Ahora resulta que los salarios son bajos

Tan raro como el manuscrito de Voynich, ese libro del siglo XV escrito en un idioma indescifrable y del que aún se ignora si es un tratado de botánica, de alquimia, de astronomía o una críptica enciclopedia de todo ello, es la extraña coincidencia en que hay que subir de una vez los salarios, de la que participa con entusiasmo el Gobierno, el BCE, varios organismos internacionales y hasta la propia CEOE con sus inevitables matices que tienen estancado el acuerdo con los sindicatos. Nada, sin embargo, es más inaudito que en pleno auge de la economía los costes laborales sigan cayendo.

Que los apóstoles de la austeridad hayan caído del caballo para contemplar la luz es una buena noticia, pero no hace sino poner de manifiesto el sufrimiento que ha causado un empecinamiento de años que ha acentuado la desigualdad y ha convertido el mercado laboral en el paraíso de la precariedad. Las empresas han ganado competitividad a costa de los trabajadores, a los que se ha condenado a ser víctimas no sólo de la crisis sino también de la recuperación.

El proceso ha sido explicado muchas veces. Los primeros damnificados de la recesión fueron los eventuales, a los que se expulsó del mercado en el primero de los ajustes. Posteriormente, fue el turno de los trabajadores fijos mejor pagados, que desfilaron hacia el paro mientras eran sustituidos por otros con peores condiciones salariales. Finalmente, entró en acción la reforma laboral, que incrementó la devaluación salarial al permitir a las empresas hacer de su capa un sayo al desactivar la negociación colectiva. El resultado ha sido demoledor: se produce tanto como antes de la crisis con más de dos millones de trabajadores menos y con un coste salarial notablemente más bajo. En resumen, se crece porque las espaldas de los asalariados son anchas y sus estómagos más pequeños.

Por supuesto no ha sido la injusticia de este modelo la que ha motivado el cambio de opinión de quienes antes lo impulsaron sino la constatación de que el camino conduce al abismo. Es lo que ha empezado a percibir el Ejecutivo y la jefa de negociado de la Virgen del Rocío, la titular de Trabajo, Fátima Báñez, al que ya no les salen las cuentas, ni las de ingresos ni las de gastos. ¿Cómo explicar que con un PIB creciendo a ritmos superiores al 3%, con una fuerte reducción del desempleo y un considerable aumento de la afiliación el agujero anual de las pensiones ronde los 20.000 millones de euros? ¿Y por qué los ingresos tributarios no corren parejos a la pretendida bonanza económica?

Las mentes preclaras del Gobierno han llegado a la conclusión obvia. Las empresas ganan mucho más, pero descontados exenciones, bonificaciones y prebendas, sus beneficios no llegan al circuito económico como lo haría el incremento salarial y sus repercusiones en la recaudación por IRPF, en el IVA a través del aumento del consumo y en las cotizaciones sociales. De ahí que la subida de salarios sea ahora algo más que prioritaria y que hasta se haya presionado a la patronal para que su tradicional puño se transforme en una mano abierta.

De su ceguera se intenta rescatar a las pequeñas y medianas empresas, que sin entender que presionar a la baja los sueldos de sus empleados perjudica a unos negocios que dependen esencialmente del consumo interno, y que éste no despuntará mientras los salarios no crezcan a un ritmo que permita ciertas alegrías.

Así están las cosas mientras la CEOE y los sindicatos negocian su pacto de rentas para este año. La patronal ofrece una banda de subida de entre el 1,2 y el 2% más medio punto adicional en función de la productividad, y se niega a incluir una cláusula de revisión asociada a la inflación. Las centrales reclaman subidas de entre el 1,8 y el 3%. La negociación tiene mucho de virtual porque la subida salarial de los convenios firmados hasta junio fue como media del 1,2%. Sería muy raro que el PP aceptara que urge desguazar su reforma laboral por el bien del país, pero cosas más extrañas se están viendo.