Dominio público

Opinión a fondo

Las mujeres como “poblaciones objetivo”

03 abr 2013
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Begoña Marugán Pintos
Socióloga

La lectura de cualquier texto de una feminista tan prestigiosa como Judith Butler seguro que podría ayudarnos a comprender la escasa repulsa social contra los asesinatos de mujeres, pero esta mañana, ha sido curiosamente en su Conferencia  “Violencia de Estado, guerra, resistencia” pronuncia en Barcelona en 2010, donde he encontrado alguna posible clave.  En ella, Butler trata de explicar cómo cualquier combate se produce en el terreno sensorial y que toda guerra es una guerra sobre los sentidos. «Cuando hablamos de “poblaciones objetivo” estamos hablando de gente que ha sido agrupada dentro de un marco, circunscribiendo tanto su precariedad como su carácter desechable. (…) Al establecer cuáles son las poblaciones blanco, la guerra distingue entre aquellos cuyas vidas deben ser conservadas y aquellos cuyas vidas son prescindibles. (…) Cuando una vida se convierte en impensable o cuando un pueblo entero se convierte en impensable hacer la guerra es más fácil. Los marcos que presentan y sitúan en primer plano las vidas por las que es posible llevar duelo funcionan para excluir otras vidas como merecedoras del dolor».  Dichos marcos, según la autora, operan en la prisión y en la tortura, pero también en la política de inmigración.

Después de una negra Semana Santa con tres mujeres y una niña asesinada presuntamente por violencia de género esta explicación de la violencia simbólica ejercida previamente a la materialización encarnada de la violencia física se presenta plausible.

Butler se refiere a cómo las formas del racismo instituidas  y activas a nivel perceptivo tienden a producir versiones icónicas de poblaciones que merecen ser lloradas en gran medida y otras cuya pérdida no es tal y que se mantienen como no merecedoras de dolor. Y yo me atrevería a referirme también a las formas de machismo instituidas que taponen toda percepción de igualdad de las personas ante la vida. Cuando estos días en twitter podíamos leer «el #terrorismomachista ha asesinado a 891 mujeres en 14 años (3 este fin de semana), más que ETA en 40 años», «Ya son 15 las mujeres asesinadas por el #terrorismomachista y el silencio cómplice lo sigue permitiendo», «Hoy otra más. Ya 15 #mujeresasesinadas2013 en España por #terrorismomachista. Clamoroso silencio en las redes», o  «¿Cuánto vale la vida da cada mujer? Los asesinatos x #terrorismomachista no indignan suficiente como para acabar con esta lacra patriarcal» se estaba denunciando como la desigualdad ha impregnado los esquemas dominantes de conceptualización y afecto.

Cuando se tiene el sentimiento y la creencia en la igualdad de todas las personas no se puede comprender por qué una persona asesinada por ETA provoque, cómo es lógico, la repulsa y denuncia pública en las calles y los medios y sin embargo las redes sociales y la calle pueden no “incendiarse” con el asesinato constante y continuo de mujeres y niños y niñas por violencia de género. ¿Cómo se puede apelar a los derechos humanos y no estallar frente a quienes se involucran en el derecho a disponer de la vida de otros? ¿Qué valor se da en esta sociedad democrática a las mujeres?

1.      ¿Cuántas tienen que morir para que nuestros campos sensoriales entiendan esta situación, y  la dominación masculina sobre la que se asienta, inadmisible? Parece que se tratara de una cuestión de cifras. ¿Cuántas víctimas son necesarias para que, al considerar la violencia un problema intolerable, actuemos? Esta es la repetida pregunta de las que se lamentan. Sin embargo, cuando alrededor de 66 mil mujeres son asesinadas por razones de género cada año en todo el mundo y, de 2004 a 2009, los asesinatos dolosos de mujeres representaron la quinta parte de las víctimas totales de homicidios de acuerdo con el informe de 2012 de Rashida Manjoo, relatora especial de Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres, y la ya ex Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, Michelle Bachelet, presenta la violencia contra las mujeres como  una pandemia, parece que no se trata de una cuestión de números. En este caso, como en el análisis que hace Butler de la guerra, también podemos pensar que los datos no ofrecen un balance de las pérdidas. Incluso contrariamente, se utilizan para minimizar el problema y algún señor diputado, de la Comisión de Igualdad del Congreso, no tiene empacho en cuestionar la realidad del problema.

2.      Ante este fenómeno la dimensión del problema no parece relevante. La condena de la violencia machista fue la misma este pasado fin de semana cuando se contó el 13 asesinato, que cuando se sumó otro e incluso, se añadía otra víctima más el domingo. Y es que, paradójicamente, para algunas cuestiones es nulo el poder de las cifras. Ciertos esquemas mentales de aceptación de lo admisible y de lo inadmisible permiten que para una población que se considera “objeto” las cifras no tengan ninguna autoridad. La consideración de objeto, la cosificación que durante siglos se nos ha infringido a las mujeres debe pesar lo suyo cuando, ante un asesinato como el de una niña de seis años parece que no tienen nada que decir esos hombres que están preocupados por defienden la paternidad.

El asesinato de Leonor, la niña hallada muerta este lunes en el municipio de Campillos (Málaga), presuntamente a manos de su padre, que tenía una condena de seis meses de prisión por violencia de género contra su expareja, nos lleva a pensar la fuerza que tiene en esta sociedad el otorgar la custodia a los padres. Sería interesante que se analizaran las sentencias de los tribunales y se observara si esta “ley del padre” – que impera con argucias como el Síndrome, nada científico, ni probado, de la Alienación parental- sigue primando sobre el interés superior del menor y el derecho de los y las menores a ser escuchados.

El asesinato de niños no es una excepción. Según la información que aparece en la web de la Federación de Mujeres separadas y divorciadas, en al año 2012, 6 niños y niñas fueron asesinados y en 2013 con Leonor serían ya 3. Ante situaciones como ésta, el jueves 20 de septiembre de 2012 Ángela González Carreño, en su nombre y en el nombre de su hija Andrea- asesinada por su padre- y la organización Women’s Link Worldwide presentaron una demanda ante el Comité para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) contra el Estado español. En la demanda se pedía al Comité que condene a España por dejar en la impunidad la violencia de género que Ángela y Andrea sufrieron y que se le declare responsable por el asesinato de Andrea a manos de su agresor que había sido denunciado más de 40 veces.

Esta “ley del padre” -y de ahí que no podamos dejar de hablar de patriarcado- es la que sigue rigiendo y que dificulta el combate social contra esta batalla sensorial contra la destrucción del “otro”, en este caso “las otras”, pero afortunadamente contamos como personas como la filósofa feministas Judith Butler a la que tenemos que agradecer el que, una vez más, nos haga pensar  y convertir la rabia en performatividad y plantearnos ¿cuánta violencia simbólica estamos dispuestos a tolerar?