Opinión · Punto y seguido

Manual antifeminista del “fascismo genérico”

Una de las principales diferencias entre una dictadura y un régimen fascista es que el segundo, al inicio, cuenta con una amplia base social obtenida, entre otros factores, gracias a recurrir a un discurso patriarcal milenario y, por ende, conocido por una audiencia que ya había aceptado sin pestañear un hecho tan antinatural como que fue el hombre quien ‘parió’ a la mujer.

El supremacismo sexual, racial y tribal-nacional, consagrado por las principales religiones antiguas, se basa en las diferencias físicas de las personas. Es por ello, por ejemplo, que al nacionalcatolicismo franquista no le hizo falta un gran esfuerzo para elaborar una “política de identidad femenina” en comparación con el fascismo de Mussolini: el catolicismo social, al igual que el islamismo, el judaísmo o el hinduismo, ya reaccionaba ante las iniciativas emancipadoras de las mujeres liberales y marxistas, ensalzando los “privilegios” que una mujer podría gozar siendo esclava sexual del marido y criada de los hijos de éste.

“Las mujeres nunca descubren nada, les falta desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles”. Es una cita atribuida a la española Pilar Primo de Rivera, una mujer alienada, utilizada como un instrumento político de un fascismo arcaico siempre misógino. Frente a éstas, millones de mujeres se jugaron la vida para dificultar el avance de la fuerza más bárbara y destructiva de la historia humana. Alberto Cruz habla de ellas en su libro Las Brujas de la noche (La Caída), Lidia Falcón en casi todos sus libros, sobre todo en Mujeres de la II República (Club de Vindicación feminista), y Carmen Barrios en “Rojas, violetas y espartanas” (Utopía) donde recupera el testimonio de mujeres que, en un tiempo de horror, dolor y sufrimiento, sobrevivieron a la represión franquista y con ingeniosas estrategias se negaron a dar la victoria moral al bando que pretendía ‘domesticarles’, el mismo que será parte de la “prehistoria” humana, en palabras de Marx.

Atemorizados por el avance del progreso y la modernidad, y dirigidos por indoctos hombres o mujeres ‘masculinizados’, los fascismos exaltan a las masas (en su sentido de ‘anti-clase’) con discursos sobre el declive moral de la comunidad -por la emancipación de la mujer-, la humillación que sufre, la víctima que es y de cómo mediante la fuerza y violencia puede recuperar su orgullo perdido, de un pasado que en realidad nunca fue glorioso.

El sexismo de los Caudillos, Führer o Líderes Espirituales que dirigen dichos movimientos profundamente reaccionarios y además criminales, justifica el ejercicio del poder del hombre sobre la mujer con un discurso sofisticado, contradictorio y confuso para no provocar la resistencia de la mitad de la población, o sea las mujeres, y conseguir que fuesen ellas mismas las que aceptasen “libremente” su estatus de inferioridad al hombre e incluso lo defiendan.

El discurso femenino de los fascismos

Desde que los éxitos del movimiento feminista, -como el derecho de voto en la Unión Soviética (1917), en Alemania (1918), o en Gran Bretaña (1928)-, anunciaron el inicio del fin del viejo orden de género, el antifeminismo visceral se convirtió en una de las banderas del fascismo ‘genérico’ en todo el mundo.
Estos son algunos de sus puntos:

.Negar la autonomía de la mujer debido a sus incapacidades ‘naturales’, que le convierten en un ser inferior al hombre por la ‘venia de Dios’. Así, despolitizan la discriminación de la mujer.

.Los roles tradicionales del hombre y la mujer han funcionado durante siglos, y es la ideología de género (importada desde el extranjero), y no una relación basada en todo tipo de violencia y discriminación, la que los ha desmontado.

.La familia es el núcleo del dominio social del estado (patriarcal), y habría que utilizar todos sus instrumentos para que ellas se dediquen a reproducir el sistema, con hijos, muchos hijos, ensalzando la maternidad.

. Excluir a las mujeres del mercado de trabajo para reducir el paro masculino, y de paso así “desactivar” al 50% de los ciudadanos.

. Sacrificar los derechos individuales de la mujer a beneficio del hombre, quien representa a la comunidad. De hecho, al igual que los antiguos credos religiosos, el fascismo alemán concebía a la nación como Männerbund (comunidad de hombres).

. Tachar de agrietar la unidad de la comunidad al esfuerzo de las mujeres por la igualdad.

. Basarse en el relativismo moral para considerar “libertinaje” la reivindicación de la libertad de movimiento, de vestimenta, sexual, etc.

. Negarles los derechos sexuales, así como la educación sexual. Los términos “honor”, “ropa recatada”, etc. se utilizan solo para referirse a ellas.

. Defender la violencia correctora contra la esposa y los hijos por el hombre, que justificará la “cultura” de violencia ejercida desde el estado, siendo parte de una estrategia política y como parte de su compromiso ideológico.

. Los fascismos cuando son religiosos, -en forma de fundamentalismo judío, cristiano, islámico, hinduista-, ven los derechos de las mujeres como la encarnación del laicismo, y les castigan por ello: ¿No creó Dios el infierno para torturar a sus propias criaturas desobedientes e indeseados?

. Señalar al movimiento feminista como un enemigo capaz de generar una pasión unificadora entre los hombres: las activistas de los derechos de la mujer, al igual que los inmigrantes, serán presentadas como elementos perturbadores del orden, de lo nuestro.

Las autoridades fascistas incluyen a mujeres en sus equipos (el mismo Duce lo hizo), mientras se oponen a su emancipación. Es más, estas fuerzas ya tienen lideresas: Marine Le Pen, Pia Kjaersgaard, Siv Jensen, entre otras, que si por un lado desmontan su propio discurso de la “incapacidad natural” de las féminas para dirigir una comunidad política, por otro también desmienten afirmaciones progres sobre la “naturaleza pacifista, inclusivo y colaborativo de la mujer”, confirmando los estudios científicos sobre los roles como una construcción social creada por el sistema político.