La saga/fuga de la república catalana

Muchos historiadores -aficionados y de los otros- han criticado las pretensiones del independentismo catalán al basar sus reivindicaciones en un efímero estado medieval vinculado a la corona de Aragón. Según los vaivenes de este apasionante debate histórico, la existencia de los condados catalanes aparece envuelta en una bruma arcaica, al estilo de las disputas entre los Lannister y los Stark en Juego de Tronos. En la mayoría de los casos hay que tener mucho cuidado al legitimar estas resurrecciones de naciones ultracongeladas porque al final uno acaba volviendo a fundar Troya, Prusia, el imperio mongol o el reino de Israel.

Sin embargo, reprochar a los independentistas catalanes que vivan inmersos en un delirio histórico, como si quisieran resucitar un mamut, resulta bastante hipócrita, teniendo en cuenta que muchas instituciones -políticas y de las otras- siguen subsistiendo a base de fantasías más o menos similares. Por ejemplo, el Vaticano, de quien Gila decía que tenía mucho mérito porque empezaron con un pesebre. Siempre hay que empezar por algún sitio, ya sea la destrucción de Jerusalén por Tito o la batalla de Montjuic. Después de todo, estamos a dos pasos de reconstruir el código genético del mamut y volverle a dar una oportunidad sobre la tierra. Por qué no íbamos a intentarlo si ya lo hicimos con Israel.

De momento, la república catalana se encuentra en estado de letargo, como el Kurdistán o Palestina, aunque en modalidad desarmada. Está en vísperas de pasar de la potencia al acto, como en su día hicieron los Estados Unidos, India, Chile, Italia, Portugal o Bangladés, aunque también puede quedarse una vez más en agua de borrajas, como Córcega o Québec. La peculiaridad de la república catalana es que los breves períodos que ha disfrutado de la independencia han sido breves y turbulentos, desde la proclamación de Macía en 1931 y la de Companys en 1934 hasta el coitus interruptus de Puigdemont hace dos semanas, donde todavía no se sabe si el balón entró o no. Da la impresión de que unos cuantos millones de catalanes se encontran suspendidos en aquella imaginaria provincia de Castroforte de Baralla donde Torrente Ballester ubicó su incomparable obra maestra, La saga/fuga de J. B.

Es una lástima que la ingente obra narrativa de Torrente se halle también en estado de letargo y que la inmensa mayoría del público asocie su apellido al de ese patán zafio con el que Santiago Segura ha reinventado la picaresca hispánica. Quizá en ese desconocimiento pese bastante el pasado falangista del escritor, aunque alguien tan poco sospechoso de simpatías derechistas como Saramago proclamara en su día que si un novelista español merecía sentarse al lado de Cervantes era Torrente Ballester.

Nadie excepto la población autoctóna conoce la existencia de Castroforte de Baralla, la quinta provincia gallega, puesto que el lugar tiene la característica de que, cuando el total de sus gentes está alborotado o inquieto por cualquier motivo, asciende hacia las nubes con catedral y todo sin dejar atrás más que un solar humeante y el cauce seco de un río donde agonizan las lampreas. La penúltima vez que Castroforte de Baralla subió hacia la estratosfera fue cuando en el casino alguien hizo una apuesta sobre si había más palabras en castellano dedicadas al órgano sexual femenino o al masculino. Ganó el coño por goleada, a pesar de que los lingüistas locales pensaron en consultar a Cela, pero esta vez la disputa filológica viene en catalán, collons. A ver si van a ser gallegos.