Opinion · Dominio público

Ciudadanía ‘nihil obstat’

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En correspondencia con las directrices del Consejo de Europa, Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos es una asignatura inserta en la Ley Orgánica de Educación destinada a la promoción de una sociedad libre, tolerante y justa, en la que se defiendan los valores y principios que constituyen los fundamentos de la democracia. El Consejo de Europa insiste al respecto en que los Gobiernos de los Estados deben hacer de la educación para la ciudadanía democrática un objetivo preferente de sus políticas y reformas educativas.

En ningún otro país europeo, salvo España, llevar a cabo esa propuesta fue motivo de tanta oposición, llegándose a promover desde los púlpitos, con la connivencia del Partido Popular en algunas comunidades, una campaña de objeción de conciencia que el Tribunal Supremo dictaminó como improcedente a primeros de año. El cardenal Cañizares calificó la materia de totalitarista, “por violar el derecho de los padres a elegir la educación moral y religiosa que quieren para sus hijos”, y la viceconsejera de Educación de la lideresa Aguirre afirmó que “se trata de una educación con un sesgo muy determinado, pues la izquierda pretende conducir la voluntad de los niños y moldear sus conciencias”.
Para José Antonio Marina, autor tanto de un libro que lleva por título ¿Por qué soy cristiano? como de un manual de la asignatura en cuestión, esa oposición carece de sentido, habida cuenta de que hay un campo para la moral privada y un campo para la moral social, que es de lo que trata la materia: “Vamos a dar unos principios éticos basados en los derechos humanos, pues necesitamos una ética universal, y los derechos humanos protegen a todas las religiones siempre que estas no entren en contradicción con aquellos”.

El mentado Cañizares llegó a sostener que el Gobierno de Rodríguez Zapatero va en contra de la sociedad, defendiendo su eminencia el papel de la Iglesia como impulsora de los derechos humanos. Esa buena conciencia por parte del cardenal está basada en el olvido y está construida desde la mentira histórica, escribió Gregorio Peces-Barba al referirse a la conducta anti-ilustrada de la jerarquía católica española, basada en las encíclicas decimonónicas de León XIII. Con ese espíritu –comentaba don Gregorio–, fue calificada como cruzada la rebelión militar de 1936, se legitimó la idea de que Franco respondía ante Dios y ante la historia y se respaldó la represión terrible que se produjo contra los vencidos después de la Guerra Civil.

A propósito de la conducta de la Iglesia entonces y de lo que asevera el reputado jurista, es muy ilustrativa una revisión del primer manual de ciudadanía de la dictadura franquista, editado en Burgos en 1940, cuyo título Así quiero ser se inscribe en una portada en la que dos niños armados flanquean el viejo escudo imperial. Subtitulado El niño del nuevo Estado, la identidad de su autoría se esconde en tres modestas iniciales, H. S. R., y el libro trata un total de 81 temas, repartidos en seis apartados y un final en el que se insiste en el concepto de unidad inquebrantable a niveles de familia, municipio, sindicato, patria e Hispanidad, con “España como madre para mantener las puras esencias de la sangre y el idioma”. En línea con la unidad, grandeza y libertad de España se afirma que “es una porque no admite desgarros geográficos ni morales, es grande porque se ha impuesto al mundo por el sacrificio de sus hijos, y es libre porque se ha sacudido la servidumbre de los pueblos extraños que quisieron arrebatarle las esencias de su personalidad histórica”. Esas esencias están sin duda en el alma española, que “es naturalmente católica”, pues “la católica, apostólica y romana es la única verdadera y la que profesamos los españoles. Si arrancásemos de nuestra Historia todo cuanto a través de los siglos hemos luchado por la Religión, el resto no sería más que un cadáver, un cuerpo sin alma. Siendo católicos servimos a España y al gran negocio de nuestra alma, que es su salvación”.

“No basta que los españoles vivan unidos y se comuniquen entre sí; eso lo hacen también los pueblos salvajes. Es necesario –asegura el autor al hablar del nuevo Estado– que en toda la nación haya un orden, una disciplina, una ley; uno que mande y otros que obedezcan. Entonces la nación se convierte en Estado. A la cabeza de ese Estado y como jefe hay un Caudillo, al cual estamos todos obligados a obedecer, porque en un Estado moderno y bien organizado –asegura H.S.R.–, el Caudillo es siempre el ciudadano mejor, el más selecto, el superior e indiscutible: el Caudillo sólo responde ante Dios y ante la Historia. España es un Estado totalitario: un solo Jefe, un solo mando, una sola obediencia, porque si a los ciudadanos de un Estado se les consiente que cada uno piense en política como quiera y obre según piense, en lugar de un pueblo organizado tendremos un caos social”.

En el libro no hay ningún capítulo dedicado al sexo, por supuesto, pues sabido es que en aquella España nacional-católica de largo alcance y hondas secuelas no existía el sexo más que como oculto resorte para fomentar las familias numerosas, a las que el Estado debía proteger “porque dan ejemplo de patriotismo, ya que la Patria necesita hijos, no sólo para la guerra, sino para la paz”.

Cañizares califica de totalitarista la actual asignatura de Ciudadanía, legitimada por los organismos democráticos europeos, y la institución a la que pertenece no ha mostrado hasta ahora la más mínima contrición por sus enseñanzas de antaño, inspiradas en el modelo de los regímenes fascistas vigentes entonces en Europa. ¿No pretenderá su eminencia que le creamos cuando nos habla de violaciones de los derechos educativos y de la enseñanza de la actual asignatura como una colaboración con el mal?

Félix Población es  Escritor y periodista en el Centro Documental
de la Memoria Histórica