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Voces desde Cuelgamuros

Por Luis A. Ruiz Casero, historiador y arqueólogo

Pocas cosas tienen tal poder evocador del pasado como sus restos materiales. Cuando descendimos del todoterreno, junto a una carretera de acceso restringido, al pie del imponente risco del Altar Mayor, todo estaba en silencio. Sin embargo, de inmediato, voces, montones de voces. El llano estaba sembrado de objetos, como olvidados allí solo unos días atrás, pero con la pátina de setenta años de abandono. Aquí, un orinal de metal esmaltado. Allá, restos de varias botellas de vidrio. Y suelas, decenas de suelas de zapatos, remendadas, fabricadas con restos de neumáticos. Las voces de esos objetos nos hablaban de los obreros, de los presos de la obra faraónica, de sus mujeres e hijos. Pero no era todo. Unos metros más allá, encajando al milímetro con los planos desempolvados en el archivo, los restos de los barracones. Por un lado, el grupo de los trabajadores libres, formando una placita con una fuente aún en pie. Por otro, el grupo de los penados, delatado por una garita en lo alto y un apoyo para la bandera, omnipresente en el universo concentracionario franquista. Ladera abajo, las fosas sépticas, enteras, aún con agua estancada en su interior. Y aún más abajo, las chabolas de las familias de los trabajadores, sus esposas, sus hijos. Por debajo de las aguas fecales, como en una gradación jerárquica dictada por la orografía. Los olvidados entre los olvidados. Estábamos en el destacamento Banús, el más duro de los existentes en Cuelgamuros, donde vivieron los obreros destinados a levantar el viaducto y la carretera de acceso al monumento.

La semana pasada concluyó la intervención arqueológica en los destacamentos penales del Valle, dirigida por Alfredo González Ruibal, del Instituto de Ciencias del Patrimonio-CSIC, como parte de un ambicioso proyecto de resignificación del espacio que parte de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática. A lo largo de un mes de trabajo de campo se desescombraron y excavaron hasta trece estructuras (se documentaron muchas más), se cartografiaron los restos de los tres destacamentos, se prospectaron varias hectáreas y se georreferenciaron miles de piezas. Mucho se ha escrito sobre el mausoleo franquista, pero hasta ahora se había prestado muy poca atención al resto del Valle. El proyecto ha permitido establecer una completa topografía del totalitarismo en el lugar. La arqueología permite ir más allá del discurso oficial del Régimen, posar la vista en lo que el franquismo no quiso que contemplásemos. Y no solo hablo de lo más obvio -los destacamentos penales-: se conservan las canteras, los basureros, los polvorines, varios depósitos de agua, un embalse, lavaderos, el vía crucis (en considerable estado de abandono), el chalet del arquitecto Pedro Muguruza, las viviendas en uso de los trabajadores de Patrimonio Nacional, apriscos de ganado…

La intervención arqueológica se ha centrado en la excavación de las infraviviendas que fueron surgiendo en torno a los destacamentos, en concreto en los poblados de San Román y Banús (las del tercer destacamento, Molán, parecen arrasadas). Levantadas en sus ratos libres por los propios obreros, fueron la residencia de sus familias, de sus mujeres e hijos. Si en los archivos la documentación sobre los barracones de libres y penados es, comparativamente, escasa, la de estas estructuras subalternas es casi inexistente. Su estatus era ambiguo: eran toleradas por las autoridades, pero parecían no existir oficialmente. No existen -o al menos no hemos hallado- planos de su construcción, ni siquiera datos aproximados sobre su número o ubicación. Solo referencias más o menos vagas en informes que trataban otros asuntos. Ni siquiera en las fotografías aéreas, que ofrecen un supuesto registro neutro del terreno, pueden verse esas chozas, camufladas involuntariamente con sus techumbres de ramas de pino. Para reconstruir su historia solo se puede recurrir a los testimonios de quienes las habitaron, cada vez más escasos, y a menudo deformados por el paso del tiempo y la subjetividad del entrevistado. Y también a la materialidad, tozuda, con su registro neutral, inapelable. La arqueología nos devuelve otras voces, otros discursos. La presencia esencial de las mujeres, obviadas del discurso tradicional. El ejemplo de dignidad y resilencia –en palabras del arqueólogo Xurxo Ayán– de las familias empujadas a vivir en condiciones infrahumanas, pero que se empeñaron en convertir las minúsculas chozas en algo parecido a un hogar. Las voces de los marginados, los oprimidos, aquellos siempre excluidos de los relatos oficiales.

Entre las infraviviendas excavadas detectamos en seguida dos tipologías básicas. Estaban las chozas cuadradas, regulares, con cimientos de mampostería. Pero también otras estructuras más esquivas, con menos entidad constructiva. A veces lo único que delataba su existencia eran los restos de una paletada de cemento en la pared de un abrigo rocoso, como anclaje de una precaria cubierta de chapa o de uralita. Esas eran las auténticas "chabolas" a las que los testimonios recogidos en la bibliografía clásica sobre el Valle hacían referencia. Como paredes, quizá unas ramas, quizá los harapos de una lona. En las estructuras más estables comenzamos a apreciar una regularidad constante. La planta del habitáculo tendía siempre hacia un trazado cuadrangular, de unos tres metros de lado. Esto era una evidencia de que debió existir una reglamentación impuesta desde las autoridades, o, al menos, una prohibición expresa de que las viviendas sobrepasasen un determinado tamaño. Frente al esfuerzo regularizador, campamental del poder, el individualismo de sus habitantes: no existían dos chozas con una distribución interior idéntica. En unos casos, la chimenea estaba en el norte, en otros en el este. Aquí, un banquito de piedra. Allá, una fresquera de ladrillo. Unas tenían un suelo de cemento, otras un empedrado. Esa rebeldía individualista contra la norma nos dice más sobre un supuesto ser colectivo de España que la arquitectura neoimperial de la cripta monumental.

El trabajo de campo fue la fase más visible del proyecto, la más frenética, pero no la única. Queda el trabajo de gabinete, en el laboratorio, el procesado de los datos. Meses antes llevamos a cabo la documentación bibliográfica y en los archivos. Hemos contactado también con los supervivientes de los familiares de los habitantes de los destacamentos, y con el único penado vivo del que tenemos noción: Nicolás Sánchez Albornoz. Más voces que se unen al coro de las suelas remendadas y los cristales rotos. Una polifonía a veces armónica, a veces discordante, pero siempre heterodoxa, frente al monótono solo de los apologetas del franquismo.

Imagen 1: Inicio de los trabajos en San Román

Imagen 2:  Fuente en el destacamento Banús