Opinion · Punto y seguido

Eutanasia en Oriente: de India a China, de Irán a Israel

Una vida sin sufrimientos y una felicidad eterna” fue una de las principales peticiones de los habitantes de Sumeria a la diosa Innana hace unos 6.000 años. La dura vida en la Tierra, llena de calamidades, los llevó a imaginar un “más allá” libre de enfermedades, hambre, dolor y muerte: así se creó el paraíso, término persa que significa «jardín».

Todas las culturas, desde la antigüedad, han fantaseado no solo la longevidad de la vida sino con su eternidad, y para conseguirla han mostrado una increíble capacidad de hacer grandes sacrificios, renunciando a los escasos placeres mundanos. Quizás, por ello desconcierta que haya personas que quieran adelantar “su hora”, aunque lo ciertamente antinatural es pedirles que en nombre de las causas supremas soporten un dolor insoportable.

El debate sobre la eutanasia también existe en el lado oriental del planeta, a pesar de estar ausente en la agenda de sus políticos: no les tiembla la mano arrancando la vida de quienes no quieren morir, y por la misma razón de fondo, tampoco están dispuestos a acabar con una existencia llena de tormento y angustia de quienes desean poner fin a su “no-vida”, agarrándose al arcaico juramento hipocrático: «Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten”.

India: Aruna estuvo 42 años en estado vegetativos

Como consecuencia de una brutal agresión sexual y asfixia con condena, la joven enfermera Aruna Shanbaug cayó en un estado vegetativo en 1973, y fue ingresada en el mismo hospital donde trabajaba. Sus compañeras decidieron cuidar de ella hasta el final, por lo que con sus protestas impidieron en 1980 que la Corporación Municipal le enviara a Aruna a casa para liberar su cama. En 2011 y después de 34 años, su caso fue llevado al Tribunal Supremo, no por su familia sino por la periodista activista de derechos humano Pinki Virani afirmando que «la actual vida de Aruna viola su derecho a vivir dignamente”.

Su caso es la razón por la que en 2011 India legalizara la eutanasia pasiva, dejando la decisión de desconcertar el soporte vital en mano de los padres, el cónyuge u otros familiares cercanos, y en su ausencia, por un «Siguiente amigo«. Pero, ella ya no tenía a nadie, por lo que el tribunal consideró que los médicos serían su «Siguiente amigo«. El hospital lo celebró a lo grande: Aruna no sería liberada de esta no-vida. “Nos turnamos para cuidarla y nos encanta. Le atendemos como si fuera una niña pequeña”, había dicho una enfermera.

Aruna murió en mayo del 2015 por una neumonía, 42 años después de la violación.

La República Popular China: la muerte como tabú

En el país de Mao “el suicidio asistido por compasión” está penado como homicidio. A pesar de que el estado es laico, el tabú cultural sobre la muerte hace que la mayoría de los ciudadanos se opongan al “suicidio asistido”. El temor a posibles abusos por parte de familias que no pueden costear los cuidados de un enfermo incurable, e incluso el deseo de estas personas a no ser una carga para sus seres queridos, invitan al estado a la cautela. Aun así, varios casos sonados muestran que, a pesar de que China aún no está preparada para legalizar la eutanasia (y por ello, los activistas proponen introducir “la educación sobre la muerte” en los colegios), la justicia tiene en cuenta las circunstancias atenuantes del “homicidio”:

. En 1986, dos hermanos llevaron a su madre Xia Suwen, enferma de cirrosis al hospital por un dolor tan extremo que pedía morir. Al afirmar el médico que no habia nada que hacer, los hermanos le pidieron que pusiera fin a su calvario, y él lo hizo. Los tres fueron arrestados, aunque el juez dictaminó que el daño que le habían causado a la paciente no fue grave y no constituía delito. Fueron absueltos.

. En 2009, un tribunal condenó al esposo de Hu Qing, hospitalizada y en coma irreversible por desconectarle del tubo de respiración. Aunque se le acusó de asesinato premeditado fue condenado a tres años de prisión.

. En 2017, la señora Leng, que padecía una enfermedad autoinmune, pidió a su yerno comprar veneno para ratas y ayudarle a acabar con su sufrimiento. Rodeada de su esposo, su hija y su yerno y entre las lágrimas, ella se fue. Los tres fueron sentenciados a entre dos a cinco años, aunque después recibieron indulto.

Cuando un estado no se hace cargo de la eutanasia, no solo traslada esta dura responsabilidad a la familia, sino que les pone en peligro de ser castigada, impidiendo realizar el imprescindible duelo por la pérdida, profundizando su desesperación y pena.

Países musulmanes: sunnitas y chiita

Islam, al igual que el judaísmo y el cristianismo, prohíbe el suicidio, prometiendo duros castigos en “la otra vida”, lo cual significa que la voluntad de la persona no se tiene en cuanta: es Dios es quien da la vida y quien la quita, y el ser humano sólo la custodia. El Corán detalla los casos que un ser humano puede quitar la vida a otro, pero ninguno es por la misericordia: “Quien mata a una persona sin que ésta haya cometido un crimen o sembrado la corrupción en la Tierra es como si matase a toda la humanidad” afirma el versículo 5:32. Además, el dolor y sufrimiento son vistos como castigo a los pecados, y una prueba para medir la fe del creyente: “Que por cierto creamos al hombre, y este deberá soportar las adversidades” (Corán 90:4).

La idea de que Dios, si quiere, puede hacer milagros y devolver la salud al paciente, se junta con la creencia de que “los médicos pueden hacer un disgustico erróneo” para mantener vivas las esperanzas de los enfermos y sus familias.

En la “Sharia” compartida entre los musulmanes, que son un compendio de normas que completan el Corán, el gremio de los médicos es el que goza de más confianza, tanto que, junto con el padre y el esposo, el doctor es el único hombre que pueden mirar y tocar el cuerpo desnudo de la mujer “musulmana”. En el espacio “musulmán”, al igual que en el resto del mundo y debido sobre todo a que alargar la vida de forma artificial requiere conocimiento y tecnología, los médicos han practicado la eutanasia pasiva, aunque no lo publicitan para no romper esta milenaria confianza.

De este modo, los países que aplican las leyes coránicas consideran la eutanasia un delito, además de pecado, aunque con matices: Mientras en la teocracia sunnita de Arabia Saudí todas las formas del suicidio asistido es objeto de la investigación criminal, en los estados semis seculares, como Argelia, Turquía o Egipto se acepta la suspensión del tratamiento inútil que prolongue la vida del paciente sin curarle, no por la “compasión”, sino por la escasez de las camas en los hospitales y los gastos que supone para el estado.

En Irán, la aplicación de las leyes islámicas desde la instalación de la teocracia chiita en 1978 choca con la larga tradición iraní de “intervenir en la obra de Dios”, como por ejemplo realizar operaciones de asignación de sexo practicadas en la década de 1950. Por lo que existen leyes contradictorias que como resultado hasta autorizan el suicidio asistido.

Para empezar, la “autodestrucción” no es un delito, y quien contribuye al suicido tampoco comete delito, afirma el artículo 366 del Código penal.

En caso de la eutanasia activa es un delito, por lo que se aplicaría la “Ley de Talión”, lo cual significa que si los familiares del enfermo perdonan a quien “le prestó su mano” para morir al oaciente, el estado no le perseguirá al menos que considere el hecho como un acto que “provoca miedo y perturba el orden social”.

El artículo 365 de la ley de Castigos Islámicos prevé que si el enfermo – siempre y cuando esté en sus plenas facultades mentales-, perdona a su “asesino” antes de morir, sus familiares o herederos no podrán exigir indemnización alguna a la persona piadosa que lo hizo.

Israel y la ley de Moisés

La religión judía también prohíbe el suicidio y autoriza la pena de muerte para los asesinos: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada” (Génesis 9:6); o “El que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá” (Éxodo 21:12). En cuanto a Israel, donde la eutanasia pasiva es legal, el suicidio de un médico tras acabar con la vida de su hija enferma terminal de 34 años en 2012 fue el inicio un debate sobre el derecho a morir dignamente. «No estoy preparada para una vida de sufrimiento«, ella misma lo dejaba por escrito.

En  2014, una comisión parlamentaria aprobó la ley de “Muerte por prescripción médica», que se aplicaría no a los que se encuentran en estado vegetativo, sino a los pacientes terminales que sufren un dolor insoportable, su esperanza de vida sea menor a seis meses y la pidan. El sector ultraderechista judía se ha opuesto frontalmente a esta ley.

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Uno de los sectores sociales y del poder “pro-vida” que se opone con más vehemencia al derecho de la persona a decidir sobre su muerte (es, quizás, la única libertad que posee el ser humano realmente)-, no considera “asesinar” a la privación de alimentos que acaba con la vida de 100.000 personas cada día (la mitad, niños), ni a matar a millones bajo las bombas, ni a poner la inyección letal a un asesino acusado de tener la “incurable enfermedad” de matar.

El debate de si la vida es un valor en sí o no, o que si no reúne ciertas condiciones mínimas no es digna de vivirla, no invalida el hecho de que no siempre hay una esperanza.