Lo que no me ha pasado a mí
Tags: Memoria histórica políticaLIDIA FALCÓN
Cuando César Falcón, mi padre –escritor, periodista, director del periódico del Partido Comunista Mundo Obrero y de la emisora de radio que retransmitía las crónicas de la guerra, Altavoz del Frente–, salió de España en marzo de 1939 huyendo de la persecución de las tropas franquistas para exiliarse en Francia y posteriormente en México, nunca creyó que jamás podría regresar a aquel país que había sido su patria durante 20 años y por cuyo progreso había luchado hasta el último minuto.
Cuando Carlota O’Neill de Lamo –hermana de mi madre, Enriqueta O’Neill–, esposa del capitán de aviación Virgilio Leret Ruiz, fue detenida en Melilla dos días después de que su marido fuese fusilado por las tropas facciosas que se habían alzado en armas contra el Gobierno de la República, nunca pudo imaginar que 72 años después, y en plena democracia española, no se habrían investigado y juzgado todavía los crímenes cometidos por los responsables de la dictadura que encabezaba Franco. Tampoco hubiera podido imaginarlo cinco años más tarde, cuando salió de la prisión melillense, viuda, sin conocer siquiera la tumba de su marido, y recogió a sus dos hijas, María Gabriela y Carlota, de ocho y diez años, en el asilo de huérfanos de militares de Aranjuez.
Ni cuando tuvieron que exiliarse en Venezuela, ocho años más tarde, ni ella ni mi madre ni mi abuela, Regina de Lamo, pudieron imaginar, terminada la II Guerra Mundial y abandonada España por las potencias democráticas a los horrores de la dictadura, que en 2008 la Audiencia Nacional española, ya en democracia, impidiese que los descendientes de las víctimas buscasen los restos de sus antepasados, tirados en las cunetas de las carreteras y en las peñas de los montes, como si de perros abandonados se tratase.
Las décadas han transcurrido, indiferentes al sufrimiento de las víctimas de la represión franquista: 200.000 desaparecidos, 250.000 fusilados, 600.000 encarcelados, un millón de exilados (en proporción a su población, 22 millones de habitantes, España es el país con más pérdidas humanas derivadas de una guerra civil). Durante los interminables años de la dictadura, luchábamos por sobrevivir y acabar con aquel infame régimen que se prolongó más que ningún otro régimen fascista europeo, pero al fin conquistamos toda la democracia que nos dejaron, y desde entonces, otros 30 años más, estamos exigiendo que se reconozca la injusticia de los juicios espúreos que se celebraron manu militari y que acabaron con el fusilamiento o la prisión de miles de personas, por sus actividades políticas o sindicales. Que se investigue el paradero de los miles de desaparecidos, que se indemnice a las víctimas o a sus herederos.
Nada de esto se ha producido todavía, a pesar de la esforzada labor que durante 20 años han realizado particulares y asociaciones en reclamación de la verdad, de la justicia, de la dignidad. En este año 2008, el auto del juez Baltasar Garzón iniciando diligencias para investigar los crímenes del franquismo había dado un poco de esperanza a los solicitantes, pero los ilustres magistrados de la Audiencia Nacional, tan parecidos a aquellos que juzgaron la represión desde el Tribunal de Orden Público, se la han quitado. Los franquistas siguen rigiendo la justicia española.
En España, los franquistas, que siguen detentando los bienes de los que se apropiaron, continúan inundándonos con los mismos gritos destemplados de siempre, con su inaudita falsificación de la realidad, con sus burlas del genocidio que perpetraron, con su desprecio por los sufrimientos de un país que perdió en tres años el más consciente movimiento obrero, las mejores cabezas de la intelectualidad, la magistratura, el profesorado, la universidad, la investigación, los dirigentes sindicales y políticos, que fue sepultado en la miseria económica y moral durante medio siglo. Perdida la Guerra Civil, perdimos también la II Guerra Mundial, y por tanto nuestro destino no fue el de las potencias aliadas, pero tampoco el de la Italia fascista. Aquí quedamos los españoles hundidos en el pantano de corrupción y crimen de la dictadura, y después, cuando se celebró el nacimiento de una democracia modélica, y durante otros 30 años más, ni siquiera nos permitieron recordarlo. Por ello, la mayoría de los descendientes de las generaciones que la soportaron ignora la verdadera horrible realidad de aquella etapa.
Lo más demoledor de la historia española es que no solamente los herederos de los franquistas niegan la represión que ejerció su apreciado régimen, sino que los que no la vivieron directamente la minimizan. Las obras que se han publicado, las películas que se han filmado, los reportajes que se han realizado, no reflejan en todo su horror lo que fue la vida cotidiana, la lucha de los resistentes antifranquistas, la brutalidad y sordidez de las prisiones, la miseria del pueblo, los actos de tortura que se producían constantemente en las comisarías y cuarteles contra todo disidente o simplemente sospechoso. Porque los muertos no hablan, los exiliados lo hicieron allende los mares, los que quedaron aquí silenciados no pudieron dar testimonio de la profundidad de la destrucción de nuestra condición humana.
Por eso es posible que los que no se enteraron de la verdadera miseria de nuestra vida consideren que no vale la pena remover las historias del pasado, porque piensan que lo que no me ha pasado a mí no le ha pasado a nadie. Por eso es posible que sigan oyéndose todavía más altos los gritos fascistas que los de las víctimas.
Lidia Falcón es abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista de España
Ilustración de Iker Ayestaran








Comentario por luchino
11/11/2008 @ 09:41
¿ Que se puede decir ? Pues que chapeau, sra. Falcon…
Comentario por Teodoro
11/11/2008 @ 11:24
LA NECESARIA REPARACIÓN “JURÍDICA” DE LAS VÍTIMAS DE LOS CRIMENES CONTRA LA HUMANIDAD DEL FRANQUISMO
Quienes patrocinaron, elaboraron y llevaron a término el proyecto político llamado “Transición” tenían un intenso sentido patrimonial del Estado, en el sentido de considerarlo como cosa propia y que, por tanto, podía configurarse del modo en que convenía a sus intereses, a sus pretensiones. Ese sentido patrimonial de lo estatal, para buena parte de los muñidores de la transición, era algo natural por su origen y para ellos el franquismo se había apropiado legítimamente del Estado como botín de guerra y habían ejercido de gendarmes que aseguraron que no volverían a producirse los desmanes republicanos, !he ahí el fundamento de su inexistente legitimidad¡. Ellos, en el nuevo reparto, no querían a renunciar mas que a lo estrictamente imprescindible. Los advenedizos también querían participar del festín y para ello debían renunciar a buena parte de sus pretensiones democráticas, a lo que se aprestaron con un entusiasmos mal disimulado con el argumento de que la reconciliación nacional obligaba a renuncias tan dolorosas como necesarias. De espaldas a la voluntad popular y para evitar males mayores, unos y otros se apropiaron del nuevo Estado, lo configuraron “consensuadamente” del modo en que sus conveniencias exigían.
Así se vino a construir un Estado de diseño, resultado de la convergencias de los intereses y ambiciones de unos y otros, lo que exigió mutuas concesiones, algunas de ellas dolorosas para las partes, pero que eran convenientes para alcanzar un fin en el que ninguno de los grandes protagonistas perdería más que lo que podría perder de haberse optado por otra vía en la reconstrucción estatal.
Aparte de la cortedad de miras, aparte del olvido de la voluntad popular, ¿se hizo esa Transición bajo la directriz del Derecho? Lamentablemente no, y así se configuró un modelo sui generis de impunidad transicional que suponía graves incumplimientos jurídicos.
En ese contexto se hicieron cosas que , sencillamente no era posible hacer. El deficit democrático con que se inicio la ejemplar Transición se relaciona con que la arquitectura jurídica del nuevo Estado, que había ignorado el ius cogens contenido en el Derecho intencional sobre derechos humanos, el Derecho internacional penal y el derecho de las víctimas que lo son como consecuencia de crímenes contra la humanidad, lo que en el Derecho internacional está perfectamente tipificado y no son pocos los instrumentos jurídicos que las reconocen con nitidez y establecen los medios para reparar jurídicamente su terrible situación.
De modo que, aunque luego la CE vino a reconocer que ese Derecho internacional forma parte del Derecho interno, el nuevo Estado ignoró sus obligaciones jurídicas respecto de las víctimas de los crímenes contra la humanidad. Obligación estatal ineludible por los fundamentos jurídicos que las amparan. Y sin embargo, el nuevo Estado incumplió sus obligaciones jurídicas normativizadas en el Derecho interno y en el Derecho internacional. Los incumplimientos no son triviales, sino sustanciales, hasta el punto que dichos incumplimientos vienen lastrando la pretendida nueva democracia y pone a España en una difícil situación para arrogarse la condición de ser un Estado de derecho.
De la Ley de Amnistía de 1977, para que hablar, ya lo han hecho la propias Naciones Unidas que se han manifestado claramente sobre esa norma con pretensiones jurídicas legítimas y legales. En cuanto a la llamada Ley de Memoria Histórica, solo decir que no reconoce el derecho “jurídico” de las víctimas del franquismo, y no siendo así se pervierte su contenido que queda reducido a un gesto de distracción.
Derechos fundamentales como el de las víctimas de crímenes contra la humanidad no pueden quedar impunes y de ser así se perpetuará el maleficio de las dos españas, hablar de democracia será un ejercicio de cinismo y decir que este es un Estado de derecho, una pretensión huera.
Hoy por hoy, las víctimas están ofreciendo a España la oportunidad de recuperar la dignidad perdida.
Comentario por Fétido
11/11/2008 @ 11:38
Se puede decir más alto.
A menudo me avergüenzo de que me tocase nacer en este país. Cuando leo testimonios como este, más.
Un abrazo.
Comentario por Sánchez
11/11/2008 @ 16:49
Pues sí, y una cosa que me soprende mucho es el haberme pasado toda mi niñez y juventud oyendo todos los días que ”España es un gran ejemplo de transición política”…. vaya transición!!! que 70 años después aún tengamos las cunetas llenas de cadáveres, que los asesinos nunca fueran a la cárcel, que no se recuerde el genocidio que durante décadas sufrió este país… a mí me da vergüenza haber nacido aquí.
Comentario por Perro muerto
11/11/2008 @ 16:52
Los republicanos españoles han tenido desde antiguo una extraña fijación con los cadáveres y las exhumaciones, una actitud que yo calificaría de atávica. No hace tanto, fieles a su peculiar justicia poética de ultratumba, saqueaban conventos, profanaban las sepulturas de las monjas difuntas y bailaban a plena luz del día con los despojos de esas envenenadoras del pueblo. También es destacable la ocurrencia de algunos terroristas, digo milicianos, de fusilar simbólicamente a Cristo, instrumento de enajenación por lo visto incompatible con el nuevo hombre surgido del sacrificio y la sangre generosa, a poder ser la del prójimo.
Todo esto se repite hoy bajo el incruento manto del Derecho -por aquello de la revolución desde dentro, ya se sabe. ¿O será que el espíritu del estalinismo necrófilo ha poseído al juez Garzón y a la adocenada familia de la izquierda hispana hasta volverla más religiosa que Príamo?
Comentario por Clara
11/11/2008 @ 17:44
Enhorabuena Lidia, enhorabuena ”Público”. Gracias.
Comentario por Sánchez
11/11/2008 @ 20:03
Perro Muerto, haces honor a tu nombre. Lo que es la ignorancia… me hace gracia ver los argumentos de los perros muertos que como tú están en contra de que en este país se abran las fosas comunes, no sé cómo no se os cae la cara de vergüenza. Meter en un mismo saco a un miliciano asesino y a un maestro republicano dice mucho de vuestro analfetismo crónico. Cuando sólo se saben decir estupideces de ese calibre es mejor callarse.
Militares argentinos, chilenos, paramilitares serbios, bosnios, croatas, sicarios y militares colombianos o brasileños y franquistas asesinos piensan exactamente igual que tú…
Comentario por Anónima
16/11/2008 @ 00:35
Historia, por historia, estimada Dña. Lidia. Ya que nos ha contado la suya personal, tan elocuente, le contaré la mía, más modesta, pero quizá más compartida y general, por mucho más frecuente.
Ni que decir tiene que yo estoy plenamente a favor de que la gente pueda localizar y recuperar los huesos de sus seres queridos, víctimas de la guerra civil o de la represión franquista. ¡Pues eso faltaría! Pero se olvidan muchas cosas que son las más esenciales y generales. Y se lo voy a ilustrar.
Cuando mi abuelo paterno, padre de familia de cultura media, republicano y votante de Azaña sin más y sin afiliación alguna, y empleado de las oficinas de La Compañía de Ferrocarriles del Norte, que se chupó con su familia todo el asedio de Madrid pasando hambre, fue juzgado y depurado por haber votado al Frente Popular y delitos de opinión, nunca pensó que le condenarían a dos años de arresto domiciliario con suspensión de empleo y sueldo, y que cuando le llamaran de nuevo a trabajar tras los dos años le pondrían 15 horas diarias a atender una ventanilla con el sueldo congelado de un limpiavías de antes de la proclamación de la república.
Cuando su mujer, mi abuela paterna, que trabajaba en las mismas oficinas fue juzgada y depurada, no sólo por haber votado a Azaña, sino también y muy especialmente por tejer algunos jerseys con otras mujeres con lanas de desecho, para ser enviados a los soldados del frente republicano, no pensó que le iban a dar a elegir entre despido inmediato o diez años de depuración en un pueblo del Pirineo aragonés. Cuando eligió la depuración por saber que a su marido le dejaban dos años sin sueldo y arrestado, pensando que desde allá podría enviar dinero a su marido y dos hijos, nunca pensó que al llegar le dirían que iba a ganar el sueldo de una limpiadora de estación de antes de proclamarse la república. Nunca pensó además que una patrona de pensión infecta y con chinches le iba a exigir todo ese sueldo. Nunca pensó que unas monjas de un convento de desamparados de por allá la iban a rechazar cuando les suplicó que la acogieran a cambio de fregar por las noches, para poder enviar unas pesetas. Y nunca pensó que no podría renunciar a la decisión tomada, para elegir el despido y volver con los suyos.
Cuando el hijo mayor de mis abuelos, con gran orgullo para los suyos, había acabado el bachillerato en julio del 36, nunca pensó que no podría hacer más. Nunca pensó que por un palizón y amenazas de muerte de los falangistas (quiso infiltrarse entre ellos y lograr un carnet para obtener trabajo, mientras juzgaban a sus padres), se vería obligado al acabar la guerra a huir a Colombia. Nunca pensó que moriría enfermo y desgraciado.
Cuando mi padre, que era un niño listísimo de casi 9 años en julio del 36, había acabado el cole, nunca pensó que no volvería (soñaba con ser ingeniero). Nunca pensó que a los 12, acabada la guerra, estaría llevando el pan de una tahona de madrugada a las casas de los pocos afortunados, a cambio de un chusco al día que compartía con su padre recluido en la casa desvencijada en una cuñada (la suya la perdieron). Nunca pensó que además vendería tabaco con un cajón en los pocos cines recién abiertos, y que le pagarían a veces con picadura, que se fumaban entre su padre y él para engañar el hambre (a los 12 años). Nunca pensó que a los 14 años nadie le daría siquiera un mal trabajo, por ser hijo de depurados. Nunca pensó que sólo entraría clandestinamente en una empresa de chico de almacén por una propina, gracias a una compañera de colegio de mi abuela, casada con el director general. Nunca pensó que a los 18 años, en 1947, se iría voluntario a una mili de cuatro años sólo para poder hacer dos comidas al día y elegir destino, quedándose allí, y simultanear mili y trabajucho miserable, porque si se iba y lo perdía, no se podría pagar entero el alquiler del cuartucho miserable que compartía con su padre. Y se iba del trabajo al cuartel y durante cuatro años hizo guardias los fines de semana completos, pero comía lentejas y garbanzos con gorgojos.
Cuando mi abuelo materno, padre de ocho hijos y militar, y republicano convencido sin mayores implicaciones que las de ser votante y simpatizante de I. R., fue sometido a consejo de guerra al acabar ésta, degradado y pisoteados sus galones (era comandante entonces, y capitán antes de la guerra), y además recluido en un penal militar (cosa que supe recientemente), su mujer y su hija mayor –aún viva-, nunca imaginaron que deberían hacer milagros para dar de comer a una familia, a la que se había sumado la anciana madre de mi abuela y su hermana menor, refugiadas ya allí en guerra porque su casa había sido destruida. Tampoco pudo imaginar lo que costaría el que todos aquellos hijos encarrilaran sus vidas.
Cuando mi abuela materna se atrevió a preguntar por su tío paterno en pleno franquismo, nunca imagino que casi la echarían a patadas, siendo aquel un mártir potencial. Su padre era de un pueblo pobre, y tenía un hermano inteligentísimo como pocos, de tal manera que el maestro del pueblo convenció a la miserable familia de que el único modo de dar estudios a aquella cabeza privilegiada era meterlo en el seminario. Cursó allí estudios y era teólogo, y además doctor en Derecho. Cuando mi bisabuelo murió muy joven de pulmonía, este hombre, con sus emolumentos modestos de cura párroco, ayudó a la manutención de mi bisabuela, viuda y con tres hijas, a las que dedicó todo su esfuerzo hasta que fueron saliendo. Aún lo hacía cuando estalló la guerra civil, en que era cura párroco de pueblo. Denunciado por una mujer mayor que le limpiaba la casita parroquial, a cambio de llevarse su pequeña hucha, sólo con el tiempo se ha sabido que le dieron “el paseíllo” el 2 de agosto de 1936 en Madrid, sin más noticias de dónde o cómo. De nada le sirvió a mi abuela tener un tío cura liquidado. Nunca imaginó que su marido moriría en la segunda mitad de los 50, readmitido en el ejército como sargento depurado, y que quedaría con una pensión miserable hasta el fin de sus días, mucho después de que muriera Franco.
Cuando mi madre se casó con mi padre, nunca imaginó que debería cambiar su mal pagado trabajo de secretaria –no querían secretarias casadas y embarazadas muy seguido-, por el cuidado de unos hijos y una suegra diabética, medio imposibilitada, doliente, ya viuda y con la vida amargada, y una pensión de limosna. Nunca pensó que trabajaría como una fiera, con sólo un sueldo de miseria del marido, para sacar adelante a sus tres hijos y cuidar más de 20 años a una anciana, y que además llegaría a ver a su marido incapacitado.
Cuando mi padre trabajaba en la empresa en la que pudo entrar a los 14, ya como contable y con un sueldo miserable, saliendo a las 7 de la tarde y completando hasta las 10 con pluriempleo para comer hasta fin de mes y pagar el alquiler y los recibos, y trabajando las tres semanas de vacaciones para poder pagar los libros de sus hijos cada curso, nunca imaginó que antes de cumplir los 50, sufriría un infarto y una embolia, con un enfisema pulmonar declarado (fumaba nerviosamente tres paquetes de “Celtas” sin filtro al día, y sin madre ni padre efectivos, había fumado desde los 12, lo que unido a un estrés de locura, produjo sus efectos).
Cuando a los 17 años, yo, su hija mayor, acabé mi COU brillantemente y conservando una beca desde hacía años, nunca imaginé que ese verano iba a cambiar mi vida. Nunca imaginé que mi padre quedaría en casa cinco años conectado a una bombona de oxígeno, que le darían la incapacidad laboral y que su exiguo sueldo quedaría reducido al 40%, y que además ya nunca podría ejercer pluriempleos. Nunca imaginé que las becas y el sólo tener unos vaqueros y dos o tres camisetas ya no serían suficiente, y que debería emprender una carrera con una clase sí y otra no, para ejercer a la vez de chica recepcionista, dar infinitas clases particulares hasta los fines de semana y hasta trabajar de limpiadora por horas, así, durante 5 años en que la terminé, para darle a mi madre hasta la última peseta y poder seguir viviendo, y que nunca podría permitirme vivir la alegría asamblearia y las actividades políticas de la transición, como mis compañeros de facultad, salvo excepciones, de casas bien acomodadas. Bien es verdad que nunca imaginé que pese a todo, con el tiempo tendría dos carreras y ganaría por oposición una plaza de funcionaria pública, que me permite no temer demasiado en pellejo propio la crisis.
Nunca imaginé que mi padre, hacia el fin de mi primera carrera, se levantaría a trompicones y se despojaría del balón de oxígeno, para renunciar legalmente a su incapacidad y coger un trabajo en el que ganaría un poco más que su mísera pensión, renqueando y asfixiándose porque le faltaba el aire al dar cuatro pasos. Nunca imaginó –o quizá siempre lo supo- que volvería su infarto, y que moriría de una hemorragia cerebral fulminante poco después de los 60.
Mi fuerte madre nunca imaginó que viviría con una mísera pensión hasta el año pasado en que murió, y que sobreviviría económicamente por vivir con un hijo, que afectada de males que al final la llevaron a una demencia senil necesitaría cuidados especialísimos que nunca podría pagarse personalmente, y que sólo tuvo porque los hijos lo sufragaron. Nunca imaginó que moriría imaginando que era niña y debía correr porque caían bombas y su abuela la esperaba en el refugio, o que debía pelar muchas patatas porque su marido venía del trabajo y sus hijos de la escuela, y aún no tenía el guisado hecho.
Nunca imaginé que casada con mi marido, funcionario también y ya con hijos, y pagando nuestras hipotecas, deberíamos subvenir no sólo a las necesidades de mi madre, sino a las de mi suegra hasta su muerte, que trabajó y sufrió en su vida desde la niñez enormes penurias, afectada de Alzheimer y necesitada de enormes cuidados y, como mi madre, con una pensión cuasiasistencial. Y es que era viuda de un jornalero agrícola –mi suegro-, que fue a la guerra en el bando republicano en la quinta del biberón, que fue soldado prisionero, que recibió balazos, y que fue luego castigado a hacer de nuevo una mili de 5 años, que a duras penas y a jornal temporero, sacó adelante tres hijos, desde la pura miseria, uno de los cuales es mi marido, que también hizo su carrera trabajando para contribuir al pan de su familia.
Nunca imaginé que mi tía materna, que con mi abuela afrontó tantas cosas, que trabajó asalariada toda su vida y llevó una casa, que vivió todos los males hasta hoy, y que mañana cumple 91 años y vive a mi lado para que yo la cuide, el día en que se aprobó la ley de la Memoria Histórica, sacara unos viejos papeles amarillentos, copias a máquina con papel carbón, del consejo de guerra de mi abuelo, y yo pudiera leer en él que mi abuelo tuvo una sentencia con pena de prisión, que era lo único que no sabía. Nunca imaginé que me dijera: “hija, no sé si lo quemes, pues ni lo van a anular, y además, ¡qué nos importa ya!”
Nunca imaginé que en el año 2008, mi tía, anciana y ya enferma, tuviera una pensión de apenas 500 euros.
Sé que sin duda el mayor horror es la muerte de los nuestros, sin duda, y que lo mínimo que se puede hacer es ayudar a quien quiera recuperar los huesos anónimos de los suyos. Pero también sé que las gentes modestas, pase lo que pase, están destinadas a sufrir las miserias de todas las guerras y represiones, la pobreza, la vida durísima, casi muerte cotidiana, que se perpetúa generación tras generación. Y yo puedo considerarme afortunada, muy afortunada.
Pero ¡MI TÍA ESTÁ VIVA Y BIEN VIVA, Y NO ES UN HUESO!. ¿Cree Vd. Que tantas gentes como ella, ancianos supervivientes de todos los horrores y miserias, a veces solos incluso, estarían vivos aún si tuvieran que sobrevivir con eso?. ¿Para cuándo esa “memoria histórica”?