Opinion · Punto de Fisión

Woody Allen desenfocado

A Woody Allen ha terminado por alcanzarlo la maldición que lanzó sobre Robin Williams en Deconstructing Harry: haga lo que haga, a partir de ahora, siempre aparecerá desenfocado. Una acusación de pederastia repetida una y otra vez por su hija Dylan Farrow se lo ha llevado por delante en medio de la campaña contra abusos sexuales desatada por el caso Weinstein. Poco importa que en su día esa acusación fuese desestimada por un juez tras una investigación que duró más de seis meses. Varios especialistas del hospital de Yale-New Haven concluyeron que no había pruebas de abusos físicos y que la conducta perturbada de Dylan, que entonces contaba siete años, podía ser producto de una fantasía o de una sugestión inducida por su madre, aunque lo más probable es que fuese una combinación de ambas hipótesis.

La denuncia contra Allen, quien jamás antes -ni después- ha sido acusado de pedofilia o pederastia, tuvo lugar tras un tormentoso divorcio en donde jugó un papel esencial Soon-Yi, la hija que adoptó Mia Farrow junto a su anterior esposo, André Previn, y que, según testimonio previo, inició la relación con su padrastro cuando ya era mayor de edad. Entre las resonancias extrañas de este lío -dignas de una comedia del propio Woody Allen- están, primero, el hecho de que la propia Mia Farrow se casó por primera vez a los 21 años con un Frank Sinatra de 50 -una diferencia de edad bastante similar a la del matrimonio entre Allen y Soon-Yi-; y segundo, mucho más inquietante, la casualidad de que el hermano de Mia Farrow, John Charles Villiers-Farrow, ha sido sentenciado a diez años de prisión tras numerosas denuncias de abuso sexual a menores.

Después de veintitantos años, después de que Dylan volviera a reactivar su acusación varias veces, finalmente la indignación ha alcanzado al mundillo de Hollywood, conmocionado por su silencio y su indiferencia de décadas ante un depredador sexual tan notorio como Harvey Weinstein. Han decidido creer en la memoria de una niña de siete años en lugar de confiar en las conclusiones de una investigación oficial que se decantó por una explicación más plausible: que esa niña fuese controlada y manipulada por una madre celosa y traumatizada tras un doloroso divorcio. Moses, hijo de Allen y de Farrow, que por aquel entonces contaba 15 años, es el único de la familia que se ha puesto de parte de su padre. Decía Allen, repitiendo un viejo tópico, que la comedia es tragedia más tiempo. Pero en su caso el tiempo no ha quitado un ápice de horror a la tragedia, a lo mejor porque nunca hubo ninguna.

La historia recuerda enormemente no a una película de Allen sino a La caza, aquel aterrador drama de Thomas Vintenberg donde en una pequeña localidad danesa comienza un linchamiento público contra el profesor de una guardería al que supone culpable de haber violado a una de sus alumnas. Sin la menor evidencia, sin la menor prueba, contando nada más que con el testimonio de una niña teledirigida por unos cuantos adultos. Lo más ridículo de esta historia es la reacción furibunda de unos cuantos actores escandalizados a toro pasado, no sólo cuando el crimen de Allen -si es que realmente hubo crimen- sucedió ventitantos años atrás, sino cuando Dylan lo publicó con todo lujo de detalles en 2014 en una carta abierta en The New York Times.

“Nunca volveré a trabajar con Woody Allen” dicen. O peor todavía: “Si lo hubiera sabido”, cuando las acusaciones contra Allen eran el pan nuestro de cada día en Hollywood. La oleada de este puritanismo desenfocado y con retraso ha alcanzado también a buena parte de la audiencia, que asegura que nunca volverá a ver una película del genio neoyorquino. Allá ellos y su estricta moralidad, pero habrá que recordarles que, mientras que a Allen le protege cuando menos el beneficio de la duda, Caravaggio mató a un hombre, Villon a varios, Neruda violó a una criada y abandonó a una hija enferma, Cervantes fue encarcelado por robo y Wilde por sodomía. Por citar sólo cinco ejemplos de artistas fuera de la ley. El término “fariseísmo” se queda muy corto para describir este hipócrita rasgado de vestiduras, tan oportuno como para meter a Allen en el mismo saco donde han acabado Harvey Weinstein, Kevin Spacey y otros canallas. Pero el saco sigue abierto y, claro está, hay que aprovecharlo.