Julio Anguita, excoordinador general de Izquierda Unida
Quinta entrega de una serie de ocho artículos en los que se sintetiza la intervención de Julio Anguita en el Ateneo de Madrid el pasado día 9 de Marzo.
El proceso que ha conducido a esta situación de barbarie y de derrota consiguiente de los mensajes y propuestas organizados de liberación y construcción de un mundo nuevo nos sitúa a cada uno y a cada una ante una pregunta de carácter perentorio ¿Asumimos la derrota o decidimos pasar a la ofensiva y establecemos las condiciones ideológicas, políticas, sociológicas, organizativas y de axiología alternativa para combatir de nuevo?
Si la respuesta individual y colectiva es afirmativa debemos asumir que ello nos obligará a una revisión de estrategias, tácticas, pautas de comportamiento, alianzas, lenguaje y esquemas organizativos. Una nueva guerra requiere una reestructuración del bagaje con el que hasta ahora hemos combatido. Y todo ello con el punto de mira puesto en un objetivo sin el cual el cambio no será posible: ganar para la alternativa a la inmensa mayoría porque objetivamente esa inmensa mayoría está dominada y perjudicada aunque grupos y colectivos importantes de la misma no lo sientan por ahora así.
Asumir el reto, aprestarse a enfrentarse a la enorme tarea de preparar y diseñar u nuevo orden al menos una situación de bonanza social que permita ulteriores pasos es empezar a ser consiente de que debemos situarnos ante una doble acción en la que las partes que la constituyen son simultáneas, imbricadas entre sí y potenciadoras la una de la otra:
1. La Ruptura de los nexos que nos atan a lo que hay
2. La Construcción de la Alternativa.
Romper es esencialmente independizarse de los valores, conceptos y presupuestos de la actual política económica. Romper es buscar la solución desde parámetros que en nada tengan que ver con las tres personas de la trinidad capitalista: mercado, competitividad y crecimiento sostenido. Romper es priorizar los verbos repartir y compartir sobre las ideas que hablan de intensificar la producción sin saber para qué o estimular el lucro privado sin tener en cuenta la incidencia social sobre el resto de la población.
Y esa Ruptura toma forma en dos enunciados que deben constituirse en axiomas para la acción social:
- La Ciencia económica está supeditada, como ciencia instrumental, a la plena realización de los DDHH.
- La Ciencia económica debe en sus desarrollos, planificaciones y previsiones someterse además al mantenimiento de las condiciones que preserven el equilibrio ecológico del planeta.
A poco que pensemos nos daremos cuenta de que tal posicionamiento implica el predominio de la Política sobre los mercados, las transacciones sin control y los paraísos fiscales. Pero implica algo más: la no aceptación de que para crear empleo hay que crecer primero y repartir después. La aceptación acrítica de este aforismo del sistema, nos conduce a la aceptación de su existencia. Repartamos primero y después hablaremos.
La Ruptura es instalarse en otra dimensión de la realidad que siendo tan posible como la oficial, aparece como irreal o imposible de cumplir. La Ruptura rompe el círculo vicioso que se establece entre la economía de la oferta, el mercado y las condiciones laborales necesarias para que funcione. La Ruptura en absoluto invalida a la ciencia económica, al contrario, le concede la misión de desarrollar capacidades, actitudes, procesos, objetivos y pautas científicas para hacer posible otra situación de DDHH.
La Ruptura no es posible, salvo que se quiera instalar en el vacío sin la construcción simultánea de la Alternativa, la cual es triple:
- Alternativa de modelo de sociedad
- Alternativa de Gobierno.
- Alternativa de Estado.
La gradación de estos objetivos es inseparable de los tempos, las fases, los ritmos, los programas y las alianzas
Construir es abrir espacios de participación en objetivos de económicos insertos en redes sociales de participación: elaboración, consumo y distribución. La economía de lo inmediato, de lo cercano es un campo de aprendizaje y de concienciación que arrastra con él otros niveles de participación política.
El reparto del trabajo, el cooperativismo, las redes alternativas de financiación o la implicación de la población son junto con la cultura de los valores alternativos, la enseñanza y los nuevos yacimientos de empleo el armazón sobre el que aplicar la Ruptura y la Construcción de la Alternativa.
Esta doble acción no puede ser independiente de la lucha política, social, cultural y de valores. El problema que la experiencia se encarga de recordarnos a cada momento es que esa lucha no puede reducirse y circunscribirse únicamente y preferentemente a lo electoral, sindical, oficial o consuetudinario. Es una dimensión en al que la acción se ejerce desde conceptos y parámetros que priorizan lo colectivo general, la aparición de nuevos sujetos y la consolidación de valores como la solidaridad efectiva, la democracia radical y los fundamentos del ser humano nuevo.
Julio Anguita, excoordinador general de Izquierda Unida
Cuarta entrega de una serie de ocho artículos en los que se sintetiza la intervención de Julio Anguita en el Ateneo de Madrid el pasado día 9 de Marzo.
En estos momentos cualquier proyecto que intente corregir la deriva hacia la barbarie y concitar en torno a él un proceso constituyente de otra realidad en la que se logre la plena aplicación de las generaciones de DDHH: los económicos, los político- sociales y los medioambientales debe tener conciencia exacta la época y la fase en la que vivimos, padecemos y soportamos la consecuencias de una crisis sin parangón con ninguna otra anterior. A mis reflexiones sobre la situación presente quiero añadir otra que a modo de complemento ayude a calibrar la tragedia de nuestros días.
El historiador británico Arnold J. Toynbee (1889- 1975) escribió una vastísima obre titulada Estudio de la Historia. Para él el desarrollo de la Humanidad no es otro que el las 26 civilizaciones que han existido desde el comienzo de la Historia. Como antecedente inmediato a la nuestra denominada Occidental, Toynbee situó a la Helénica
Todas las civilizaciones han tenido cuatro características fundamentales:
1. Un Estado Universal u organización económica, política y militar que surge en la época inmediatamente anterior a su declive.
2. Una Iglesia Universal o conjunto de creencias, valores e imaginarios colectivos cristalizados en una institución que los sistematiza, regula y difunde para vertebrar la solidez del sistema.
3. Un proletariado interno que termina por socavar los fundamentos de la civilización.
4. Un proletariado externo que de manera simultánea con aquél otro consigue el mismo desenlace.
Aplicadas estas características a la civilización Helénica tendríamos:
1. Estado Universal, el Imperio Romano.
2. Iglesia Universal, el derecho Romano.
3. Proletariado interno, el cristianismo.
4. Proletariado externo, los pueblos denominados bárbaros.
Nuestra civilización Occidental vendría marcada por dos características fundamentales:
1. La Industrialización y el Sistema Capitalista.
2. La Democracia Representativa.
El Capitalismo Industrial, tanto es sus fases de Capitalismo Comercial, Industrial y hoy en las de Globalización y Financiero ha tallado el mundo actual. Las palabras de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista (1847-1848) sobre el papel revolucionario de la burguesía y la conformación del mundo a su imagen y semejanza no pueden ser más proféticas.
Es evidente que también al sistema Capitalista y la civilización que él ha creado le van las cuatro características comunes a las otras civilizaciones:
1. Estado Universal; USA y aliados.
2. Iglesia Universal, la trinidad capitalista: Mercado, Competitividad y Crecimiento Sostenido. Junto a ella las organizaciones que velan por su aplicación: OMC: BM: FMI; BCE; etc.
3. Proletariado interno, inmigrantes, marginados, capas urbanas en creciente depauperación, delincuencia organizada, y restos del proletariado industrial que todavía no ha sido abducido por el sistema, etc.
4. Proletariado externo, países emergentes, BRICs, etc. que aliados ocasionales en su momento, se configuran como rivales y competidores.
El otro pilar sobre el que la civilización occidental se ha elevado lo constituye la Democracia Representativa. Recordemos en apretada síntesis los jalones más importantes del desarrollo de la misma.
Desde el Renacimiento la concepción antropocéntrica del mundo se va abriendo paso y poco a poco figuras eminentes de la Filosofía y el Derecho van asentando las doctrinas que con posterioridad serán la base del Derecho Internacional y el de Gentes. Podemos situar el proceso a través de los siguientes acontecimientos.
- Declaración de Independencia de USA en 1776
- Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano en 1789 de la Revolución Francesa
- Constitución Republicana de 1793 que contempla la abolición de la esclavitud, el sufragio universal y el derecho e resistencia a la opresión.
- Derecho al trabajo a través de Víctor Considerant (1808-1893)
- Constitución mejicana de 1917
- Constitución de Weimar de 1919
- Constitución soviética de 1936
- Declaración de Derechos Humanos de la ONU en 1948
En el transcurrir de estos acontecimientos ha habido revoluciones, organizaciones proletarias, pensadores sociales y todo un movimiento que ha ido yuxtaponiendo los derechos políticos y los económicos y sociales de la ciudadanía. Este proceso, con avances y retrocesos ha desembocado en revoluciones como la soviética o situaciones de bonanza social como el keynesiano Estado del Bienestar.
También desde entonces se asiste a una pugna entre la Política y el Mercado. Así, tras la abolición de esclavitud se torna a ella con Napoleón. Los avances democráticos del sufragio universal hacen que este devenga en censitario; es decir sólo podían votar los que disponían de determinadas rentas. Los sistemas electorales se retuercen y se ponen al servicio de las oligarquías dominantes. La riqueza y los que las poseen van imponiendo su preeminencia y conforman al sistema democrático a la medida de sus intereses.
Pero nunca como ahora llega el paroxismo del conflicto. A la mundialización y globalización e la economía le sigue como consecuencia derivada la subversión de valores y de concepciones democráticas. Recordemos algunos hitos.
En 1973 la Comisión Trilateral aconseja favorecer la abstención en los procesos electorales porque una alta participación obligaría a los políticos a hacer concesiones incompatibles con la recta economía.
En plena Globalización y construcción de la UE los criterios que van supeditando las decisiones políticas a los designios de los mercados aumentan, se imponen y justifican sin tapujos.
En 1993 Fernando Faria de Oliveira, Ministro de Economía y Comercio e Portugal entre 1990 y 1995 afirmaba que; Hemos alcanzado en términos de competitividad el límite de la sostenibilidad del Bienestar Social. Europa debe defenderse del dumping social de los países asiáticos
Jaen Athuis, senador francés, en el informa dirigido al Primer Ministro Balladur sobre el Mercado Único: Se trata de fabricar allí donde es menos caro y vender donde existe poder de compra. Hoy existe un divorcio entre los intereses de la Nación y el interés de las empresas.
Hans Tietmeyer, Presidente del Bundesbank, en 1994: Los políticos deben aprender a someterse a los dictados de los mercados
La lista es interminable y desde luego los contenidos de las declaraciones de las distintas personalidades que la componen evidencian la muerte de la Política a manos del mercado. Y como colofón permítanme los lectores reproducir un texto de un artículo en la publicación del Círculo de Empresarios de Madrid en 1995. El texto es de Juan Velarde Fuertes y se refiere a la aprobación el tratado de Maastricht: Maastricht convertido en reforma constitucional, tiene una trascendencia enorme. Nos va a obligar a apartarnos de conductas disparatadas.
Pues bien, la evidencia no admite contestación. La civilización occidental está asistiendo a la eliminación de uno de sus pilares a manos del otro: el mercado capitalista. En consecuencia las constituciones, el derecho y la política están desapareciendo como consecuencia de esta nueva barbarie.
Ante esto solo caben dos opciones sin que quepa ninguna intermedia o ecléctica: asumir lo que hay o prepararse para combatirlo. Lo veremos en la próxima entrega.
Julio Anguita, excoordinador general de Izquierda Unida
Tercera entrega de una serie de ocho artículos en los que se sintetiza la intervención de Julio Anguita en el Ateneo de Madrid el pasado día 9 de Marzo.
Quienes hayan leído mis dos artículos anteriores podrían ser inducidos a que, tras la derrota del pensamiento liberador clásico y conjuntamente con él la de las organizaciones que lo han sustentado y vertebrado, sería el neoliberalismo la única opción viable como propuesta de modelo de sociedad, habida cuenta de la hegemonía que sus valores y conceptos de política económica han alcanzado en el planeta. Muy al contrario, esa situación, lejos de constituir un opción medianamente válida no es otra cosa que la barbarie disfrazada de rigor económico. Dos ejemplos, uno basado en una experiencia personal y otro sacado de un texto ilustran el nivel de deformación de los grandes principios y las conquistas sociales conseguidas tras varios siglos de lucha.
En un debate habido en la Fundación Canal tuve como contradictor a Percival Manglano, Consejero de Economía y Hacienda de la Comunidad de Madrid. En un momento dado el señor Manglano mantuvo que la Democracia llevada hasta sus últimas consecuencias degenera en demagogia y populismo; en consecuencia el sistema democrático debiera tener unos elementos correctores que impidieran tal riesgo. Al preguntarle yo si se refería a las constituciones o al demos, me contestó que el elemento corrector por antonomasia era el mercado.
Gregorio Peces Barba mantiene en uno de sus escritos que el derecho al trabajo sólo puede ser cumplido si coinciden en el mismo sujeto el defensor de ese derecho subjetivo y el empleador. Pero como tal enunciado podría llevar a conclusiones no queridas termina diciendo en referencia al artículo 35 de la actual constitución que debemos desembarazarnos de una promesa incumplida y de imposible cumplimiento, de una rémora, justificada en el pasado, pero que hoy puede ser una gigantesca hipocresía.
El corolario de ambas opiniones es bastante claro: el actual sistema económico, considerado como único, inmutable y científico, se impone a las tradiciones democráticas, a las grandes conquistas políticas, económicas y sociales. De un plumazo son barridos la Declaración de DDHH y textos vinculantes derivados de ella, los derechos sociales y el propio Estado de Derecho. Cobran su exacto sentido las palabras de Hans Tietmeyer en 1994; el entonces presiente del Bundbesbank afirmó que los políticos deben aprender a obedecer los dictados de los mercados. Y en ese mismo sentido Alain MInc, dirigente empresarial y asesor de Sarkozy ha afirmado que el mercado es el estado natural de la sociedad, la democracia no.
Diariamente asistimos a los efectos de la aplicación de esta filosofía económica que se ha erigido en cosmovisión. Los resultados contables medidos a través de índices que en absoluto cuantifican o analizan la incidencia social de las medidas tomadas, se presentan como señales indiscutibles de la corrección de esta política. Pero además lo hacen con la pretensión de que esa línea de actuación es apolítica, aséptica, objetiva, científica.
La larga marcha de la humanidad desde los grandes momentos estelares de la Historia: Declaración de Independencia de EEUU, Revolución francesa, Internacionales obreras, Constitución de Weimar, Constitución soviética de 1936 o la anteriormente citada Declaración de Derechos de 1948 queda olvidada y supuestamente superada por este estado de cosas.
El neoliberalismo rampante y sus políticas de toda índole, no pueden ser en absoluto los ejes sobre los que construir una sociedad moderna, democrática y justa. El que en estos momentos y pese a la crisis que es inherente a él mismo, aparezca como única opción viable no significa de ningún modo que deba ser aceptado o tolerado. Su rechazo, además de ser una cuestión de ética, racionalidad, libertad y justicia, lo es también de supervivencia de la especie.
JULIO ANGUITA
El 10 de diciembre de 1948, en el palacio Chaillot de París, tuvo lugar la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos (DDHH). Es un documento poco leído, escasamente difundido y desde luego apenas meditado y reflexionado. Entre las recomendaciones que acompañaron a su aprobación figuraba con especial énfasis el que se leyera en todas las escuelas y centros de enseñanza del mundo entero. ¿Se hace en España?
Los contenidos de la Carta adquirieron condición de obligado cumplimiento para los países signatarios de los tres Pactos que en 1966 la desarrollaban y ampliaban. En la actualidad son prácticamente todos los estados que se han obligado a desarrollarlos e incluso incorporarlos a sus textos constitucionales. Entraron en vigor en el reino de España el 27 de julio de 1977.
Los DDHH son víctimas del fuego cruzado de dos lecturas que se hacen de los mismos: la que se limita a declamar, más que aplicar y exigir, los contenidos políticos y de libertades, y la que considera con notoria ofuscación que dicha Declaración es una iniciativa burguesa y, por ende, rechazable desde la izquierda auténtica. Unos la mutilan a la hora de comentarla y los otros no han reparado todavía en su capacidad potencial para producir procesos de cambio social.
Sé perfectamente que un documento, texto o programa son papeles mojados si se carece de una fuerza democrática y movilizada permanentemente que lo haga cumplir y lo cumpla. Y de eso se trata. ¿Cuáles son las características de la Declaración y los contenidos del Preámbulo junto con los 30 artículos que la componen? Voy a reparar solamente en aquellos que en esta hora de crisis de sobreproducción del capitalismo hacen referencia a los problemas que están sufriendo de manera lacerante los trabajadores y asalariados en general.
Desde el derecho al trabajo de toda persona hasta el de las vacaciones periódicas pagadas, pasando por el de una remuneración equitativa, el de igual salario por trabajo igual, “el de protección social y el de la protección contra el desempleo”, la Declaración es hoy, en este momento, la confirmación de su oportunidad, actualidad y necesidad. Y además, ¿hay alguien que se oponga abiertamente a estos derechos?
El que esta Declaración tenga un respaldo prácticamente planetario la convierte en un texto que consagra la ciudadanía universal. Por eso cuando en el artículo 28 se dice que toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos, se está sentando el fundamento de la jurisdicción universal; algo que al desorden jurídico, nacional y mundial, le pone de los nervios. El consenso universal en torno a los DDHH –aunque sea puramente retórico– les dota de una legitimidad que genera autoridad moral.
Decía Adolfo Sánchez Vázquez que un hecho revolucionario no es necesariamente un acontecimiento que aparente y súbitamente cambie el poder político, sino más bien toda aquella acción, propuesta o alianza programática que tiene la virtud de desencadenar procesos de cuarteamiento y descomposición del sistema vigente en cada momento, y de manera simultánea ir creando la nueva sociedad con sus nuevos valores. La revolución es también y fundamentalmente el cambio personal y social hacia el hombre nuevo; es el proceso que el profesor Alsó ha denominado como sociedad paralela. ¿Creen los lectores que el sistema capitalista –y en esta precisa coyuntura además– puede asumir un orden económico y social en el que el paro esté erradicado y la ciudadanía mundial tenga asegurados los contenidos de la Declaración de DDHH? La respuesta es rotunda: el capitalismo, en sus variadas y múltiples encarnaciones, es totalmente incompatible con los DDHH, los sociales y también los políticos.
Si el objetivo universal es la consecución de los contenidos de la Declaración, se infiere algo que trastoca la filosofía al uso: la economía –y en concreto aquella que se sustenta en el mercado capitalista, la competitividad y el crecimiento sostenido– deja de ser una ciencia pretendidamente finalista en sí misma y pasa a ser una ciencia instrumental al servicio de un orden planetario socialmente justo, ecológicamente concebido y políticamente democrático en el sentido más radical del término.
Los que nos declaramos comunistas marxistas debemos tener presente que nuestra utopía es una cosmovisión, una pulsión que nos impulsa a buscar con otros y otras un mundo sin explotación, sin alienación y de plena centralidad humana. ¿No serían los DDHH esa plataforma en la que podemos encontrarnos? ¿No sería también materia de alianza la incorporación a la solemne Declaración de los Derechos Medioambientales? ¿No sería oportuno también en esa conjunción internacional hacer que la ONU se sitúe en su concepción, organización y funcionamiento a la altura de la Carta que originó? ¿No sería esta la materia de un nuevo internacionalismo?
Lo que no se puede hacer desde la izquierda es quedarse en la orilla como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca, que diría Vicente Aleixandre. Por supuesto que tampoco es admisible disfrazar la indigencia ideológica o la pérdida de identidad acogiéndose bajo el manto sagrado de la modernidad con pedigrí a lo Wall Street.
Tener fuertes convicciones no sirve si estas no se explicitan mediante el ejemplo en la cotidianeidad y el ejercicio político de inducir –desde lo particular, concreto y asequible a todos y todas– la creación de fuerza solidaria, organizada y mayoritaria capaz de dirigir la marcha hacia un mundo nuevo. También necesitamos la mayéutica a lo Sócrates.
Julio Anguita es ex coordinador general de IU.
Ilustración de Javier Jaén
JULIO ANGUITA
De unos años acá crecen las actividades políticas y culturales ligadas a difundir y recuperar el ideal republicano. A las clásicas organizaciones republicanas que aguantaron como pudieron la dictadura, se han ido sumando colectivos de variada índole que, reclamándose de la misma fuente, constituyen ya una amplia nómina de siglas que agrupan asambleas, ateneos, centros culturales y publicaciones varias. La Ley de la Memoria Histórica, con sus debates y avatares políticos, ha conseguido establecer un puente sobre el tiempo para recuperar los recuerdos, los hechos y las evidencias que la historiografía del franquismo, el pacto de silencio de la Transición y la permanente connivencia de intereses han secuestrado y escamoteado. En ese sentido tanto fuerzas políticas como medios de comunicación se han erigido en una Corte que medra en esta palatina piel de toro.
La cotidianeidad no trae imágenes de revueltas, quemas de retratos y expresiones colectivas de rechazo a la Monarquía. Esto constituye un síntoma de que determinados tabúes y santos griales son bajados de sus altares y se concitan contra ellos una gama de proyectos, culturas, rechazos y mecanismos de evasión.
Pero no nos engañemos, si el proyecto de la Transición que Juan Carlos corona recibe crecientes y paulatinos disensos, es como consecuencia de que está agotado, su Constitución varada y víctima del veneno retardado de las contradicciones, anacronismos, apaños, ambigüedades e incumplimientos que jalonan su existencia formal. La restauración borbónica de 1978 es casi un calco de aquella otra Restauración que muñó Cánovas, benefició a los poderes oligárquicos y tuvo como pináculo a Alfonso XII. Desde 1994 los que han aprendido las lecciones de la Historia trabajan para ponerse al frente de los cambios impostergables. La República puede ser un recambio para las elites, siempre y cuando ésta nazca ya cocinada, sazonada y presta para ser servida por ella misma. Y es aquí, en esta coyuntura, donde la propuesta de III República tiene que ser concebida, organizada y difundida como modelo alternativo de sociedad plenamente democrática. ¿Qué República?
La II República e incluso la I son referentes pero nada más; ya pasaron. Se trata de dirigir voluntades y esfuerzos para construir la III, la del siglo XXI, que no vendrá por sí misma sino que debe ser traída. Construir república significa un proyecto claro de futuro, sujetos múltiples y colectivamente organizados en torno a ese proyecto. Sin olvidar que la República, por ser creación de ciudadanos y ciudadanas, implica la asunción de responsabilidades cívicas en el eje de coordenadas que forman los derechos y los deberes. Construir República es aceptar que la sociedad con sus grupos, intereses varios contrapuestos y códigos éticos plurales es la protagonista principal y fundamental de la participación y decisión políticas. La ciudadanía es la materia prima de la República.
El proceso constituyente de la III República se iniciaría desde instancias sociales y políticas múltiples e iría consolidándose como alternativa ética de Estado. El final del mismo sería el anteproyecto o el proyecto de Constitución Republicana asentado ya firmemente en la conciencia social.
Para mí son siete los ejes que encauzarían el proceso de discusión, adhesión y elaboración ciudadanas.
La Constitución republicana debe, junto con los mecanismos que garanticen su aplicación, incorporar la Declaración de Derechos Humanos añadiéndole además los contenidos de los Derechos medioambientales.
No hay República sin Democracia plena, que no es sino un convenio permanente entre seres libres e iguales para seguir permanentemente conviniendo. La Democracia o es radical o no lo es.
La Paz entendida como el conjunto de valores, normas y actuaciones dirigidas no sólo a erradicar del horizonte político y cultural el hecho de la guerra sino básicamente el marco de seguridad colectiva desde una estricta lógica civil. Y ello conlleva proyectos nuevos para los ejércitos, la política y las relaciones internacionales.
Laicidad que se apoya en dos pilares: la Ética, en sí misma libertad de conciencia, y el estatus cívico que define la separación de las Iglesias con respecto al Estado. La Ética conduce a la Justicia Social que es igualdad de derechos, deberes y oportunidades. La instrucción laica, la escuela, el derecho a la información y el aprendizaje crítico son las condiciones de esa igualdad.
Austeridad entendida como Justicia Fiscal, control de los usos del dinero público y administración transparente. Pero la Austeridad es además una virtud que informa conceptos alternativos de calidad de vida y racionalidad en las relaciones con la Naturaleza y sus riquezas.
El Estado Federal es un Estado unitario que basa y centra su unidad en otros modos, otros contenidos y otros consensos ciudadanos. Es hijo de una voluntad general respetuosa con los hechos y precipitados históricos, pero además, y en plena igualdad con ello, respetuosa con la decisión libremente manifestada de cada entidad. El Estado Federal que la III República debe diseñar y organizar tiene competencias federales que garanticen en cada territorio el cumplimiento de los derechos económicos, sociales y medioambientales para todos y cada uno de sus habitantes. La ciudadanía y sus derechos forman parte del acervo común de todos los federados.
La deriva de la UE hacia un conglomerado de Estados que funcionan a distintas velocidades no responde en absoluto a las aspiraciones de quienes quieren construir un espacio supranacional con vocación de unidad política con todas sus consecuencias. El federalismo europeo debe constituir el proyecto permanente de la III República.
Julio Anguita es miembro del Comité Federal del PCE