Civismos incívicos

Porque, en temas de seguridad urbana, no todo es lo que parece

London’s burning

09 ago 2011
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Había previsto unas vacaciones de columnista, pero algunos acontecimientos recientes me dificultan mantener el silencio auto-impuesto.

 

35 años después de que lo cantara The Clash, es oficial. London’s burning. Una vez más, sin embargo, ‘los mercados’ y su teóricamente temido ‘lunes negro’ han dejado en segunda fila las cosas importantes. Pero vayamos por partes, ni que sea telegráficamente.

 

Los hechos

 

El Jueves 5 de agosto, Mark Duggan, de 29 años y padre de 4 hijos, muere por el disparo de un policía en el norte de Londres. El sábado a las 5 de la tarde, y cuando aún no habían podido ni acceder al cuerpo ni obtener ninguna explicación oficial, la familia de la víctima, con conocidos y miembros de la comunidad, se dirigen en manifestación a la comisaría del barrio para exigir que alguien les reciba. Cinco horas después, siguen en el lugar sin respuestas, y un trabajador social avisa a la policía de que si nadie les recibe antes de que se haga de noche, la cosa se puede poner fea. En un momento determinado, una chica de 16 años se acerca a la policía para pedir explicaciones, pero es apartada con violencia. Parece que esto es lo que desata la primera revuelta, que dura toda la noche del sábado y acaba con coches, autobuses y edificios incendiados.

Desde entonces, las revueltas se extienden. Por encima de divisiones étnicas, religiosas o cualquier otra línea ficticia cacareada en los últimos años, la brecha que aparece es, sobre todo, generacional. El lunes por la noche, por ejemplo, unos jóvenes atacan la mezquita del este de Londres (aunque son repelidos por los fieles, que protegen el edificio y les echan al grito de ‘cómo os atrevéis’), y muchos testigos hablan de que la gran mayoría de los protagonistas de los actos violentos son blancos.

Sin querer extenderme mucho, sí creo que hay algunos datos que hay que poner sobre la mesa para comprender lo que está pasando.

 

El contexto

 

–          El 31 de julio de 2011 el Guardian publicaba un vídeo sobre la situación en Haringey (donde empezaron los disturbios) entrevistando a jóvenes sobre la situación en el barrio después del cierre de los centros comunitarios para jóvenes (consecuencia de una reducción presupuestaria del 75%). Todos coincidían en que su situación era ya de una vulnerabilidad y pobreza extrema, sin perspectivas laborales y en un entorno desestructurado y violento. El último entrevistado sentenciaba: ‘Habrá revueltas’. No hacían falta expertos, pues: el barrio lo estaba anunciando a gritos.

–          Desde 1998, 333 personas han muerto mientras estaban en dependencias policiales o bajo custodia policial. Ningún policía ni responsable político ha sido jamás condenado por ninguno de estos hechos. En los últimos años, casos como el de Charles de Menezes, asesinado a sangre fría por la policía en el metro por ‘presunto’ terrorista, y de Ian Tomlinson, que murió de un ataque al corazón después de una carga policial, sólo salieron a la luz gracias a las personas y los medios de comunicación que aportaron pruebas de la falsedad del relato policial. En el caso de Mark Duggan, la versión policial, hasta ayer, era que él había disparado primero. Hoy sabemos que el único otro tiro que había en la escena del caso procedía también de un arma policial.

–          La violencia callejera y el pillaje no son patrimonio de jóvenes de zonas marginales. Las situaciones de violencia y caos atraen a personas de todos los perfiles (una de las revueltas contra la policía más importantes de los últimos años en nuestro país ocurrió en Pozuelo de Alarcón, el municipio con más renta per cápita de Madrid). No hay, pues, necesariamente mensaje político ni de protesta en el looting. Lo que sí hay es un síntoma inequívoco de desarticulación social. En el caso de Londres, emerge también un sentimiento anti-policial generalizado alimentado en algunos casos por motivos legítimos (mencionados en el punto anterior), pero también por una cultura popular de violencia y enfrentamiento (los jóvenes llaman a la policía ‘feds’, como si fueran agentes del FBI y Londres fuera Los Angeles).

–          Paralelamente, la policía londinense se encuentra en un estado de desmoralización extrema. A los escándalos policiales (los casos recientes mencionados, a los que se suma la corrupción destapada por el escándalo del News of The World y la dimisión de altos cargos) se suman reducciones salariales del 25%, amenazas de despidos y una creciente indignación por la situación del país que acerca a muchos agentes a las posiciones de aquellos contra quienes se les ordena actuar. Adicionalmente, la fijación de los últimos años por parte de los mandos policiales y políticos por centrar la atención en posibles terroristas y movimientos sociales legítimos, ha generalizado las redadas en zonas pobres y las tácticas agresivas en las manifestaciones, dejando a las fuerzas de seguridad peor preparadas para afrontar problemas reales de orden público como los actuales.

 

Aunque gran parte del vandalismo de estas horas en Londres no es político ni defendible, las revueltas son la cara previsible de las políticas de austeridad. Para poder prever este tipo de acontecimientos, sin embargo, hay que tener memoria: memoria de la historia de la humanidad, memoria de los eventos y dinámicas sociales, felices y desgraciadas, que nos han llevado hasta aquí. Para gestionar la crisis hay que saber que aparte de políticos y mercados, en este mundo hay gente. Gente que, mira tú por donde, dice basta. Y, en ausencia de esperanza, en ausencia de proyecto colectivo, en la ausencia de un relato compartido de construcción de un futuro mejor, la rabia y la destrucción actúan como única catarsis posible. Quién no tiene nada que perder, no pierde nada saltándose todas las normas.

 

Pero los hechos de Londres no sólo ponen sobre la mesa el éxito de las políticas de austeridad y recortes en la desarticulación social de las comunidades y la pauperización de los más débiles, sinó también que la catarsis colectiva puede tener muchos rostros. Uno de ellos es el de Londres. Pero otro es el del 15m. Con todas sus contradicciones, traspiés e ingenuidad, el 15m lleva tres meses reconstruyendo lo ‘desconstruido’, articulando un proyecto colectivo de esperanza que hace posible que la respuesta a la crisis y a la pésima gestión de la crisis no pase por quemar bancos y comisarias, sino por debatir alternativas en las plazas y luchar por devolverle la cordura al mundo y la kratos a la democracia.

 

Quien quiera negar que hoy las asambleas en las plazas son lo que separa a este país del abismo, o miente, o manipula o, sencillamente, no se entera.


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