Opinion · Dominio público

La clave para acabar con sentencias como la de La Manada

Gema Fernández Rodríguez de Liévana

Abogada de Women’s Link Worldwide

Ya han pasado un par de semanas desde que conocimos la sentencia de La Manada. Una sentencia esperada con ansia y esperanza que terminó convirtiéndose en una nueva decepción, en un nuevo obstáculo que superar en la lucha para que todas las mujeres puedan acceder a un sistema de justicia libre de estereotipos y de discriminación.

Que el tribunal no considerara intimidatorio ni violento el contexto que estaba viviendo la víctima, rodeada por 5 hombres en un portal sin posibilidad de escapatoria, nos indica que aún nos queda mucho trabajo por hacer. Realmente nuestra justicia no entiende cómo funciona ni cómo se desarrolla la violencia contra las mujeres. Y digo “nuestra justicia” porque este ha sido un caso muy conocido en España, que ha sacado a relucir la falta de formación en perspectiva de género de la judicatura. Pero, por supuesto, no se trata de un caso aislado, ni en España ni en el resto del mundo.

Tenemos que darnos cuenta de que no nos estamos enfrentando a un hecho puntual, sino a un sistema. No es solo La Manada, no es solo la justicia, no es solo España. Es el mundo, es una estructura social globalizada que cuestiona constantemente a las mujeres y justifica las agresiones sexuales que sufren en base a cómo van vestidas, si iban solas, si habían bebido… o si se defendieron “lo suficiente”.

Muchos jueces y juezas de todo el mundo son parte de esta estructura machista, sean conscientes de ello o no. Comparten, por tanto, estos mismos prejuicios y estereotipos sobre cómo “deberían” comportarse las mujeres. Y no dudan en plasmarlos en decisiones judiciales machistas, que apuntalan y refuerzan el sistema para que se siga manteniendo.

Hablo de decisiones como la del tribunal italiano que absolvió a un hombre del delito de violación porque su compañera de trabajo no gritó. O del tribunal canadiense que absolvió a un taxista porque la pasajera a la que violó estaba inconsciente y no era posible probar que no había consentido antes de desvanecerse. En México porque para el juez la violencia sexual que sufrió una joven fueron solo “tocamientos”. En Kenia porque, según el juez, las niñas interponen denuncias falsas sobre sexo no consentido. En la India porque supuestamente una mujer no puede ser violada por su esposo. Y podríamos seguir. Vemos ejemplos de este tipo de sentencias todos los días, sin excepción.

¿Cómo es posible que se sigan dictando una y otra vez este tipo de sentencias? Una razón evidente es que los jueces y juezas, así como el resto de operadores que participan en los procesos judiciales, no están recibiendo la formación necesaria. No se les prepara para reconocer los prejuicios machistas, presentes tanto en el origen de los hechos que juzgan como en sus propias actuaciones. Habrá quien se excuse en que tampoco se está formando al resto de la sociedad, y es cierto, pero la diferencia es que las decisiones judiciales sientan precedentes importantísimos. Nos indican cómo debemos comportarnos, qué está permitido y qué no. Son uno de los espejos en los que nos miramos como sociedad. Y, por descontado, tienen una enorme repercusión en la vida de las supervivientes y de todas las mujeres, quienes reciben un mensaje de desprotección.

Desde las organizaciones que defendemos los derechos de las mujeres llevamos mucho tiempo explicando que la clave para acabar con sentencias como la de La Manada es la formación judicial en el uso de una perspectiva de género. La justicia tiene que impartirse respetando el principio de igualdad y de no discriminación que recogen la constitución y los tratados internacionales. Por eso, es necesario que los jueces y las juezas sean capaces de reconocer el contexto machista en el que se produce la violencia de género y que sus sentencias corrijan la discriminación histórica que hemos sufrido las mujeres y las niñas.

Solo así podrán comprender cosas tan lógicas como que no es coherente exigir a una mujer que está sufriendo una violación grupal que se defienda cuando otras muchas mujeres han sido asesinadas precisamente por oponer resistencia. Solo así se dejará de una de vez de juzgar el comportamiento de las supervivientes y se empezará a juzgar a los agresores.