Punto y seguido

Los vicios del clero

Ciertos sectores relacionan el celibato sacerdotal con que algunos curas establezcan relaciones sexuales con los niños bajo su custodia. Sin embargo, las religiones que no exigen tal abstinencia, como el judaísmo y el Islam, legitiman el sexo con menores al no fijar un límite de edad matrimonial.
Aunque entre los místicos la repulsa del cuerpo y del deseo son una negación de la materialidad, la historia del celibato revela otra realidad. En el culto indoeuropeo a la diosa Kybéle o Cibeles (s. XIII a.C.), los sacerdotes, fascinados por su poder, se castraban y donaban su miembro como ofrenda al templo, renunciando así a su masculinidad para asemejarse a la imagen de la deidad.

Este rito, que en ocasiones conllevaba la muerte de los iniciados, derivó en la entrega de un presente simbólico: el prepucio. A su vez, la castidad del sacerdocio pudo ser una evolución de la circuncisión.
Por su parte, el celibato católico fue una medida económica, cuyo fin era impedir que la familia de los párrocos heredara las donaciones de los fieles y estas pasaran a ser propiedad de la Iglesia. Se les prohibió el matrimonio, que no el desahogo sexual. Debido a los abusos, los padres les impusieron el pago de la "renta de putas" para luego, ante su ineficacia, negarles de forma rotunda el goce carnal y, a cambio, les otorgaron los privilegios de una casta superior. Así, se infundió una moral tan recatada como hipócrita. El poder espiritual y político les permitía romper ese edicto antinatural bajo el manto de la opacidad y los secretos propios de las instituciones no sometidas a control.
En todas las religiones, los hombres de Dios se han aprovechado de siglos de experiencia en el empleo de sofisticados mecanismos del dominio y de la manipulación del subconsciente del ser humano, al divulgar la superstición, el terror y el chantaje (como el fuego del infierno), lo cual les ha permitido, de paso, satisfacer sus instintos más primarios. Presentar los anti-valores de la sumisión y la obediencia como virtudes les ha servido para neutralizar cualquier resistencia a su autoridad. Crece la demanda de carne inocente en el mercado del sexo a la par que la oferta de niños huérfanos, daños colaterales de las guerras y de las injusticias de una sociedad que convierte a los más frágiles en la tentación de la élite, donde la casta clerical es un cliente más.