¿Quién va a derribar los otros muros?

13 Nov 2009
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El mundo político acaba de celebrar el 20 aniversario la caída del Muro de Berlín, definida como la metáfora que puso fin anticipadamente al siglo XX, aunque se multiplican las discrepancias a la hora de precisar cuándo y con qué fin comenzó realmente el XXI.

Nikita Jruschov, el hombre que edificó aquella barrera que dividía los dos mundos, escribió que Berlín era por donde podía agarrar por los testículos a las potencias occidentales, porque bastaba apretar un poco para rebajar o elevar la tensión entre los dos bloques, a conveniencia. Europa era y sigue siendo la cintura más próspera del planeta.

Antes de su derribo físico, el Muro se lo saltaron los ciudadanos, hartos de un sistema de igualdad sin libertad que desnudó al bloque comunista como un hemisferio deshumanizado. Aquella riada de fugitivos hacia el oeste representó también el fracaso de un modelo económico incapaz de elevar el nivel de vida. El general Jaruzelski, el hombre que presidió la ruptura de Polonia con su más reciente pasado, declaró hace unos días que lo que más admira del capitalismo son esas tiendas siempre llenas.

En Berlín, aparentemente, se derrumbó el otro totalitarismo descrito por Vassili Grossman cuando sometió a la crítica en Vida y destino aquel ideal de resistencia al nazismo que él alimentó con sus versos y sus crónicas de guerra. Desde el 9 de noviembre de 1989, bautizado por la prensa occidental como el gran acontecimiento de nuestras vidas, la izquierda marxista se ha quedado sin hoja de ruta, impotente para construir un modelo alternativo. Ha consumido ya dos décadas en formular críticas parciales a los desmanes del capitalismo, que desencadenan una atomización constante de grupos y fuerzas.

La situación actual es que el capitalismo neoliberal rige en solitario el mundo. Sin frenos, se ha transformado en un sistema corrompido en el que no prosperan otros valores que los que cotizan en bolsa y en el que la libertad sólo es total para los capitales. Utiliza la tecnología para depreciar a los individuos y ha reducido los derechos al ámbito protegido de otros muros.

Los estafadores que provocaron en 2007 la crisis financiera mundial han recuperado el valor de sus activos gracias al dinero público. Pese a ello, los grandes ejecutivos siguen acaparando en primas la parte del león de los beneficios bajo el paraguas de la seguridad jurídica de sus contratos. Pese a las críticas, parece haberse apagado la esperanza de una reforma a fondo que devuelva a las mayorías el control de los asuntos públicos.

Después de Berlín, son muy pocos los que levantan las manos contra esos muros ya terminados o que se están levantando. Lo más lacerante son los 703 kilómetros de hormigón armado que Israel construye en Cisjordania, un territorio ocupado. La razón es la lucha contra el terrorismo, pero esa pared avanza en meandros que se apoderan del agua y de las tierras más fértiles. A él se añaden los 40 kilómetros que asedian Gaza y que impiden el tráfico de personas y de alimentos. A la vez, también de armas. A nadie, salvo a los palestinos, parece preocuparles este atropello consumado en contra de la legalidad internacional.

El más largo es la muralla de 2.700 kilómetros con la que Marruecos aísla al Sáhara Occidental, pero el más ominoso es la barrera de 1.100 kilómetros que sigue avazando en Estados Unidos para tratar de impedir que por su frontera con México crucen los espaldas mojadas. También España tiene sus vergüenzas revestidas de alambradas en Melilla y Ceuta.

Hay otros muros, como el que divide Chipre o aquellos que encierran a un país en sí mismo (Myanmar), o los que condenan a casi todo un continente a la explotación y el abandono (África). Pero salvo las condenas rituales de algunos dignatarios, se extienden el hambre y la injusticia sin que a nadie parezca importarle nada.

El mundo global que se predica avanza dividido en dos, impulsado sólo por el maná de la plusvalía. La prosperidad está reservada a una minoría, por eso la principal barrera, la más sutil y eficaz de las que existen, es la que condena a una gran mayoría a vivir en la desgracia y sin derechos sólo por su lugar de nacimiento.


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