Opinion · Dominio público

Nuevo Gobierno, viejas ideas

Cristina Narbona
Diputada del PSOE por Madrid
Ilustración de Enric Jardí

El modelo productivo de Rajoy resulta evidente tras su investidura, la estructura de su Gobierno y su primer “decretazo”. La única “sostenibilidad” que el nuevo Gobierno entiende es la de las cuentas públicas; se defiende, como un dogma irrefutable, que la recuperación de la crisis exige ante todo “no gastar lo que no se tiene”. Lástima que esta máxima se imponga tras demasiados años de estímulo al consumismo, al despilfarro y al sobreendeudamiento, así como de tolerancia excesiva con la corrupción, muy asociada a la burbuja inmobiliaria y a las grandes obras públicas.

Sin duda, al sector público (y a las empresas y a las familias) le toca ahora reducir su deuda con los bancos; o sea, con los “ mercados”. Pero la lógica de la sostenibilidad –es decir, del reconocimiento de los límites y de los equilibrios a preservar como garantía de un progreso duradero– debería extenderse de una vez por todas al ámbito de lo social y de lo ambiental. La economía española puede salir reforzada de la crisis si se apuesta por un modelo de desarrollo basado en el conocimiento y en la puesta en valor de todos nuestros activos. Con menores deudas con los bancos y con el planeta.

Rajoy –tras descubrir la crisis global– no mencionó la burbuja inmobiliaria como la causa específica de la gravísima destrucción de empleo en España. De hecho, se recupera la desgravación fiscal a la compra de vivienda para las familias de mayores ingresos, mientras se reduce la inversión pública en I+D, educación e infraestructuras. Un auténtico disparate, según el análisis de la OCDE o del FMI sobre las carencias de la economía española.

Rajoy evocó como vector de salida de la crisis una rancia visión bucólica del medio ambiente, bien diferente de la moderna apuesta de la economía verde, practicada en muchos países de nuestro entorno. Una visión de lo ambiental que elude cualquier planteamiento de compromiso ético global y que no parece incluir preocupación alguna respecto a los efectos de la contaminación sobre la salud.

De forma algo críptica, Rajoy afirmó también que la política sobre el cambio climático es “mucho más que participar en las cumbres internacionales…”. Pero tras esa frase no hay la mayor ambición: por ello, sobraba la secretaría de Estado de Cambio Climático. El Gobierno debería leerse los informes de Nicholas Stern o de la OCDE según los cuales las ventajas económicas de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero superan con mucho sus costes, en particular para un país como España.

Rajoy no mencionó en ningún momento las energías renovables, pero aclaró lo fundamental de su paradigma energético: “utilizar todas las tecnologías, sin demagogias…”. Como bien le señaló Rubalcaba, con esa afirmación Rajoy llamaba demagoga nada menos que a Merkel, que ha optado por la eliminación de la energía nuclear en el horizonte de 2020, acelerando el avance de las energías renovables. ¿O es que Rajoy piensa que Alemania está en mejores condiciones que España para tomar dicha decisión? La realidad es la contraria: las empresas españolas de renovables compiten con las alemanas en el mercado mundial. Y la red eléctrica española tiene hoy una capacidad de integrar estas fuentes energéticas con resultados muy superiores a su homóloga germana.

Ahora ya sabemos que el Gobierno prorrogará la central de Garoña mas allá de 2013, señal inequívoca de su apuesta por la energía nuclear, anunciada antes de la campaña electoral en un informe de la FAES. Y ha querido anticipar también la decisión sobre la ubicación el cementerio nuclear antes de cualquier atisbo de debate sobre el futuro de esta energía, como si el desastre de Fukushima no exigiera un planteamiento más democrático.

Las energías renovables son las únicas cuyo combustible es al mismo tiempo seguro, limpio, gratuito y autóctono y cuyo coste de utilización disminuirá hasta igualar el de los hidrocarburos, que seguirá subiendo, según la AIE. Permiten, además, reducir la gravísima dependencia exterior de España, que importa mas del 90% de los recursos energéticos –incluido el uranio–, lo que representa casi la mitad de nuestro déficit comercial. Asimismo, generan hasta diez veces más empleos por kilovatio que las energías convencionales y contribuyen a consolidar actividades industriales de alto contenido en I+D. Pero todo ello parece irrelevante al actual Gobierno, con el pretexto de la necesaria reducción del déficit tarifario. Resulta, pues, imperioso un debate serio en esta materia, para aclarar de una vez las verdaderas causas de dicho déficit, fruto de un cúmulo de decisiones políticas y de un sistema de retribución que ha comportado beneficios extraordinarios sobre todo a la energía nuclear y a la hidroeléctrica.

En síntesis, muchas viejas ideas, que dibujan un modelo productivo obsoleto e injusto; una apuesta equivocada por una mejora de la competitividad basada en salarios bajos y en el retorno del ladrillo como actividad dominante.
Pero la realidad es tozuda. La creciente presión a escala mundial sobre los recursos naturales, para obtener alimentos, energía y agua hará cada vez mas prósperos y más competitivos a aquellos países capaces de satisfacer mejor sus necesidades básicas utilizando menos recursos, generando menos contaminación y menor impacto sobre la trama de la vida.

La información disponible hoy permite además confiar en nuevas exigencias por parte de ciudadanos cada vez mas concienciados. Por cierto, la palabra “ciudadanos” tampoco se oyó en el discurso de Rajoy. ¿Por qué será?