Una memoria democrática común para nuestras hijas

Yolanda Díaz Pérez

Diputada de En Marea en el Congreso

Hace más de 40 años la ciudadanía española clamaba en las calles pidiendo libertad y democracia. Muerto el dictador las cárceles continuaban repletas de personas detenidas por sus ideas, ¿su delito? luchar por la democracia.

Hace más de 40 años miles de personas celebraban la aprobación de la Ley de Amnistía y con ella la liberación de personas injustamente detenidas. Marcelino Camacho, había sido la voz que simbolizaba la amnistía y pedía su voto favorable en el Congreso de los Diputados. Marcelino, al que tuve el honor de conocer, pedía amnistía laboral, amnistía política y también amnistía para los “delitos” de las mujeres, si, esas mujeres encarceladas por adulterio. Tras años de sufrimiento parecía abrirse camino la libertad y se entreveía el final de la longa noite de pedra.

Ironías de la historia, la Ley de Amnistía acabo siendo utilizada para lo contrario de lo que pretendía, si su objetivo era amparar legalmente la lucha por la libertad, su perversa utilización posterior garantizaba la impunidad de la dictadura y su maquinaria de represión.

Era la coartada perfecta: una ley ideada para despenalizar la lucha por la democracia se acababa convirtiendo en garantía de impunidad. Cruel ironía. Amnistía legal para 40 años de dictadura y 40 años de amnesia oficial. Una ley pensada para la libertad, acababa siendo una ley de punto final para exculpar a la dictadura y a sus miserables agentes de los crímenes contra nuestra humanidad.

Lo más terrible de esta interpretación de la Ley de Amnistía era la igualación de los asesinos con sus víctimas. Era lo mismo el torturador que el torturado. Era lo mismo la violencia y el terror que la educación y la cultura. Era lo mismo el autor de un golpe de Estado que los legítimos defensores de la democracia y su orden constitucional. Era lo mismo el fascismo que la democracia.

La historia de España es pareja a la historia de Europa. El franquismo por desgracia no fue una excepción española, el fascismo sacudió a toda Europa. Tampoco lo fueron las dictaduras. Lo que resulta una excepción española es la impunidad de sus crímenes, y el olvido oficial decretado sobre sus víctimas, un olvido que ya dura más que la propia dictadura. Permitamos el duelo de todos los muertos. Reconozcamos la dignidad de las personas que defendieron su Constitución, que lucharon por nuestra libertad. No nos piden honores, nos piden restituir su honor.

Es comprensible que en los inicios de la democracia hubiese temor a la confrontación civil o al retorno de la dictadura. Pero hoy somos una sociedad sin miedo. No hay nada más viejo que la amnesia. Nos merecemos una memoria democrática común, las heridas solo cicatrizan cuando se curan.

Es por eso que esta semana pedíamos la modificación de la Ley de Amnistía en el Congreso de los Diputados. Estamos hablando es de derechos humanos, que se cumplan en nuestro país las recomendaciones de diversos organismos de Naciones Unidas y del Consejo de Europa para permitir investigar los crímenes de guerra, de genocidio y de lesa humanidad como en todos los países civilizados.

Necesitamos que nuestro país se desprenda de una vez por todas de la dictadura franquista. Es cierto que todos los pueblos han de recordar y olvidar juntos, pero no lo podemos hacer con muertos en las cunetas y verdugos en pedestales. Solo pasaremos página de la dictadura si actuamos como una democracia.

Construyamos una memoria compartida, fundada sobre la verdad, sobre la justicia, sobre la reparación, algo que con su voto no parecen querer aún PP, PSOE y Ciudadanos.

Una Ley para no hablar de pasado, sino para hablar de futuro, de una historia común. No lo hacemos sólo por los luchadores, que como mi padre y sus compañeros y sus compañeras, que lucharon por la libertad, lo hago por mi hija Carmela, por todas nuestras hijas, para que cuando estudien la historia de nuestro país puedan decir con orgullo “Mi abuelo y sus compañeros estuvieron allí!”

Nunca máis amnesia, nunca máis impunidad. Hoy somos un país sin miedo. Inauguremos un tiempo de memoria democrática común.