Opinion · Punto y seguido

La primavera vaticana

La dimisión del Benedicto XVI podría haber sido una oportunidad para una regeneración positiva y una limpieza a fondo en la Santa Sede. Pero todo está bien atado para que el próximo líder de los católicos siga siendo de sexo varón, de moral ultraconservadora y políticamente de derecha más bien extrema: se han ahogado las voces de liberación, como las de Ernesto Cardenal, Oscar Romero, o Leonardo Boff.

El mandato del Benedicto XVI se recordará por su intento de encubrir a los sacerdotes depredadores sexuales y negar la responsabilidad de la Iglesia en el asunto. El declive de la Iglesia no se debe sólo al celibato sacerdotal, el techo de cristal para las mujeres, la prohibición de la homosexualidad o el aborto, sino también a la escandalosa indiferencia hacia las injusticias sociales, esa tenebrosa pobreza que arranca la vida a 25.000 personas cada día, y a las guerras de expolio que se encrudecen, llevándose la vida de millones de personas. Si la Iglesia predica la caridad —que no el reparto justo de la riqueza— es porque así fortalece su posición de intermediaria entre los ricos y los desheredados: lava los pecados de unos y crea fieles dependientes entre los desposeídos. Hace apología del hambre con Los pobres van al cielo, para que no luchen en la tierra.

El debate en el seno de la Curia no es qué tipo de teología es necesaria hoy para responder a los grandes desafíos de la humanidad. No hay intención alguna de incluir estos asuntos sociales en la agenda. Las preocupaciones del Vaticano son otras: vencer la división interna, recristianizar Europa, evangelizar nuevos territorios y poner barreras al imparable avance del Islam.

Quién dirigirá estos objetivos lo decidirá el ya clásico juego de poder en el Cónclave. El hombre blanco europeo pesa mucho. Lo único seguro es que el al próximo pontífice, además de no ser mujer ni pertenecer a la teología de liberación, contará con la bendición de Estados Unidos, como viene ocurriendo desde la época de la Guerra Fría.

El 10% de los cardenales del Vaticano son estadounidenses. A pesar de que Hilary Clinton se permitió el lujo de no pisar el Vaticano en cuatro años, Benedicto XVI fortaleció la posición del lobby estadounidense en la Santa Sede. Aun está por ver la relación del ascenso de James Harvey, el arzobispo estadounidense y jefe de Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa, con el robo de documentos sensibles y privados del Papa unos meses atrás. ¿Fue un chantaje que Estados Unidos incluyese, por primera vez, al Vaticano en la lista de países de blanqueo de dinero, de procedencia poco espiritual?

La influencia de Washington y el Pentágono sobre la Santa Sede se reveló a finales de los 70. En un mundo dividió entre dos bloques ideológicos, hubo un Papa, Albino Luciani, que afirmó: «La Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas». Duró poco. Mientras un polaco, Zbigniew Brzezinski, tomaba posición como Asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, otro, Karol Wojtyła, se convertía en el líder del Vaticano. La Polonia católica era el eslabón más débil del espacio soviético. Corría 1978, el mismo año que Brzezinski mandaba reclutar a la ultraderecha islamista (Muyahedines y Bin Laden) para que completaran el acoso religioso-político a la Unión Soviética en sus fronteras. La cooperación del Papa con la CIA y el Banco Ambrosiano para financiar operaciones encubiertas anticomunistas es bien conocida. Aquella «santa alianza» sigue gozando de buena salud.

Islam: enemigo y aliado

«Europa será invadida por los musulmanes», advertía en un vídeo el cardenal ghanés Peter Turkson, presidente del Consejo del Vaticano para la Justicia y la Paz. También el propio Benedicto XVI, en uno de sus discursos en Alemania, tachó de violenta e irracional la religión de los mahometanos. Si luego rectificó fue sólo por los disturbios organizados por los fanáticos —otros enemigos de palabra y debate—, que quemaron iglesias y mataron a varios cristianos, y no por su sentido democrático, ni por el sentido común que debe tener un mandatario.

Cristianos perseguidos y asesinados en países islámicos, y musulmanes secuestrados y hacinados en decenas de Gantánamos, sepultados bajo toneladas de bombas en Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen, Sudán, Libia, … son sólo una muestra de la vergonzosa guerra religiosa que discurre a la sombra de la batalla por los recursos naturales.

El uso político de la religión ha abierto la caja de Pandora de la persecución de musulmanes en Occidente —sospechosos de forma colectiva de ser potenciales terroristas—, y de cristianos en Oriente, acusados de ser agentes del colonialismo occidental.

África está siendo víctima de la lucha de dichas religiones por conseguir más fieles. Se acelera la destrucción de los credos locales: el Islam avance a golpe de petrodólares, y el cristianismo va de la mano de las multinacionales y de las conquistas militares de la OTAN. Hoy, 500 millones de africanos, una mayoría del 47% en 31 países, son adoradores de Jesús. En 1900, eran 10 millones. A Alá le rezan el 41%, en 21 estados.

Los líderes de ambas cultos, paralelamente, promueven el diálogo Interreligioso —charla entre sacerdotes— con el estómago lleno. Si antes eran compañeros de lucha contra el comunismo y las teologías de liberación, hoy podían tomar café y té trazando estrategias para combatir la pérdida de fieles y la secularización de sus sociedades mientras consolidan la economía del mercado, el sistema patriarcal y la misoginia. Anécdota: Benedicto XVI reprobó la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas de Estados Unidos por apoyar la reforma sanitaria de Barak Obama y enfrentarse al representante del Vaticano.

La resistencia de la Iglesia a democratizarse y modernizarse ha llevado a una parte de las fuerzas progresistas europeas a defender el Islam —como doctrina religiosa— y su derecho a contar con los mismos privilegios que la religión católica, confundiéndolo con los derechos de los inmigrantes. Si piensan que así debilitan el poder de los curas, ignoran que éstos, aquí, en su terreno, lo que temen es la laicización del espacio público. Que la iglesia española defendiera el uso del velo en los colegios, además de compartir la mirada sobre el rol de la mujer, muestra esta preocupación y también su nueva estrategia.

Las recientes «primaveras» han congelado los anhelos revolucionarios que exigían pan y libertad para todos. Tampoco hay que esperar que la regeneración primaveral de la naturaleza, ilumine a los mercaderes de fe.