefes de Estado de América Latina y líderes políticos europeos, mostrando su repulsa a estos hechos. Los mensajes internacionales de solidaridad y compromiso con los principios democráticos contrastan con el silencio de algunos actores políticos de aquí. Puedo entender el motivo de este silencio (prefieren cultivar su relación con el poder mediático para tener visibilidad y un buen trato antes que denunciar la injusticia) pero desde luego que no lo comparto.

Desde Podemos sabemos que cuando señalamos esta injusticia, nos enfrentamos a la invisibilización. En mi caso y el de mi grupo parlamentario se invisibiliza el trabajo que hacemos cada día en la Asamblea de Madrid para los madrileños, fiscalizando y denunciando los contratos irregulares de Ayuso o proponiendo medidas de sentido común, como hacer gratuito el transporte público para aliviar la situación de las familias, en contraposición, por ejemplo, de las becas Ayuso a familias que ingresan más de 100.000 euros, con las que pretende regar de dinero público todavía más el negocio de la educación privada.

Si queremos salvar la democracia, es fundamental que todos los actores democráticos pongamos pie en pared. Y, para ello, los silencios no ayudan. En Madrid eso pasa por articular un espacio progresista, valiente y constructivo, con el que expulsar al Partido de las Cloacas del gobierno. Una izquierda que haga política de lo cotidiano, desde lo concreto, pero que en ningún caso renuncie a la batalla cultural. Porque entonces estamos perdidos. No tiene sentido que en un momento en el que sabemos que las élites son capaces de todo para eliminar a un rival político, haya personas relevantes dentro de la izquierda que guarden silencio o que compren las ideas de la derecha, como hacer seguidismo acrítico de la OTAN o replicar el falso mantra de que bajar los impuestos es bueno. Y creo que ahora mismo, a pesar de los golpes, a pesar de la guerra sucia, en Madrid es Podemos la única fuerza que demuestra balance entre las políticas propositivas y la batalla cultural. Algo fundamental, como digo, si queremos acabar con las cloacas antidemocráticas de las instituciones.

Y a quienes nos digan que no se puede, que es mejor doblegarse ante la injusticia o mirar para otro lado, les respondo que nosotros, contra pruebas fabricadas, contra conspiraciones, contra los resortes de los poderosos y un juego político amañado, hemos llegado al gobierno de España gracias a la gente, diciendo la verdad y siendo propositivos. Y desde ahí continuamos peleando por ampliar derechos laborales y civiles, por subir el salario mínimo, pero guardando un equilibrio para seguir dando la batalla cultural. Por más zancadillas que nos pongan, por más que nos invisibilicen, vamos a seguir luchando hasta nuestro último aliento por cambiar las cosas, para evitar que el sentido común se escore hacia la derecha, y para mejorar la vida de las mayorías sociales de nuestro país.