Opinion · Punto y seguido

Un califato totalitario para Egipto

Los sistemas políticos totalitarios se distinguen de los modelos dictatoriales por dos rasgos principales: que al margen de emplear el terror y coerción contra los opositores, reglamentan y controlan el comportamiento cotidiano de los individuos también en los espacios privados e íntimos, prohibiendo hasta la libertad de pensamiento. Luego, de forma paralela, crean una base social de apoyo entre un sector de los desheredados, excluidos y el lumpen proletariado con el objetivo de conseguir algo de legitimidad (y estabilidad) y de paso utilizarles contra el resto de los ciudadanos leales que serán capaces de espiar –y si hace falta matar- a sus hermanos y vecinos, para preservar los privilegios que nunca antes tuvieron.

En Egipto, Mohamed Mursi, coherente con la ideología de su organización, la Hermandad Musulmana (HM), pretende culminar el tránsito de una dictadura castrense a un totalitarismo religioso que no tardará en usar el uniforme. Pues, en el Islam político -igual que en el cristianismo o el judaísmo- el concepto de república es tan inexistente como la separación de poderes, el sindicalismo y la libertad de asociaciones. Por lo que si con el decretazo presidencial iba a crear la figura de un califa absolutista, con la Constitución que ha preparado pretende fundar una teocracia en la que se legalizará la desigualdad entre los ciudadanos (por su credo, su género, etc.) y en la que los mandatarios están obligados a responder sólo ante un ente: el Dios.

Que un movimiento como la HM, que no pretendía derrocar a Mubarak ni participar en las elecciones presidenciales, haya conseguido hacerse con buena parte del poder y aún quiera más, muestra su habilidad en emplear “taghiya” –disimulo, ocultar la verdad-, y avanzar su estrategia en fases: con el apoyo de los seculares, apartó al ejército y ahora va a por ellos. A ver el paso siguiente de divide y gobierna.

Mursi, que había preparado el “decretazo” desde hacía meses, aprovechó los elogios de EEUU por su mediación en el alto el fuego entre Hamas e Israel, aunque no esperaba tal contestación por los sectores seculares del país. Ignoraba que la legitimidad democrática no nace del voto de la mayoría (¡sino Hitler se llevaría la palma!), sino de la aplicación de políticas democráticas.

El ex agente de la CIA en Egipto, Paul R. Pillar, recomienda a los opositores dejar que la nueva Carta Magna entre en vigor, para ir poco a poco cambiándola. No le hagan caso. ¡Si a los españoles se les sigue negando este derecho tres décadas después!

La “primavera” de Egipto, -esa «Umm al-Dunya», la madre del mundo para los árabes-, tenía pocas (o nulas) posibilidades de alcanzar sus objetivos progresistas, debido a la debilidad de las fuerzas democráticas duramente perseguidas por Mubarak, el apoyo financiero y político de EEUU, las petromonarquías árabes y la acción de Turquía frente a los grupos reaccionarios. También la ausencia de una potencia mundial que defendiera a la izquierda egipcia, como hizo la URSS con Cuba o con la Nicaragua sandinistas (La Primavera Árabe).

Aunque se salve de esta crisis política, el gran desafío de Mursi será el qué hacer con una economía hundida, una pobreza escandalosa y una juventud peligrosamente desempleada. Él habla de la economía islámica –algo inexistente-, mientras pide el rescate a las instituciones financieras, préstamos a EEUU, Arabia Saudí y Catar, y sólo él sabe bajo qué condiciones.

Obama, ¿rehén de Mursi?

El presidente de EEUU tardó en darse cuenta de que Musri no iba a ser un títere, a pesar de que fue él mismo quien le entregó el poder, una vez que forzó la marcha de Mubarak y ordenó que el ejército se mantuviera aparte. Lo único que le pedía a cambio era sintonizar su política respecto a Israel, Irán y Siria con la Casa Blanca. Cosa que el hermano ha ido cumpliendo, paralelo a cobrar vida propia. Ahora que Obama se distancia de los islamistas (les relegó a los puestos secundarios en la dirección de la oposición siria, provocando malestar en la HM egipcia), tiene dos instrumentos para presionar o debilitar al presidente Mursi: uno, exigirle el pago de la deuda contraída por Mubarak por valor de mil millones de dólares, impedir que el Fondo Monetario Internacional le prestase los 4.800 millones prometidos y otros 5.000 millones de euros de la Unión Europea. Y dos, mantener la amenaza de un golpe militar. EEUU sigue pagando al menos unos 1.200 millones de dólares anuales al que es el mayor ejército de África, y que sigue bajo el mando del Pentágono.

Pero ya no hay nadie que pueda devolver el genio a la botella (¿La era del post islamismo?). Mursi mostró su carta el 11 de septiembre, cuando los HM asaltaron la embajada de EEUU en El Cairo. Ante cualquier amenaza de ser desbancados, los islamistas no dudarían en abrir un frente contra EEUU e Israel en decenas de países donde operan, lanzando a las masas a la calle. Así, también podrán exportar la crisis interna y etiquetar a los opositores de “estar a sueldo de América” cuando, paradójicamente, varios miles de agentes de la CIA y de otros servicios de inteligencia occidental se mueven dentro y cerca del palacio presidencial de Heliópolis.

Tenso escenario, lleno de incertidumbres, en el que un gobierno de gente oscura y oscurantista, de legitimidad erosionada, intenta ostentar el poder como sea, aunque con ello arrastre el país del Nilo hacia el fondo del abismo.