Inmigrantes frente a la crisis

29 Ene 2009
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ANTONIO IZQUIERDO

Conviene desterrar la idea de que superaremos la crisis si se van los inmigrantes. De este y de otros infortunios tendremos que salir todos juntos, porque el futuro es común. La situación se pinta rápido. Han trabajado en lo que se les ha ofrecido y, por esa razón, la mitad de ellos se almacena “abajo del todo” en la pirámide de ocupaciones. La crisis les está golpeando con mucha dureza y, debido a su reciente llegada, tienen acumuladas pocas prestaciones por desempleo.
Los trabajadores extranjeros se enfrentan a la recesión desde la subalternidad legal, la precariedad laboral y la vulnerabilidad social. Así que primero hay que reconocer que están en desventaja, luego valorar sus cualidades y, por último, responder con medidas adecuadas si no queremos salir de la crisis con más personas pobres y excluidas.
Legalmente, están segmentados y discriminados. Empezando porque unos disfrutan del estatuto comunitario por nacimiento o matrimonio mientras que otros se someten al régimen general o extracomunitario. Los datos dicen que a finales de 2008 la mitad de los 4.275.000 extranjeros viven en una legalidad frágil y reversible como extracomunitarios. Dos de cada tres aún no han asegurado su estabilidad legal y sólo disponen de un permiso inicial o renovado por primera o segunda vez.
Precarios en el trabajo por su temporalidad e indefensión. Están concentrados en “sectores acordeón”, que se expanden o contraen según el clima, y en ocupaciones que se evaporan por la coyuntura. Cuando las circunstancias aprietan se les despide, sumerge o sustituye. El 60% de los trabajadores extranjeros tiene un contrato temporal, y un tercio de los compromisos no duran más de tres meses. Trabajan más horas de las legalmente estipuladas y en horarios atípicos. Negocian individualmente su contrato y no se ausentan por enfermedad, ni se toman un día libre por temor a perder el empleo.
El aislamiento social empieza por las cortapisas en la reagrupación de la familia en un “país familista”, y sigue por el desamparo institucional en una sociedad con déficit de bienestar. Continúa por las difíciles relaciones con los compañeros en el trabajo y el masivo rechazo a alquilarles un piso. Tres datos al respecto: más del 20% están “solos”, apenas el 15% está inscrito en los Servicios Públicos de Empleo y recibe prestación y el 40 % de los nativos rechaza o evita alquilarles un piso.
Los pilares son frágiles, pero su determinación de quedarse y capacidad de resistir es lo que les sostiene. Por eso hacen frente al desempleo con el aumento de la movilidad, el autoempleo y recayendo en la irregularidad. Así que continúan migrando en busca de trabajo por el interior de España o reemigran hacia otros países, y sólo unos pocos retornan.
Algunos se transforman en trabajadores por cuenta propia tras perder su condición
de asalariados y hay evidencia estadística, y no sólo anecdótica, de su inmersión en la irre-
gularidad.
Estos son hechos, pero no la realidad percibida. Se les considera ladrones de empleos y deudores del Estado del bienestar. Y, como nos recuerda Coetzee en Diario de un mal año, “todo es percepción”, así que pongamos “manos a la obra”.

Antonio Izquierdo es  Catedrático de Sociología