Anómalo contra todos

Me encanta ponerme en los títulos, incluso aunque sea para dar la impresión de que he sido contratado como abogado de Telecinco. Pueden estar tranquilos, yo nunca haría algo tan vil. Quiero decir que nunca se me ocurriría estudiar Derecho.

Contra los que me enfrento es contra la mayor parte de la audiencia del domingo por la noche y contra todos los compañeros críticos y comentaristas que he leído hasta ahora. Sí, amigos: La chica de ayer, esa serie con banda sonora original de Queen (¿?) ha arrasado entre público y crítica. Si escuchan con atención pueden oír el rechinar de dientes de Paolo.

Lo que me da rabia es que tengo pocos argumentos en contra (pero contundentes, ya verán). El trío protagonista está muy bien, la producción está muy cuidada y, para ser española, no falla mucho de ritmo. Este comentario no duda de la capacidad de los profesionales nacionales, sino, una vez más, de la necesidad de que cada capítulo se alargue hasta los 80 minutos. Que nuestras series funcionen a pesar de este hándicap demuestra que tenemos los mejores guionistas del mundo. Escenas de matrimonio demuestra que, sin embargo, los que mandan son los productores.

Mientras veía la serie, a pesar de (y no gracias a) la web de Antena 3 estaba convencido de que iba a ser un éxito. Y me estaba dando una rabia… Hay dos cosas peores que copiar en un examen. La primera es copiar mal. La segunda es copiar cuando no hace falta:

– Jennifer Madonna, ¿eso que acabas de esconder es una chuleta?

– Sssssssno, no.

– ¿Y cómo llamas a un papel con todas las fórmulas para los problemas de estadística?

– ¿Copia de seguridad?

– ¿Por si se te estropea el libro que os dejo traer al examen?

– Anula usted mi creatividad, profe.

La chica de ayer es una copia (legal, no se la han bajado ni nada) de la inglesa Life on Mars, a su vez versioneada en Estados Unidos con Harvey Keitel en el papel que aquí interpreta Antonio Garrido. Y esto lo digo para subrayar que nuestro poli facha está mucho mejor que el bajito yanki con mala leche. Prefiero no comparar con Philip Gleinster.

El título anglosajón se refiere a la canción que está escuchando el protagonista cuando tiene el accidente que le envía al pasado (o lo que sea) y que se publicó en 1973, año en el que se desarrolla la trama. Aquí extrañamente se ha optado por una composición de 1980 para titular una narración situada en 1977. Así que en el accidente nos endosan la Bohemian Rapsody de Queen, publicada en 1975. Y lo peor es que es la única canción reconocible del capítulo, que podría brillar en ambientación musical. Si hubiera presupuesto, supongo.

Una vez soltada la pedantería, el fallo más importante está en el concepto. Life on Mars, la inglesa, es una serie casi redonda. Lo único que no me convenció mucho fue el desenlace, pero disfruté tremendamente de cada capítulo. ¿Era necesario volver a hacerla? “Oh, me gusta mucho el Gernika; pásame los Plastidécor, que lo voy a hacer yo”. Si esto lo dice un niño de diez años, está bien. Si lo dice Antonio López, tenemos un problema. Por bonito que le quede su lienzo.

Quiero pensar que el público español es lo bastante maduro como para cruzar el Cantábrico y sumergirse en el Manchester setentero de la serie original. Que podemos comprar series inglesas, no sólo americanas, y disfrutar con ellas. Y que con el dinerazo que nos ahorramos, podemos llamar a un guionista de los de aquí y preguntarle por esa idea con la que lleva acosándonos años. Aunque sea sobre un ninja en la corte de Felipe IV.

Mira tú que si luego es un éxito…