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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

(E)lecciones

04 oct 2007
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Esta semana vive de lleno la resaca de algunos procesos electorales que, a pesar de la distancia que los separa, tienen en común más de lo que parece. ¿Qué aproxima los casos de Ecuador y Ucrania? Los kilómetros no, desde luego. Quizá otra cosa, como por ejemplo el uso, y abuso, de las elecciones. En el caso de Ecuador, ocho presidentes en menos de diez años, con tres destituciones de inspiración callejera, no son un indicador de buena salud electoral. En Ucrania, tres elecciones legislativas en tres años, son otra variante de esta adicción a las consultas.

No se trata de criticar que haya elecciones, todo país que quiera salir de una transición más o menos difícil, y sin que ello sea condición suficiente, tendrá que pasar por varios procesos electorales. Pero el problema no se reduce a la jornada electoral, que tiene tendencia a desarrollarse con normalidad. Ello lleva a veces a la comunidad internacional, por eficientes que sean sus observadores electorales, a concluir que si el día E, la jornada electoral, ha ido bien, será que el problema está resuelto.

Pues no, el problema se desplaza hacia abajo. El mal comportamiento de las élites surgidas de las elecciones, su manipulación formal de los resultados, una afición a judicializar todo resultado contrario o a confundir una victoria electoral con la encarnación del poder constituyente, todo ello son variantes de esta sobrecarga de responsabilidad. No, democratización y estabilización requieren otro tipo de actitudes y estrategias.

Pere Vilanova

Ecuador en la encrucijada

29 sep 2007
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El día 30 de septiembre, Ecuador celebra la cuarta convocatoria electoral en menos de un año. Dos vueltas presidenciales, un referéndum y, por último, una Asamblea Constituyente encargada de reformar las instituciones y redactar una Constitución nueva. En circunstancias normales serían demasiadas urnas para un solo principio, pero la normalidad de los países americanos tiene lógica propia.

Cuando Rafael Correa accedió a la jefatura de la República, se encontró frente a un Congreso dominado por la oposición y sin posibilidad de llevar a cabo su programa de reformas. El sistema ecuatoriano, tan presidencialista como los del resto del continente, distorsiona la cultura política y tiende a debilitar la base de un Estado que se podría definir como inconcluso. En este caso provocó un punto muerto del que sólo se podía salir si los partidos tradicionales hubieran asumido la magnitud de su derrota, entendido el mensaje de los electores y disuelto la Cámara. No lo hicieron.
Más que otro nombre ostentoso, la Asamblea Constituyente es consecuencia de la rigidez y de los caprichos de un marco legal. Si Alianza País, la formación del presidente, obtiene mayoría en las elecciones del domingo, tendrá ocasión de demostrar el alcance de sus intenciones y de su compromiso con la democracia. Si fracasa, Correa ha anunciado su intención de dimitir. Unos y otros deberían recordar que entre el consenso y la ruptura, hay sitio para la inteligencia.

Jesús Gómez