Carta con respuesta

Rafael Reig responde a las cartas de los lectores

‘De gustibus…’

25 Jun 2008
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A mí, con los toros y con la religión, me pasa una cosa parecida. Me explico: cuando conozco a alguien inteligente y me entero de que es creyente, me cuesta entender lo que considero una contradicción; es decir, que alguien inteligente se pueda tragar todas las supercherías de cualquier religión. Pues bien, con los toros me pasa lo mismo. No puedo comprender cómo a alguien inteligente le puede gustar tamaña salvajada y encima llamarlo arte. Sr. Reig, como dice usted en algunas de sus respuestas, chiripitiflaútico, ¿no?

                               NÉSTOR GONZÁLEZ CARRIEDO LEÓN

Como la lectura y el orgasmo simultáneo, la inteligencia está muy sobrevalorada. No convierte a nadie en buena persona de modo automático ni garantiza acierto a la hora de elegir corte de pelo. Hay asesinos muy inteligentes y también hay presidentes de bancos medio lelos; hay idiotas que calculan en segundos la raíz cuadrada de cualquier número y hay campeones de ajedrez que no pueden descifrar un horario de autobuses. Jardiel Poncela afirmaba que “la inteligencia sólo resuelve los pequeños problemas”. Era un optimista: la inteligencia sólo crea problemas, no sirve para solucionar nada y, a partir de cierta edad, ni siquiera hace compañía. Es, además, uno de esos términos ambiguos con los que a menudo cada uno se refiere a una cosa distinta. Igual sucede con el arte. ¿Es arte cocinar unas lentejas o cortar una falda? ¿Y construir una réplica de la catedral de Santiago con palillos de dientes? Defina inteligencia o arte y ya verá cómo se mete en camisa de once varas.

Por otro lado, su argumento es calcado al de los padres de familia: hijo mío, con lo inteligente que eres, parece mentira que puedas ir con esa chica (que no te conviene), llegar a casa en ese estado, suspender esa asignatura, vestirte de esa manera, meterte en política, etc. Hasta los 12 años, esa clase de razonamiento pueril y condescendiente puede colar; después, ya no. Pruebe con otra cosa, Néstor, haga un esfuerzo.

Sea lo que fuere la inteligencia (y aunque al final no fuese más que lo que miden los sesgados tests de inteligencia), lo que sí está claro es que nada tiene que ver ni con la fe ni con el gusto. Hay cretinos a los que les gusta Mozart y personas inteligentes que lo detestan, y hay muchos individuos inteligentes que creen, sin entenderlas (es decir, sin inteligencia, en el sentido etimológico), pero a pies juntillas, en las cosas más estrambóticas, desde la Santísima Trinidad a la Revolución, desde las virtudes del desayuno fuerte a las bondades del libre mercado, desde el cambio climático a la resurrección de la carne. Qué le vamos a hacer, somos así, criaturas desoladoras y apasionantes, no tenemos remedio (ni consuelo).