Opinion · Un paso al frente

Un misil ‘perdido’, el nuevo ridículo español

Los accidentes existen. Y los imprevistos también. Más en verano. ¿Quién no llega a su paradisíaco, o no tan paradisíaco, destino vacacional y encuentra que ha olvidado a los hijos en la gasolinera? ¿Quién no ha pisado en alguna ocasión con los nervios de las vacaciones el acelerador en lugar del freno y se ha llevado por delante a cuatro o cinco peatones? Pues algo así sucedió el pasado martes 7 de agosto cuando un Eurofighter EF-2000 español ‘perdió’ un misil mientras patrullaba las Repúblicas Bálticas en mitad de los calores estivales que compartimos con los rusos. ‘Pérdida’ que obligó a la mitad de la OTAN a buscar el misil durante las horas posteriores, y ayer seguían afanadas en ello.

Presuntamente, porque hasta en accidentes como lo de ‘perder’ un misil no hay que creer todo lo que se lee, la versión oficial relata a un piloto al que el dedo le jugó una mala pasada en mitad de un ejercicio a lo ‘Top Gun’. Como al que perdió a los hijos o arrolló a los peatones, se el escapó el pulgar y, zasca, misil por los aires. Y eso que lanzar un misil requiere de mucho más que pulsar un botón, dado que necesita de todo un protocolo. Pero el dedo del experimentado piloto no es que estuviera desquiciado, es que anduvo esquizofrénico perdido.

Por suerte, el misil no tenía un objetivo asignado, pues de lo contrario uno de los tres aviones que acompañaban al Eurofighter español (otro Eurofighter español y dos Mirage franceses) habría sido probablemente derribado. Asunto este que habría dejado esta chapuza veraniega a lo Alfredo Landa en palabras todavía más gruesas.

Para ser cierta la versión oficial, esto es, que nos encontramos ante un piloto con una enajenación nerviosa transitoria, a pesar de la experiencia con la que cuenta, resulta un tanto contradictorio que el misil se esté buscando, dado que estos misiles (AMRAAM, un proyectil aire-aire que se guía por radar) cuentan con un sistema que garantiza su destrucción en el aire. Y no se registró explosión alguna. Tampoco resulta muy normal la suspensión momentánea de los aparatos españoles hasta concluir la investigación: 135 militares y seis Eurofighter tendrán vacaciones pagadas a cuentas del dedo nervioso y el misil loco.

El problema en este caso, que habría rubricado el mismísimo Gila con un ‘yo te lanzo los misiles y tú te los repartes’, es que las otras dos posibilidades, que encajan más con las anteriores circunstancias, resultan mucho menos edificantes y enormemente más nocivas para los que mandan y para los que venden. Por un lado, el misil podría haber ‘caído’ sin más y, por otro lado, se podría haber producido un fallo de software. Estas posibilidades nos situarían en un fallo del aparato y ya se sabe que los aparatos, especialmente los que se venden y reportan muchos beneficios, nunca fallan. Sobre todo, si todavía tenemos que vender muchos a Arabia Saudí para que continúe con sus matanzas.

Antes de seguir conviene aclarar que descartamos que este embrollo se trate de una advertencia en una situación de tensión con aviones rusos, porque obviamente nos lo contarían.

¿Responsabilidades?

Sea como fuere, en este lamentable incidente que ha situado a las Fuerzas Armadas españolas en posición principal de un grotesco espectáculo veraniego internacional se hace necesario asumir responsabilidades. Porque haberlas, las hay. Un misil surcando los cielos bálticos, aunque sea cayendo a plomo, no puede quedar en nada.

En primer lugar, claro está, el piloto, al que con tanta emoción señalan, como suele ser costumbre, desde la cúpula militar. Ya saben, las culpas al muerto o al piloto. Si finalmente se confirma que se trata de un caso de ‘gatillo fácil’, loco diría yo, estamos ante un incompetente. Un militar que no debe volver a pilotar un avión militar jamás, ni para transportar naranjas, pues ha demostrado no estar capacitado. Si un disparo accidental en una línea de fuego tiene consecuencias disciplinarias, un misil ‘perdido’ debe conllevar un expediente disciplinario acorde con la magnitud del suceso, del escándalo y del ridículo.

Porque la triste realidad es que hemos sido noticia a nivel internacional nuevamente por un episodio que vuelve a ensuciar a la imagen de las Fuerzas Armadas, como cuando aparecimos en la televisión británica en un programa sobre fracasos tecnológicos con el submarino S-80 o cuando el mundo entero supo que nuestro buque escuela, ‘Elcano’, surcaba los mares y los océanos con 150 kilos de cocaína.

Y si la ministra de Defensa, Margarita Robles, ha cesado al Subdirector de Reclutamiento por las polémicas pruebas de acceso de los tatuajes, es evidente que el general Javier Salto, Jefe de Estado Mayor del Ejército del Aire (JEMA), debe ser cesado de forma inmediata. Máxime teniendo en cuenta que este general no es muy dado a dimitir, como es costumbre en nuestra mayoritariamente mediocre y ultraconservadora cúpula militar, pues el JEMA cuenta en su currículo con la muerte de siete tripulantes de helicóptero en dos siniestros aéreos denunciados por los familiares de las víctimas y la muerte de dos pilotos en dos accidentes de cazas (Eurofighter y F-18 en octubre de 2017). Necesitará, por tanto, un empujón. Y ese empujón corresponde a la ministra, que para eso cobra y luce.

Cesar por unos tatuajes a un general y dejar sin responsabilidad la humillante ‘pérdida’ de un misil emplazaría al PSOE en lo de siempre: en lo estético y no en lo estructural. Y todos presuponemos que este PSOE no es como los que han gobernado hasta ahora, que reiteradamente pintaron la fachada, pero mantuvieron las estructuras prácticamente intactas.

De este Gobierno se espera una reforma integral y nada mejor para ello que comenzar por acostumbrar a nuestros altos mandos el significado de la palabra responsabilidad. El daño causado a nuestras Fuerzas Armadas no merece menos.

 

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra y autor de ‘El libro negro del Ejército español’.