Opinión · Punto y seguido

Justicia para los kurdos

La odisea vivida por cinco ciudadanos kurdos de Siria en el aeropuerto de Barajas y la decisión del Gobierno de extraditar a dos refugiados políticos de esta etnia a Turquía son la punta del iceberg de la tragedia que sufre este milenario pueblo, tanto en su propia tierra como en las que llegan tras cruzar mares y montañas, en un éxodo interminable.

Utilizados como peones por las potencias mundiales y regionales, y puestos al servicio de sus indecentes objetivos, los “fornidos” –eso significa el término kurdo–, vieron cómo la paz les abandonaba definitivamente, una vez desmembrado el Imperio Otomano tras la Gran Guerra. Inglaterra y Francia habían acordado dejarlos en las fronteras artificiales que trazaron entre Turquía, Irán, Irak, Siria y la antigua URSS. Fue así cómo esos descendientes de los medas, unos 30 millones de almas, se convirtieron en minorías étnicas de los nuevos Estados. Sin dejar de reivindicar su derecho a un Kurdistán independiente, las altas montañas de Taurus y Zagros les recuerdan que los límites existen. Kurdistán es el nombre de la región más rica de Oriente Medio, cuyos habitantes han sido condenados a vivir en la miseria y el subdesarrollo. Sus vastas tierras fértiles, su caudal de agua, sus recursos minerales y, por supuesto, su oro negro, explican el por qué de su persecución. La casi totalidad del petróleo de Turquía y Siria, así como la mitad de los pozos perforados de Irak, se encuentran en las regiones kurdas. Tierra expoliada, gentes forzadas a dejar su ancestral hogar. Ni los cerca de dos millones de muertos desde entonces han conmovido a la comunidad internacional para que reconozca el genocidio kurdo. ¿A alguien le importa que decenas de miles de seres humanos hayan nacido y hayan muerto en unos campos de refugiados –apodo de inmensas prisiones valladas–, bajo el fuego de los bombardeos de estados que se turnan para mantenerlos a raya?

Occidente, mientras se aliaba con los kurdos de Irak para desbancar a Saddam Hussein, rechazaba la petición de asilo de Abdullah Öcalan, el dirigente de los kurdos de Turquía, que fue entregado al temible servicio de inteligencia turco. Es así cómo millones de kurdos de Oriente Medio son discriminados y perseguidos bajo la rentable bandera de “la lucha contra el terrorismo”.
Su drama será titular de la prensa, eso sí, cuando toque.