Opinion · Punto y seguido

Islamofobia y ‘occidentofobia’

Qué insensata y electoralista la confesión de Angela Merkel sobre el fracaso del modelo alemán de integración! La canciller se sorprende de que los inmigrantes musulmanes, a los que se permitía mantener sus costumbres mientras había fresas por recoger, no regresen ahora a casa. ¿A dónde irán los kurdos de Turquía –por ejemplo– cuyos hogares han sido demolidos por Leopard, tanques alemanes conducidos por militares turcos?
Nula autoridad moral les queda a los líderes europeos que acusan a los inmigrantes de no respetar “los valores fundamentales” de occidente. Los han arrastrado por las mazmorras de Abu Ghraib y de Guantánamo. No hay ni hay rastro de luces ni humanismo en el “trabajo” de miles de mercenarios occidentales (¿cristianos?), sin papeles y armados hasta los dientes, “emigrados” a otras tierras para saquearlas.
La islamofobia, promovida por la extrema derecha europea, identifica a millones de fieles con la derecha oscurantista islámica, minoría antimoderna disfrazada de antiimperialista, como los talibán, apadrinada por EEUU tras derribar a reformistas como Nasser, Mosadegh o Najibolah. La occidentofobia es la pieza imprescindible en la aplicación del “choque de civilizaciones”, la coartada teórica del neocolonialismo.
La primera víctima de ambas fobias ha sido el movimiento de los trabajadores. Comparten, además, el uso político del odio, niegan la igualdad de derechos, disimulan las diferencias de clases con la contraposición entre “la Nación europea” y la “umma”, y piden que los ricos y los pobres se unan para enfrentarse al intruso, al infiel. Desde su superioridad doctrinal crean una barrera para impedir el contagio mutuo: contra los malos modales de los inmigrantes, unos, y los otros para evitar que el feminismo corrompa a sus mujeres y que la acción de los sindicatos para conseguir despreciables ventajas materiales sacrifique la unidad espiritual de la comunidad. Se alimentan de la distorsión de la imagen del “otro”.
Las inútiles y costosas iniciativas, como la elitista Alianza de civilizaciones, no hacen más que otorgar protagonismo a los amos de turbantes, kippas y birretes, y destacar la dimensión religiosa de los ciudadanos, en perjuicio de sus reivindicaciones y derechos terrenales.