Sin noticias de los estudiantes

Sospechábamos que vivíamos en un país carísimo y los franceses han venido a darnos la razón. Recordarán las estimaciones que algunas luminarias de la economía hicieron a propósito del coste que tendría la huelga general del 29-S. Los cálculos más moderados hablaban de una décima de PIB para un seguimiento del 25%, de dos para el 50% y así sucesivamente. Cada décima equivale a 1.200 millones de euros. Pues bien, al otro lado de los Pirineos, que ya llevan siete paros con un éxito considerable, la ministra de Economia, Christine Legarde ha cuantificado entre 200 y 400 millones el impacto de cada día de protestas. Se pensará, y con razón, que a esos precios cualquiera se moviliza.

Somos un país caro y también diferente. Véase si no el comportamiento del movimiento estudiantil, que en Francia se ha echado a la calle para defender un derecho, el de la jubilación a los 60, que puede que les pille algo lejos pero que también sienten suyo. De los estudiantes españoles, por el contrario, no tenemos noticias. Lo más probable es que se hayan tomado a pecho eso de que serán la generación perdida y que anden muy liados arrojando miguitas en el laberinto de sus propias vidas para luego buscarse desesperadamente.

La juventud actual no es que se lo tome con estoicismo, es que se ha vuelto inconmovible. Con una tasa de paro del 32% y una temporalidad del 44%, cualquier otro colectivo estaría montando la de San Quintín un día sí y otro también, pero nuestros resignados retoños callan, otorgan y se quedan en casa de los padres, donde se come estupendamente y hay calefacción en invierno, de ahí que acepten sumisos que su tasa de emancipación no llegue al 28%. El mileurismo ha de tener como efecto secundario una extraña insensibilidad que deja a sus víctimas pasmadas ante cualquier atropello, incluidos los sufridos en carne propia.

Vacunado contra cualquier tentación de rebelarse, el mocerío padece una prematura senilidad. Le resbala la reforma laboral, el retraso en la edad de jubilación o las estratosféricas cifras del paro. Las generalizaciones siempre son injustas pero esta caída de brazos sugiere que las expectativas juveniles de hoy se centran en poder heredar mañana. De luchar, lo harían contra el impuesto de Sucesiones que, para colmo, prácticamente se ha eliminado.