Navegando con Casandra


Os voy a contar un cotilleo del que me acabo de enterar.

Pues resulta que Apolo, el hijo de Zeus y Leto, se enamoró de  Casandra, la hija de Príamo y Hécuba. Bueno, más bien se encaprichó. Como decimos en Asturias, Casandra era el «refresquín» de Apolo.

El caso es que Apolo le prometió a Casandra que si se entregaba a él le concedería el don de la adivinación. (Así también yo) Y Casandra, claro,  aceptó encantada de la vida. Pero cuando Apolo quiso cobrarse su deuda Casandra se puso toda digna y dijo que ni hablar.

“¡Eres una calientadioses!” Exclamó Apolo enfadadísmimo. Así que rectificó el don concedido a Casandra y la condenó a adivinar el futuro pero con la terrible condición de que nadie hiciese caso a la esquiva y hermosa Casandra.

Cuando pasó todo aquello de la guerra de Troya, Casandra advirtió a los Troyanos del temita del caballo, pero los troyanos nada. «Que si eres una exagerada, que si estás todo el día igual, que si mujer tenías que ser»… lo típico.

Lo que pasó después  ya lo sabéis todos. Los líos por Helena, que si Paris, que si Héctor que si Brad Pitt… Vamos, que ardió Troya y nadie hizo caso a Casandra.

¿Por qué os cuento esto? Porque he descubierto que a nuestros científicos  les pasa un poco lo mismo que a  Casandra.

Llevan más de veinte años alertando sombre el cambio climático. Aporreando las puertas de los despachos de los que toman las decisiones. Advirtiendo del enorme caballo de madera lleno de desastres medioambientales que hemos metido en nuestra amada Troya. Pero esta vez Troya es el planeta entero. Y los troyanos, una vez más, no hacemos caso a nuestras Casandras.

Que si sois unos exagerados, que si solo queréis subvenciones para investigar tonterías, que si científicos teníais que ser…lo típico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy quiero romper una lanza en honor de los científicos. Primero tendré que encontrar una lanza en un barco noruego y luego ya veremos, pero creo que es importante remarcar su trabajo.

Porque una cosa es ver un documental en el sofá de tu casa sobre el cambio climático y decir: Dios… qué horror….tengo que hacer algozzz…zzzzz…zzzzz…

Todos sabemos lo difícil que es mantener el tipo ante un documental.

Pero otra cosa es tener la suerte, o no, de compartir un viaje con biólogos y oceanógrafos. Accedes a sus conversaciones como si estuviesen hablando de fútbol en la barra de un bar. Y lo que oyes te deja muy confuso.  Empiezan a hablar de los cambios irreversibles del planeta. repito IRREVERSIBLES: El agujero en la capa de Ozono, la extinción de especies marinas por la sobreexplotación pesquera, el hielo que desaparece del Ártico, la deforestación del amazonas, el calentamiento global…

Es una suerte que el alcohol esté prohibido a bordo, porque dan ganas de emborracharse hasta olvidar que perteneces a la raza humana. Por eso digo lo de no tener claro que sea una suerte navegar con estos tipos. Dan ganas de gritarles: ¡¡O me dais una buena noticia o me amotino, secuestro el barco  y nos vamos todos a Waikiki!!

Sin embargo hay algo que tranquiliza en estos científicos. Algo que me llama mucho la atención. Mantienen siempre una actitud de desdén hacia los problemas a los que se enfrentan. Es como si estuvieses en la calle, viendo tu casa arder y un bombero se te acerca y dice:

“Si quieres que salve a tu gato, entro”

Tú miras al bombero con cara de estupefacción.

“¿Estás loco? La casa está en llamas, va a derrumbarse de un momento a otro… y no tengo gato”

Él se encoge de hombros y dice:

“Bueno, mejor asegurarse”

Y el bombero se lanza al interior de la casa, perdiéndose entre remolinos de llamas.

(Nota del subconsciente): Tom, llevas cinco días en un barco y solo se te ocurren metáforas con dioses griegos y aguerridos bomberos. ¿Qué te ocurre muchacho?

Pero el hecho es que los científicos son así. Al menos es la sensación que me están dando Carlos Duarte y Miquel Alcaráz, los científicos españoles del barco. Siguen haciendo su trabajo aunque todo esté en contra. Investigando con pocos medios, tomando escrupulosas muestras en el océano Ártico  de cosas muy pequeñas que demuestran que estamos haciendo las cosas mal. Muy mal.

Y lo peor es que los que más en contra estamos de ellos, sin darnos cuenta, somos todos nosotros. La sociedad troyana.

Podríamos decir de memoria el once de la selección española que jugó la final del mundial. Con los dos apedillos, el grupo sanguíneo y en qué lado de la cama duermen. Pero somos incapaces de decir el nombre de dos de nuestros científicos de primera línea. Y los tenemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ellos parecen resignados a su extraño lugar en la pirámide social. Están ahí, de vez en cuando descubren cosas como el teflon o la pantallas de plasma y les hacemos caso, pero la mayoría del tiempo son figuras casi etéreas. Pero tal vez, si les escuchásemos un poco más o valorásemos su trabajo, ellos podrían tener más medios para seguir haciendo su trabajo.

Porque, y ahora en serio, es una gozada escucharles hablar. Mantienen una ilusión casi infantil, que es la más poderosa de las ilusiones, por la investigación y no hay nada que les haga flojear.

Si os apetece seguir la pista de estos tipos y de los nuevos movimientos, nuevas formas de enfocar el futuro,  que engloban a la sociedad y la ciencia os dejo unos enlaces interesantes:

http://www.facebook.com/pages/CSIC-Departamento-de-Comunicación/160886483928732

http://www.resalliance.org/

www.happyplanetindex.org/

http://wisesap.blogspot.com/

PD: He puesto dos fotos de la misma gaviota porque la puñetera de ella me tuvo toda la tarde por el barco a ocho mil grados bajo cero hasta que conseguí enfocarla.

Ah, y otra cosa. Hoy mi subconsciente se va a la cama sin cenar.