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Buzón de Voz

Blog de Jesús Maraña

¿Y Aznar qué opina de esto?

17 may 2008
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¿Y Aznar qué opina de esto?El próximo lunes, José María Aznar tiene una cita pública en el hotel Wellington de Madrid. Aunque se trate del hotel de los toreros y en plena feria de San Isidro, la cita no es taurina. Aznar pronunciará el discurso de inauguración de una jornada organizada por FAES sobre el décimo aniversario del acceso de España al euro. Habrá coloquios y mesas redondas en las que participará buena parte del equipo económico de los Gobiernos del PP, a excepción –curiosamente– del director de aquella orquesta, Rodrigo Rato. Una lástima, porque la expectación se habría multiplicado. El personal sigue esperando un gesto, una palabra, un signo que permita deducir en qué posición exacta se ubican a día de hoy Aznar y Rato respecto a la crisis de la derecha.

Sobre el segundo resulta más difícil conjeturar, pero sobre Aznar caben ya pocas dudas. El caso San Gil, penúltima estación en el calvario del supuesto viaje al centro del PP, ha desvelado una nueva fase de la crisis. No pocos dirigentes han abandonado los circunloquios y se han retratado casi al desnudo. Por las bocas de algunos de ellos ha podido escucharse el eco inconfundible de las posiciones de Aznar. Advierten fuentes de su entorno que el personal ya puede esperar sentado. Que Aznar no dirá palabra sobre la crisis de su partido. Pero, con la misma seguridad, admiten que “el matrimonio está muy enfadado con la forma en que Mariano Rajoy está llevando las cosas”. Su querido Jose no lo puede expresar, así que Ana Botella se explaya. Su apoyo rotundo y explícito a María San Gil, antes incluso de conocerse la versión de la dirigente vasca, fue elocuente.

Nombres y principios

Hasta ahora, las críticas internas a Rajoy se centraban casi todas en los nombres. Los de quienes le rodean tras la derrota electoral, los de los caídos Zaplana o Acebes o los que se mantienen en expectativa de destino, como Costa o Pizarro. Hasta el conflicto con Esperanza Aguirre se dibujó como una batalla nominal, más que de contenidos. Pero el caso San Gil abre una nueva fase, porque ha hecho saltar todas las alarmas del aznarismo.

Nos quedamos con las ganas de conocer los cambios que José María Lassalle, miembro del equipo de confianza de Rajoy, pretendía introducir en la ponencia política del partido y que teóricamente han provocado el plante y posterior ultimátum de María San Gil a Rajoy. Y decimos teóricamente porque esos cambios al final no se produjeron, de modo que la ponencia presentada contenía todas las propuestas de la dirigente vasca y la contundencia acostumbrada en la criminalización de los nacionalismos. Llegados a ese punto no resulta fácil explicar ni la indignación de San Gil ni la estrategia de Rajoy, puesto que la primera no puede negar que se ha salido con la suya y el segundo vuelve a demostrar una evidente debilidad en su liderazgo.

Sostiene María San Gil que tuvo que discutir muchísimo con Lassalle sobre el concepto de nación, y que por eso no se fía de las intenciones de Rajoy, por mucho que los papeles reflejen, por ejemplo, el disparate de que “el PNV no está interesado en acabar con ETA”. Las reacciones de San Gil, de Ana Botella y, muy especialmente, de Jaime Mayor Oreja, conducen a sospechar que, de algún modo, José María Aznar ha entonado un “¡hasta ahí podíamos llegar!” Ya no se trata de si el portavoz del PP en el Congreso se llama Soraya o se llama Esteban; o de si las primarias son buenas o malas para elegir al candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Aznar y sus fieles consideran que Rajoy está jugando con las cosas de comer, con las esencias del perfume del PP. Suponen que el análisis post-electoral de Pedro Arriola aconseja altas dosis de moderación para recuperar votos en Catalunya y en el País Vasco, donde la sangría ha sido permanente desde que Aznar y Mayor Oreja decidieron tratar a los nacionalismos como a los representantes de Lucifer en la Tierra.

Aznar dice que se ha retirado de la política, pero basta repasar sus últimos libros, sobre todo “Cartas a un joven español”, para concluir que los negocios no han conseguido curar las dos obsesiones instaladas en su cerebro: el terrorismo y los nacionalismos. Obsesiones con orígenes más lejanos, pero sin duda disparadas hasta rozar lo absurdo en su segunda y última legislatura. Porque es falso que la política radical contra los nacionalismos pertenezca a las esencias del PP. Al menos no figuraba entre las que manejaban Aznar y Rato cuando negociaban con CiU y PNV entre 1996 y el año 2000.

El caso San Gil es una bomba de relojería en el proyecto de Rajoy de construir un PP moderado y dialogante. Ha chocado con “las esencias”. Ha topado con Aznar.

Otra vez las peras y las manzanas

18 abr 2008

El más genuino ejemplo de las toneladas de caspa sexista que han asomado con motivo de los nombramientos de las nuevas ministras lo protagoniza (¿curiosamente?) una mujer. «Las mujeres están muy bien siempre que sean las mejores. Yo no creo en las cuotas, así que las nuevas ministras tendrán que demostrar ahora que son las mejores». Ana Botella dixit. La autoridad sexista de Ana Botella es indiscutible desde que hizo pública su profunda reflexión filosófico-matemática sobre los matrimonios homosexuales: «Si se suman dos manzanas, pues da dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta». Ana Botella suelta por la boca esa empanada mental que no distingue de géneros ni de ideologías políticas y que, desgraciadamente, sigue instalada en el menú sociológico español. Si un hombre llega a ministro de Defensa, nadie se cuestiona si lo hará bien, mal o regular por el hecho de ser hombre. Se analizará su currículum, su capacidad de diálogo, su carácter firme o blando, sus discursos o sus silencios. Pero una mujer, cuidado, «tendrá que demostrar que es la mejor». Es decir, sin conceder siquiera los cien días tradicionales de confianza, se da por hecho que parte en inferioridad de condiciones.

Vergüenza ajena

Esta mentalidad es mucho más peligrosa que la que expresan esa panda de columnistas y oradores que sacaron del armario el hacha machista a las tres horas de los nombramientos. Los que hablan de «la ministra del bombo» o de «la flamenquita» se creen muy graciosos, cuando realmente dan grima. Uno se pregunta si sus propias parejas no sentirán vergüenza ajena al tener que leer y escuchar tales ocurrencias. Por si acaso, conviene recordar a esas parejas (sean manzanas o peras, vaya usted a saber) la existencia del teléfono 016, útil también cuando se producen malos tratos psicológicos.

Basta echar un vistazo a la prensa internacional para darse cuenta de la trascendencia que puede alcanzar el paso decidido por Zapatero. Se podrán hacer mil críticas muy pronto de la capacidad política y gestora de cada miembro del Gobierno, pero no tiene duda que el hecho de que haya más mujeres que hombres en el Ejecutivo supone uno de los mayores avances hacia la modernidad que se han producido en treinta años de democracia. El británico The Independent recuerda que, hace poco más de tres décadas, las mujeres en España no podían abrir una cuenta bancaria, solicitar el pasaporte o firmar un contrato sin permiso del marido. Con Franco, incluso bastantes años después, la opción de que una mujer sirviera en el Ejército ni se planteaba. Medios conservadores alemanes han editorializado esta semana con la imagen de Carme Chacón pasando revista a las tropas: «Un gran día para España y para la lucha contra una sociedad de hombres». En política, como en la vida misma, las palabras y los gestos no son simple ruido. Tienen unas consecuencias reales, palpables, capaces de provocar un efecto mariposa que contribuye a cambiar la sociedad.

Es una obviedad estadística que España se divide casi al 50% entre mujeres y hombres, como lo es que las mujeres no ocupan ni de lejos esa proporción en los puestos de poder público y privado. Hay quienes rechazan (como Ana Botella y buena parte de la derecha) las cuotas como herramienta de discriminación positiva que impulse más rápidamente el deseable equilibrio, pero no proponen una alternativa mejor para alcanzar un objetivo tan justo. Hay quienes plantean otro debate, más allá del basado en el puro censo demográfico. El prestigioso filósofo Daniel
Innerarity considera que cuando las mujeres «hacen política de mujeres, desarrollando unos supuestos atributos de la feminidad (cercanía, humanidad, sensibilidad hacia lo particular…) contribuyen involuntariamente a que se las expulse del espacio público». En su opinión, una vez que las mujeres alcanzan el poder, no conseguirán la renovación de la política porque hagan una política «femenina» sino porque »ejerzan la equidad efectiva». Interesante debate, en el que otros sociólogos argumentan lo contrario, la necesidad de una feminización de la política con una nueva cultura de valores y códigos propios del feminismo político.

Carme Chacón, Bibiana Aido, Cristina Garmendia o Beatriz Corredor tienen, como tantas otras mujeres, la oportunidad de demostrar cuál de esas opciones es más positiva para lo que más importa y para lo que se les paga: el bienestar de los ciudadanos. Si son o no las mejores nos debe preocupar lo mismo que si sus colegas varones son o no imbéciles.