Opinión · Punto y seguido

Los tres objetivos de la guerra contra Libia (II)

4 de abril, el general desertor libio Khalifa Haftar lanzaba una ofensiva “sorpresa” para conquistar Trípoli, sede del gobierno de Fayez Alsarraj, que goza del apoyo nominal del Consejo de Seguridad de la ONU. La inesperada (para Haftar) resistencia de la capital ha dejado cientos de víctimas civiles y unos 18.000 desplazados, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los refugiados y emigrantes confinados en cárceles, aterrorizados, han estado sin alimentos durante días en el medio del fuego cruzado.

Mientras está por ver hasta qué punto la simultaneidad de las acciones de tres generales en tres países petrolíferos y en tensión en África -Argelia, Sudán y Libia- es una inocente coincidencia o no, ha sido Libia la que ha ocupado más titulares.

Ocho años después de la demolición programada del estado libio por la OTAN bajo la farsa de “genocidio cometido por Gadafi”, los grupos opositores, y los países que les han patrocinado, no han sido capaces de formar un gobierno fuerte (¡ni mucho menos democrático!) a causa de sus continuas peleas por el reparto del poder y del botín. Por lo que hoy en Libia existen dos gobiernos paralelos:

  1. El Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), establecido en Trípoli en 2015 y presidido por Faez Alsaraj, representa una coalición de liberales e islamistas (como Partido Justicia y Construcción, rama libia del Partido de Justicia y Desarrollo de Turquía) que aplica la Sharia de la Hermandad Musulmana (HM), patrocinado por Turquía y Qatar y respaldado nominalmente por EEUU y Gran Bretaña. El problema es que la autoridad de Alsaraj, apodado “el alcalde de Trípoli” (parecido al “presidente-alcalde de Kabul” de Afganistán, otro estado desmantelado por la OTAN y sumido en caos y dolor), no traspasa las puertas de la urbe, a pesar de que la ONU ha determinado que es la única autoridad legítima de Libia por albergar el Banco Central y la Corporación Nacional del Petróleo (CNP).
  2. La Cámara de Representantes de Libia, bajo el mando de Hafter y su Armada Nacional Libia (ANL), con sede en Tobruk. El militar, próximo a EEUU, había sido designado como jefe del Ejército del GAN aunque “de repente” -afirman los mass media occidentales- se le encendió la vena patriótica y se escapó del control del Pentágono para “defender los intereses nacionales de su patria”. ¿En serio? ¿Con el dinero de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU), los cazabombarderos de Egipto y los mercenarios de Chad?

El apoyo que ha recibido el llamado “Hombre fuerte de Libia”, también de Francia, Rusia e Italia, muestra que estamos ante una nueva situación: En la conferencia que se organizó en Palermo sobre Libia el pasado mes de noviembre, el primer ministro de Italia, Giuseppe Conte, excluyó al representante de Turquía de una reunión semisecreta con el general Haftar, que ya controla gran parte de Libia -incluidos los cuatro puertos estratégicos y el 80% de la producción de petróleo, uno de los de mayor calidad del mundo y por lo tanto más barato-.

Para ver hasta qué punto el mariscal obedece a EEUU tenemos que volver al 2 de julio de 2018, cuando sus tropas interrumpieron la exportación de crudo desde los puertos de Zueitina y Hariga, causando millones de euros en pérdidas y el daño a las arcas de Trípoli y a las petroleras extranjeras, entre ellas, Repsol y Cepsa que comparan el petróleo libio. El 12 de julio, un día después de recibir una dura advertencia de Trump, Haftar desbloqueó los puertos.

EEUU-Arabia contra Turquía-Qatar

Turquía, Qatar y Sudán, unidos por la ideología de la HM, han decidido hacer todo lo posible para que el régimen de Trípoli no sea derrocado como sucedió con el de Mohammad Mursi en Egipto (protegido también por Barak Obama), depuesto por otro general financiado por Arabia Saudí, al Sisi. Además, las compañías turcas, que cuentan con cientos de proyectos en África por valor de 55.000 millones de dólares (2018), pretenden llegar a Sahel y sus recursos vía Libia. Haftar afirma haber confiscado en las aduanas del puerto Khoms miles de pistolas y millones de balas de fabricación turca, a pesar del embargo de armas de la ONU a Libia.

Sin Rusia no habrá un líder para Libia

Rusia desmiente el envío de Spetsnaz (unidad de designaciones especiales) a Libia para apoyar al general, desestabilizar Libia y hundir a Europa de refugiados.

En Libia todos coinciden en que el futuro dirigente del país debe tener el respaldo de Moscú. Las estrechas relaciones entre la Unión Soviética y Libia, así como la diplomacia de Putin de no excluir a ningún grupo en un conflicto (al igual que en Siria y Afganistán), son motivos de sus buenas relaciones con las partes en conflicto. Tanto Haftar como Alsarraj han visitado varias veces Rusia. El contacto con los grupos islamistas está a cargo de Ramzan Kadyrov, presidente de Chechenia, quien consiguió la liberación de la tripulación de un petrolero ruso en 2015 retenida en el puerto de Trípoli.

Por lo que, en este loco escenario, la política de Kremlin, basada en el deseo de una pronta estabilidad de Libia, consiste en:

  1. Promover el diálogo intra-libio. Le avalan sus éxitos en organizar, junto con Sudán, un acercamiento entre varias milicias rivales de la República Centroafricana en 2018.  Aquel conflicto dejó miles de muertes, 700.000 desplazados, 570.000 refugiados y 2,5 millones necesitados de ayuda humanitaria.
  2. Apoyar al gobierno de Trípoli, que fue la opción inicial de todas las potencias.
  3. Un discreto respaldo a Haftar a partir del 2017. Una vez que, con sus victorias militares, consiguió un nuevo equilibrio de poder en el país fue recibido en numerosas ocasiones por Moscú.
  4. Apostar por Saif al-Islam, el hijo del fundador de la República Libia, como una alternativa. Tras su liberación de la cárcel en 2017, el Gadafi Jr. de 46 años que hizo de primer ministro de su padre, solicitó a Rusia en un vídeo apoyo para restaurar el estado libio. Por su parte, el Kremlin intervino en 2019 en la liberación del otro hijo de Gadafi, Hannibal, detenido en el Líbano en 2015 por la desaparición en Libia del clérigo chiíta Moussa Sadr en 1978. Saif también podrá contar con EEUU. Ante un Haftar de 75 años, Saif es una opción a largo plazo. Trump ya admitió el error de “deshacerse de Gadafi” y que el mundo habría sido más seguro si no se hubiera acabado con su vida. El hijísimo, doctor en economía, fue unos de los artífices de la apertura de Libia a occidente: pagó unas cuantiosas indemnizaciones a las familias de las víctimas del atentado de Lockerbie, puso fin al sector público, hasta privatizar el petróleo, y aceptó la cooperación de Libia con la CIA y el MI6 en la lucha antiterrorista en la región (¡Error! ¡Así pudieron infiltrarse en los servicios de inteligencia de Libia!). Sólo dos días antes del ataque de la OTAN, Saif confesó haber financiado la campaña electoral de Sarkozy en 2007: 50 millones de euros del pueblo libio fueron al bolsillo del político corrupto a través de una cuenta en Panamá o directamente en maletas y en efectivo. Gadafi también le había prometido comprar equipos militares franceses por 5.86 mil millones de dólares, incluidos 14 aviones de combate Rafale. Sería la primera vez que París vendía estas naves. Pero Gadafi cambió de opinión y Sarko no pudo cumplir con las compañías de armas francesas, hasta que el bombardeo de la propia Libia y, más adelante, de Mali y Siria exhibieron su eficacia en matar. Por fin pudo vender 24 unidades a Egipto, 36 a India y otros 36 a Qatar. La guerra contra Libia fue un negocio redondo, y eliminar a Gadafi un asunto muy personal, igual que para Hilary Clinton. Un día después de que el 28 de abril del 2012 Mediapart revelase la conexión del ex ministro de petróleo de Libia Shukri Ghanem con Sarkozy, el cuerpo del libio apareció en el río Danubio en Viena.

Razones de la ofensiva de Haftar

  1. A Trump, que sigue la política de Obama de “Liderar desde atrás” (Leading from behind) en Libia, le urge garantizar el suministro de petróleo libio a Europa para poder forzarla a participar en el boicot al petróleo iraní. Y justo, para mantener el control de EEUU sobre este país, presionó a la ONU para que nombrara a la diplomática estadounidense Stephani Williams como jefa adjunta de la Misión de Apoyo de la ONU en Libia (UNSMIL). La prioridad de Trump -bajo una fuerte presión de los lobbies proisraelíes y prosaudíes-, es Irán no Libia. Una semana antes de la ofensiva, el 27 de marzo, Haftar viajó a Arabia y se reunió con Mohammad Bin Salman, que ha declarado a Irán el enemigo número uno del mundo.
  2. El caos creado en Libia puede ser un pretexto de EEUU para enviar tropas, impidiendo que Rusia entre en la escena, como lo hizo en Siria: no es una casualidad que la prensa occidental este apodando a Haftar como “El hombre de Moscú”. El Pentágono ha anunciado el envío de un contingente al país. El Comandante General de AFRICOM Thomas D. Waldhauser adelantó en 2017 que “la inestabilidad en Libia y el norte de África puede ser la amenaza más importante a corto plazo para los intereses de EEUU y sus aliados en el continente”.
  3. Las compañías extranjeras necesitan seguridad para recoger los frutos de la invasión de la OTAN. De hecho, es en febrero de 2014 que, tras regresar de su viaje a EEUU, Haftar emite un comunicado televisivo ordenando la disolución del GAN por su incapacidad de acabar con los grupos islamistas armados en el país, y luego empieza a conquistar nuevos territorios.

EEUU, Francia e Italia pueden haber llegado a la conclusión de que Haftar es la única opción para lograr una Libia estable: podrá controlar las milicias armadas que van por libre, y también cuenta con el apoyo de Rusia y Arabia. A través de él, EEUU podría conseguir una base militar en Libia para AFRICOM, que ya cuenta con una amplia red de bases militares en el continente gracias al pretexto de la “lucha antiterrorista”.

Hipótesis aparte, la única certeza es que el infierno libio matará a otras decenas de miles de civiles durante los próximos años de guerra.