¿Sin futuro ni esperanza? No tanto…

03 Dic 2016
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¿Cómo puede ser que aumenten las desigualdades en perjuicio de amplias mayorías de las clases medias y populares y unas minorías acumulen privilegios y riquezas y a pesar de lo cual los ultraconservadores ganan elecciones o esperan ganarlas, si no ahora quizás muy pronto. Es suficiente citar  Estados Unidos, Reino Unido, Francia, España, Holanda y  países de Europa central (Austria, Hungría, Polonia, etc). Incluso en Alemania, la hegemonía conservadora gobierna pero crece la extrema derecha y las izquierdas bajan. En Italia, la izquierda se ha hecho neoliberal con Renzi (una versión meridional de Blair) y los movimientos derechistas se reactivan: la Lega (muy similar al lepenismo francés), una parte importante de las 5 Stelle y su líder Beppe Grillo se identifican con Trump y la alcaldesa de Roma es de perfil berlusconiano. Pero veamos primero algunos casos que indican, como en las monedas, que hay cara y cruz. Como ocurre en Estados Unidos, Francia y España.

Trump ha ganado pero Hillary es un caso de fenómeno antipopular. Quizás el panorama político no es tan negro como parece. Probablemente Sanders, una izquierda socialdemócrata, hubiera ganado según las encuestas. Hillary aparece como antipática, elitista y militarista, vinculada al mundo de los multimillonarios y a la oligarquía política de Washington, sospechosa de corrupción. Cuando no hay esperanza y no se percibe un futuro mejor los sectores populares se refugian en el pasado, en la identidad y en el conservacionismo. El problema no está en la sociedad sino en su representación política.

En Francia se temía una posible victoria de Marine Le Pen, la extrema derecha y ultranacionalista. La alternativa que aparece ahora ganadora es Fillon, un conservador tradicional, clasista y que solo ha evolucionado para identificarse con el neoliberalismo más dogmático. Le Monde le define como “derecha thatcheriana”. ¿La sociedad francesa se identifica solamente con estos dos perfiles? La cultura republicana está arraigada en el tejido social pero los valores de “liberté, égalité et fraternité” han sido de facto arrinconados por la presidencia catastrófica de Hollande y el resto de las izquierdas están fragmentadas y de bajo perfil. Sin embargo un bloque que reuniera a todas las izquierdas, socialistas incluidos, como el “programa común” que lideró Mitterrand, podría ser una alternativa real. ¿Falta liderazgo? Podría haberlo, por ejemplo Montebourg,  socialista marginal, jacobino, productivista pero consciente de la sostenibilidad, y profundamente republicano.  Estilo Borrell y más simpático que Martine Aubry.

Caminar en la España política es como prostituta en rastrojos, es repetir un gobierno PP con Rajoy y su tropa de funcionarios de los aparatos centralistas, apegados a las normas y los procedimientos pervertidos de tres décadas de burocracia conservadora y desconocedora de las realidades concretas y diversas, políticas, sociales y culturales. Como dijo Cortázar “nada se ha perdido si asumimos que todo se ha perdido”. Los socialistas por miedo unos y por apego a sus canonjías otros perdieron una gran oportunidad hace un año, en las elecciones de diciembre. Un Gobierno progresista, con el PSOE y Unidos Podemos con apoyos de las minorías nacionalistas podría haber dado una respuesta positiva a los nuevos retos de nuestra época y reformar lo que se ha deformado especialmente en los últimos 20 años: las desigualdades, la sostenibilidad, la austeridad para las mayorías sociales, la reforma laboral, la legislación mordaza, etc. Y se podría hacer  lo que no se hizo en la transición, superar los lastres del franquismo. Se precisa la segunda transición, o más exacto: democratizar la  democracia naciente y limitada. Como la judicatura, el control público del sistema financiero, la recuperación de la memoria histórica, el reconocimiento específico de las naciones del Estado español, un sistema electoral justo, la participación efectiva y no limitada a las elecciones.

Estamos en una época de cambio, de crisis y de oportunidades. La historia puede acelerarse. En los  años 30 después de la crisis del 1929, los altos niveles de desocupación, la irrupción del fascismo y el  nazismo, la violencia entre las clases sociales pero también entre los sindicatos y los partidos de izquierda, los comunistas llamaban a los socialistas “socialfascistas”. Sin embargo en esta década emergieron el New Deal en Estados Unidos,  las políticas productivas (keynesianas) y no de austeridad, el inicio del Welfare State en Reino Unido y la participación de los laboristas en el gobierno, los frentes populares en alianzas que unían a socialistas y comunistas (en Francia y España). En un mundo que en parte ya era globalizado los problemas podían ser similares, las respuestas fueron dispares y contradictorias. También es cierto que este período culminó con la guerra. Ahora la guerra ya la tenemos pero se practica principalmente fuera de América  y de Europa por parte de Occidente. No se trata de evitar la guerra sino acabarla y promover formas más pacíficas y productivas que fabricar y consumir armas.

 


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