Opinion · Punto y seguido

Turquía: pashas corruptos y una peligrosa crisis

 

¿Quién se imaginaba que el Partido de Justicia y Desarrollo (AKP) que llegó al poder en 2001 con el lema de “Limpiar” la política de partidos corruptos hoy estaría implicado en el mayor escándalo de corrupción de la historia turca?

El 17 de diciembre, y después de dos años de una sigilosa investigación por parte de la policía y la fiscalía (y, curiosamente, sin enterarse el primer ministro Tayeb Erdogan), unos 80 altos cargos de la élite política turca fueron detenidos, entre los que se encontraban hijos de los ministros de Economía e Interior, el director general del banco público Halkbank, un alcalde del AKP, varios magnates de la construcción y un empresario iraní llamado Reza Zarrab, conocido por ser esposo de la cantante turca Ebru Gündeş. Todos ellos han sido acusados de blanqueo de capitales y contrabando de oro. Como consecuencia inmediata, una crisis política y el desplome de lira, la moneda turca, cuyo valor pasó de 2,91 a 3,00 euros.

Mientras Erdogan tachaba la revelación de la noticia como un complot contra su gobierno organizado por EEUU, Israel y su rival Fethullah Gülen (dirigente del Movimiento islámico Gülista), uno de sus hijos también está en el ojo de huracán. El ministro de Ambiente y Urbanismo, el señor Bayraktar, tras abandonar el gobierno, afirmó que su jefe sí que conocía la trama y pidió que dimitiera. Él, en lugar de hacerle caso, detuvo la segunda fase de la Operación anti-corrupción, impidiendo el arresto previsto de otros 40 empresarios, ordenó la destitución o el traslado de medio millar de agentes de Policía (cuerpo de tendencia Gülista, al contrario de Estekhbarat -los servicios secretos- que están bajo el control del gobierno) incluido su máximo jefe en Estambul. Después, declaró la guerra al Poder Judicial apartando del caso al fiscal Muammar Akkas que había ordenado más detenciones. Está por ver si el policía jefe del Departamento de Delitos Financieros de Ankara y el subjefe de la policía de la provincia Isparta, que fueron hallados muertos los días 23 y 24 de diciembre, se suicidaron como afirma el gobierno o no. Los miles de manifestantes que ocupan las calles, dicen que si el jefe del gobierno no está implicado, debería dejar que la justicia hiciera su trabajo.

Esta es la punta de iceberg de corrupción y clientelismo de un país que ocupa el puesto 64 entre 102 en el Índice de Percepción de la Corrupción. ¿Los motivos? Una fuerte centralización, la falta de un sistema de control eficaz, la escasa separación entre los poderes y una cultura basada en el trapicheo.

Ante tal bochorno, Erdogan se vio forzado a remodelar su Ejecutivo con 10 nuevos ministros.

La historia de un escándalo anunciado

Aunque la revelación del caso puede deberse a la venganza del Movimiento Gülenista, liderado por Fathullah Gülen (al que pertenece el propio presidente Abdullah Gül), un clérigo islámico de 72 años que lideró el movimiento tras el cierre de sus ‘dars.khane’ (Escuelas) por el gobierno del AKP, la corrupción existió y, según se deduce de la prensa turca, tenía dos orígenes principales: uno, la amplia red de cargos públicos que aceptaban sobornos a cambio de concesiones urbanísticas, y otra, el afán por sortear las sanciones contra Irán, que originó el movimiento de unos 87 mil millones de dólares y el contrabando de oro entre ambos países. Turquía compraba hidrocarburo a Irán y al no poder usar el SWIFT (sistema internacional de transferencia interbancaria) a causa del embargo impuesto por EEUU sobre las instituciones financieras iraníes, le pagaba en oro a través de una decena de empresas pantalla, lo cual había dado lugar a la acumulación de 13 mil millones de dólares en oro importado en Turquía. Otro cliente de Irán, la India también iba a pagarle sus deudas en oro a través de Halkbank. En el registro al domicilio de su presidente ejecutivo se encontró 4,5 millones de dólares de los 7.700.000 que había recibido para enviar a Irán. El ministro de Economía Zafer Caglayan había sido gratificado con 49 millones. La operación beneficiaba al Estado turco -que así importaba el hidrocarburo iraní bajo el embargo- y sobre todo a cuatro turcos (pues, han desaparecido de las arcas públicas muchísimos millones de dólares), y a Irán por romper las sanciones y reponer sus reservas de divisas.

Erdogan, atrapado por las pruebas obtenidas por las escuchas telefónicas y otros sistemas de vigilancia (¡al gobierno socio de la OTAN!) acusó indirecatmente a Francis Ricciardone, embajador de EEUU en Ankara, de “conspirar” contra su gobierno, y aprovechando el clima antiestadounidense existente, advirtió que su país no es Irak o Vietnam que EEUU pueda desestabilizarlo.

¿Qué tenía que ver EEUU en este asunto?

Aunque este expediente se abrió en diciembre del 2011, cuando el gobierno turco confiscó los 180 millones de dólares que el iraní iba trasladar a Rusia, su revelación coincide con la llegada de David Cohen, subsecretario del Tesoro de EEUU a Ankara. La furia de Erdogan fue tal que amenazó con expulsar a Ricciardone del país, algo sobre lo que la Casa Blanca ha tomado nota, mientras se muerde la lengua. Teme un asalto a su sede diplomática.

Lo cierto es que Washington había autorizado la transacción de “oro por gas” hasta el junio del 2013, como gesto de buena voluntad ante Teherán, con quien negociaba sobre su programa nuclear. En enero pasado, el Congreso de EEUU ilegalizó esta fórmula por violar las sanciones, aunque Obama aplazó la aplicación de la ley durante seis meses para no estropear el diálogo con Teherán. Pronto iba a desbloquear los 7 mil millones de dólares del patrimonio de Irán, tras los acuerdos provisional de Ginebra.

Ahora bien, una vez conseguido de Teherán lo que quería, Obama ordenó a los turcos paralizar la transacción.

Puede que detrás del escándalo esté EEUU (quizás en la línea que sigue Obama de apartar a los islamistas del poder. [Ver: EEUU mueve sus fichas en Egipto]), pero también es cierto que los dirigentes turcos están echando balones fuera.

En el contexto de la crisis en las relaciones turco-americanas, Washington no oculta su enfado con los islamistas turcos por la su postura respecto a Israel, la gestión de las protestas populares, sabotear su plan para Siria –que de momento es mantener a Asad en el poder-, seguir defendiendo al egipcio Mohamed Morsa, la compra del sistema de defensa antimisiles a China, solicitar a Vladimir Putin su admisión en la Unión Aduanera de Eurasia y en la Organización de Cooperación de Shanghái, y establecer relaciones bilaterales con la autonomía kurda iraquí a espaldas de Bagdad (ahora que no puede competir con Irán por influenciar sobre su gobierno chiita), y propiciando la desintegración de Irak.

Aún así, ambos países tienen interés en mantener su “asociación estratégica” en una región tan inestable. Ankara, mientras intenta independizarse de EEUU/OTAN militar y políticamente, prefiere seguir en la órbita de occidente: lo necesita por su apoyo financiero y militar, para entrar en la Unión Europea, y para construir el oleoducto desde el Kurdistán iraquí, a sabiendas de que Bagdad y Teherán se opondrían. Washington por su parte debe mimar a los turcos por la base estratégica de Incirlik, su influencia en las repúblicas de Asia central y Cáucaso, y la necesidad de presentarla como el modelo de democracia islámica.

Pulso entre los pashas

Demasiada riqueza acumulada por la nueva élite económica ha desatado una lucha por el codiciado poder político en Ankara (Ver: Modelo turco: Neoliberalismo autoritario religioso). Los nuevos pasha (“pad-sha”, «Rey», término persa que fue utilizado por los turcos para llamar a los subordinados de sus sultanes, como acto de represalia contra los persas que llamaban “soltán” a los gobernadores de las provincias), la alianza entre el partido AKP, los Gülistas contra el secularismo, ha llegado a su fin.

El grave error del dirigente turco, que se atribuía los éxitos de toda la nación, ha sido fabricar su propio culto a la personalidad, -colocar sus retratos junto al de Ataturk, permitir que le llamaran “líder del siglo”, o el “Califa de todos los musulmanes”, etc.-, y vincular el destino de su partido al suyo propio. Lo cual y ante las elecciones municipales del marzo, las presidenciales de agosto y las legislativas en 2015, puede provocar una escisión del partido.

La calle pide elecciones anticipadas, ignorando las amenazas de Erdogan de “yo o el caos”, que ha polarizado la sociedad, colocando a su “modelo turco” en la mayor prisión del mundo para los periodistas. Las sociedades orientales, en este caso las musulmanas, puede que estén en favor de una aberración como es la pena de muerte, pero no perdonan la corrupción de sus dirigentes “piadosos” que se enriquecen a costa de los pobres.

Aun así, alabada sea Turquía y su joven democracia que persigue a los corruptos y a los políticos estafadores.

Al final sí hubo un programa oculto de “re”islamizar la sociedad musulmana laica, como instrumento de control de la población en nombre de la religión. El “modelo turco” no era más que la economía neoliberal y el autoritarismo político teñido religiosamente.

Y la moraleja: La religión no es ninguna barrera moral para cometer atrocidades.